Cuando Ana despertó quiso volver a cerrar los ojos. Julia estaba sentada en el asiento cercano a la cama. Parpadeó, <<¿Estaba soñando?>>, un pellizco rápido en su antebrazo seguido de su propia mueca le señaló la respuesta acertada, ya había despertado. Con disgusto apartó la vista de aquellas perfectas facciones que odiaba y se dispuso a captar una visión panorámica del lugar, el cortinaje blanco e inmaculado así como la mesilla a su derecha le indujo a pensar que se encontraba en la enfermería de el arcan. Conocer el lugar le había dado más seguridad en sí misma, así pues, ofreció la voz sonora a sus pensamientos:
-¿Qué haces aquí?-recriminó a la joven rubia. Ella hizo una mueca de decepción y Javier avanzó hacia la cama y murmuró con urgencia:
-¿No lo recuerdas?-Ana dedicó a su amigo una mirada incrédula pero sólo duró un segundo, las piedras de la realidad cayeron de golpe a su espalda. Abrió mucho los ojos. ¿Era cierto lo que recordaba o se había vuelto una demente?. Se incorporó en la cama e hizo memoria.
-Estaba caminando... y-pronunció en voz alta, a continuación fulminó con la mirada a la joven rubia y masticó con desprecio:-ella me empujó y entonces se río...-la mirada de Ana se cubrió de extrañeza.-pero me giré y estaba junto a la ventana..., no, estaba frente a mí...-se contradecía acompañada de movimientos de cabeza, finalmente llegó a una conclusión-se burlaba de mí.
Se oyó un suspiro.
-Será mejor que me vaya-decidió la muchacha que hasta entonces había permanecido sentada. Javier desvió la mirada de Ana apenas un segundo para escuchar las palabras de la joven-Dile que en cuanto se encuentre mejor tiene que ir al despacho de la directora.-Javier asintió y en cuanto su compañera en la espera salió por la puerta, miró con decepción a Ana:
-Me encanta tu forma de hacer amigas-murmuró.
-¿Qué quieres decir?-casi exclamó Ana.-¿Desde cuándo Julia es mi amiga?.
-No lo entiendes, ¿verdad?-Javier sintonizó una carcajada. Ana negó con la cabeza, sus ojos delataban confusión.
-¿Ha sido una pesadilla?-parecía insegura, aferró con fuerza la sábana-Dos...¿do-s Ju-li-as?-tartamudeó pero su rabia por Julia le hizo recobrar la fuerza-¿Qué clase de juego es este?.
-Tranquila.-susurró Javier.
-¿Tranquila?-los ojos de Ana parecían fuera de sí-¿Me estoy volviendo loca?-se llevó las manos a la cabeza.
Javier que había parado de reír dibujaba en sus labios una sonrisa amable y deshizo la postura de alarma que había adquirido su amiga. Señalando con la barbilla hacia la puerta, como invocando a quien minutos antes les había dejado, añadió-Se llama Carla.
-¿Esto es una broma?-Ana se empeñaba en buscar la cámara oculta. Tal vez toda su vida en el arcan había sido eso, simplemente un engaño.
-No Ana, existe una explicación lógica. La chica que acaba de salir por la puerta se llama Carla Escribano.-Ana se quedó muda. Su mente tras el shock comenzó a activarse de nuevo, los engranajes de ese reloj llamado cerebro iniciaron su ordinario movimiento y entonces una posibilidad cruzó cual estrella fugaz los pensamientos de Ana.
-¿Por qué no me lo dijiste?-Ana se sentía ridícula, abochornada.
-Ella quería permanecer en el anonimato, ya es demasiado duro para ella tener la misma cara que Julia para que constantemente se lo estén recordando ¿Sabes lo incómodo que debe ser que te comparen continuamente con alguien?-Javier frunció los labios-la gente había dejado de pensar en eso, no la molestaban y se habían acostumbrado a ello, pero entonces tú la has hecho salir otra vez a la luz. Le va a costar volver a la oscuridad y la tranquilidad. Dudo que te lo perdo...
La enfermera vino y su interrupción acabó con la conversación.
-Javier deja que la señorita se reponga.-le reprimió al muchacho con cariño. Javier asintió y se dirigió por última vez a Ana:
-Te espera la directora Ossorio, ordena tus ideas y no la hagas esperar.-y se marchó.
Poco a poco Ana iba asimilando los hechos, aunque había mucho que debía rememorar para ello. Era consciente de que aquel descubrimiento ponía aquel mundo llamado Arcan del revés.
**
De camino al despacho de la directora, Ana reflexionó sobre su posición actual. Todo lo que se había propuesto en aquel colegio era pasar desapercibida y, sin embargo, sus propios nervios la habían traicionado. La beca que le había llevado hasta allí era fruto de su esfuerzo y constancia, siempre había mantenido la calma y nunca había sido de esas chicas que con actitud gamberra vacilan a los profesores o a sus propios compañeros. Siempre fue de las calladas que atienden en clase y de las que únicamente hablan tras levantar la mano para satisfacer sus inquietudes. No obstante, desde que había entrado a el arcan, ese ambiente tóxico de olor a dinero perfumado con soberbia la estaba contaminando. Estaba sacando sus peores partes, y su alma tranquila se rebelaba haciendo despertar sentimientos como el odio y la rabia. Podría haber callado a cada palabra o mirada de desprecio pero ya no era una niña, ya no podía soportarlo, de todas sus vivencias anteriores, de todos los acosos pasados, había aprendido que no debía dejarse hundir por nadie y que aquellos que con la mirada pretenden comerte tienen como todo hombre sus propias inseguridades. Ella no era peor que aquellos que elegantemente alzaban la cabeza creyendo que su alrededor estaba plagado de hormigas. Es más, la razón por la que ella estaba allí no era económica, era el sudor y la aspiración de superación la que le había llevado hasta allí y la que la alejaba de todos aquellos que no habían logrado nada en su vida por ellos mismos. Así pues, abrió la puerta con determinación y un nuevo paraje de el arcan se abrió ante ella.
La directora Ossorio la esperaba con los brazos cruzados sobre una gran mesa escritorio de roble oscuro. Sobre ella, Ana perdió la mirada en un cuadro de corte antiguo, como esos cuadros que aparecen en los museos y componen el retrato de un personaje importante, un hombre le sonreía desde él. El hombre se encontraba sentado con las manos sobre el regazo y la mirada perdida, mirando más allá. Ana no podía imaginarse la visión del hombre pero sí podía atisbar en ese dibujo de sus labios cuanto le complacía. Hubo algo en sus facciones cuadradas que le pareció familiar pero al parpadear de nuevo esa ilusión se diluyó. Volvió a la realidad.
-¿Piensa quedarse ahí todo el día?-preguntó la directora. Ana salió de su ensimismamiento, soltó el pomo, cerró la puerta y avanzó hacia el escritorio-Tome asiento señorita Robles-pero más que una orden Ana denotó un halo de amabilidad. Se sentó en el asiento que no estaba ocupado y que la había esperado durante largo tiempo, a su izquierda observó el perfil de las facciones de Julia pero una mirada de soslayo fue suficiente y devolvió de nuevo la vista a la directora.
La directora Ossorio no debía sobrepasar los cuarenta y cinco años, al menos en cuanto apariencia. La vejez se había manifestado en las pequeñas arrugas que conservaba en la frente pero que no tenían ocupación en otro lugar de su rostro. Era morena, con el cabello recogido en un moño perfecto, y bajo un traje de chaqueta y falda larga de tubo azul oscuro se advertía una figura delgada pero no frágil, robusta, símbolo de una mujer que ha sido madre. Pero de aquella mujer, fueron sus grandes ojos azules los que más inquietaron a Ana.
Ana se sintió pequeña y descubrió como su voluntad férrea decaía. La directora comenzó a hablar.
-Señorita Robles, se me ha informado de que usted ha tenido un comportamiento inadmisible en la escuela. La versión oficial señala que ha mantenido una disputa física con su compañera, aquí presente. He oído incluso que usted ha querido agredirle. Como sabe este no es colegio para gente problemática y no vamos a consentir que alguien nuevo y externo hasta ahora al colegio dañe a una de sus alumnas más veteranas y excepcionales. ¿Debo creer lo que dicen y expulsarla del colegio? ¿Debo anularle la beca? ¿O quizá permitirle seguir aquí tras el pago de una multa?- Ana se estremeció, la directora Ossorio la escudriñaba con sus ojos de lince parecía esperar una reacción en Ana, pero de forma contraria a sus propósitos a la señorita Robles le comió la lengua el gato, así pues prosiguió.-Se me ha informado que ha tenido un comportamiento cruel con otros alumnos, han señalado la vulgaridad y las amenazas como parte de su actitud, y se la ha calificado como irascible y neurótica. ¿Está de acuerdo?-inquirió de nuevo a la alumna.
Ana había bajado los ojos ante la intimidación de aquella mirada azul. Se sentía hundida, intentó evocar toda la rabia que había contenido desde su primer día en el arcan, levantarse del asiento y soltarle a aquella mujer la verdad sobre la clase de personas malvadas y sin corazón que estaban educando, reconocerle que ella podría ser pobre pero tenía más corazón y valor que aquellos que maldecían en su nombre. Simplemente, abrirle los ojos aquella mujer o buscando una mayor precisión, la mente.
Pero esa rabia había desaparecido, en su lugar había quedado ese sentimiento detestable que no debería existir, la impotencia.
Ana permaneció muda.
-¿No tiene nada que decir? ¿Piensa defenderse con el silencio?-La directora insistía. Ana pensó en las noches en vela estudiando para sacar una beca, pensó en la cara de alegría de su madre cuando se la concedieron y una imagen fugaz pero destructiva le rompió el corazón: la decepción de su madre cuando descubriera que su hija, su buena hija, aquella de la que estaba tan orgullosa, había echado a perder sus estudios de una forma deplorable. Sacó voluntad para hablar:
-No es verdad.-todavía no tenía valor para mirar a aquella mujer directamente a los ojos.
-¿Cómo dice?-se hizo de rogar la directora. Ana pronunció con más fuerza:
-No es verdad.
La directora sonrío complacida.
-Lo sé-murmuró-La señorita Escribano me lo ha explicado todo.
Entonces Ana dirigió una mirada aquellas facciones algo más redondeadas que las de Julia.
-Se sorprenderá pero la iniciativa de becar a alumnos sin recursos es enriquecedora para ambas partes. El colegio da oportunidades a personas dotadas de inteligencia y esas personas ofrecen al colegio interés por aprender y humildad. Humildad un sentimiento que se olvida en las esferas más altas del orgullo. Lo último que deseo es que se sienta incómoda en este colegio. Deseo hacer de este proyecto algo más grande y crear un mayor número de becas en el futuro. Usted es uno de los conejillos de indias, de los primerizos e implantándose en un curso de adolescentes es normal que sufra dificultades de adaptación. Este año hemos iniciado este proyecto y me quiero asegurar personalmente de que funcione. ¿Ha tenido problemas?-su ojos inquisitivos hicieron bajar nuevamente la mirada a Ana. No podía confesar la verdad, no deseaba ser una "chivata" pero algo le importaba mucho más, sabía que si declaraba la guerra a la nobleza su expulsión sería definitiva, sería el final aunque aquella buena mujer supusiera un gran obstáculo, no sólo lo sabía, lo sentía. Ana era inteligente, detrás de la directoria Ossorio debía haber una corte de consejeros cuya opinión podía no ser tan tolerante. Y si se habían inventado aquellos rumores no deseaba saber las barbaridades de las que podrían acusarle.
-No-mintió Ana-Por ahora el único problema ha sido este.
-No te preocupes, la señorita Escribano ha asumido toda la culpa.-dijo señalando con la cabeza a la joven rubia que les acompañaba. -Pueden marcharse y si vuelven a tener problemas no duden en pasarse por el despacho.-levantó un fajó considerable de folios ordenándolos sobre la mesa y ambas alumnas se levantaron para marcharse.
**
Ana cerró la puerta a sus espaldas y antes de que su compañera pudiera alejarse alzó la voz:
-Espera.-La joven se giró y la observó con curiosidad. Ana avanzó hasta ponerse a su altura, ambas prosiguieron el camino:
-Gracias.
-¿Por qué?-respondió la joven.
-Porque no has hecho nada por perjudicarme.-la muchacha rubia comprendió que aquella gratitud era sincera y no pudo evitar sonreír.-Sé que he sido brusca contigo...-continúo Ana-Pero has demostrado que no eres la persona que creía que eras.-Nunca aquellas palabras habían tenido un sentido tan literal.
-Soy Carla-murmuró la joven rubia y tras ello se dispuso a marcharse por un corredor que se abría a la derecha.-Hasta otra.-Ana correspondió a la despedida con un gesto de cabeza.
**
Ana intentaba encajar la presencia de Carla en sus recuerdos cuando tropezó con una escena romántica, no pudo evitar pararse en seco.
Pablo cogía la mano de Cayetana entre las suyas y le pedía perdón. Ana parpadeó, conocía el romance entre ambos, era demasiado evidente cuando Pablo utilizaba el descanso entre clase y clase no para sacar los libros de la taquilla sino para estampar contra una de ellas a su querida Cayetana y dedicarle cada respiración.
-Cayetana fue sin pensar.. olvídalo-le pedía mientras ascendía una de sus manos a modo de caricia partiendo de su hombro para asentarse en su mejilla. Ana no creía en sus caricias porque se negaba a aceptar que alguien tan cruel pudiera tener sentimientos. Pero Cayetana parecía débil ante esos ojos azules que le observaban a través de unas gafas de pasta negra y que prometían, prometían lo imposible.
Pablo desvió la mirada unos segundos de su amante y rápidamente Ana empleo medio segundo para esconderse detrás de unas taquillas próximas rezando por no ser descubierta. Respiró profundamente cuando reparó en que su gran "amigo" volvía a las andadas.
-Me dejaste...-susurró Cayetana apunto de romper a llorar-dijiste que estabas cansado...
-Me equivoqué-murmuró Pablo-No supe lo que era tenerte hasta que te perdí.-la carencia de profundidad de sus palabras disfrazada por un tono seductor no pasó desapercibido para Ana que puso los ojos en blanco, no obstante, derritió a Cayetana que acto seguido se dejó conquistar con un beso. Esa evasión de ambos suponía para Ana la ocasión perfecta para pasar sin ser vista. Sin embargo, alguien irrumpió en la escena.
-¡Cayetana!-exclamó el nuevo personaje que entró a escena. A Ana se le despertó el fuego de la rabia al oír aquella voz, se asomó a través de las taquillas y descubrió la figura y facciones perfectas de Julia.
Cayetana detuvo el beso y se giró a su amiga.
Julia se serenó y le habló con ternura:-Tu hermano te busca, está en la primera planta cerca de la secretaría.-Cayetana asintió y se marchó dirigiendo una última mirada anhelante a Pablo.
-Pablo-murmuró con desprecio Julia en cuanto se fue su amiga.
-¿Qué quieres Julia?-le desafío él.
-Eres un miserable-golpeó las palabras al rostro del joven.-El viernes estuve toda la tarde con ella en el club, ¿Cómo se te ocurre dejarla? Con excusas baratas y absurdas.
-Las cosas cambian-se defendió él.-Necesito aire.
-Pero la única persona que sufre es ella. Sois una pareja épica para el arcan y por eso los chicos no se acercan a ella. Pero no dudes que si vuelves a hacerle daño, otro chico aparecerá y será demasiado tarde para ti. -sentenció. Y dicho esto Julia le dio la espalda y siguió los pasos de su mejor amiga.
Ana decidió que no deseaba esperar más y cuando por el rabillo del ojo comprobó que Julia estaba lejos entró en escena. No dudaba de cual sería su papel, el de clown, el de bufón de esa corte absurda que se hacía llamar nobleza.
Y así fue, Pablo lanzó la flecha en cuanto el ave formó parte de su campo de visión.
-Contigo quería hablar-murmuró aproximándose a Ana. Ella puso cara de pocos amigos y el la estampó contra una taquilla, <<Qué manía tiene este chico de estampar contra una taquilla a las chicas>> pensó. El ave había quedado enjaulada en la prisión del cazador.
-¿Qué quieres?-preguntó Ana mirando a Pablo a los ojos. Se ruborizó sin querer y por un minuto entendió el hechizo que dominaba a Cayetana, eran unos ojos como el mar, unos ojos para perderse.
-¿Qué le has dicho a mi madre?-aquel descubrimiento rompió el encantamiento.
-¿A tu madre? ¿La directora Ossorio es tu madre?-El lanzó una carcajada pero más que agradable fue salvaje.
-Se nota que no tienes ni idea de las normas de este colegio-apuntó con desprecio.
-Si dejarás de comportarte como un matón no tendría que contarle nada sobre ti-soltó Ana de forma impulsiva. A él le hizo gracia y la liberó, no obstante, Ana siguió con la espalda pegada a la dura y fría taquilla.
-Muerdes ¿eh?-bromeó Pablo. Ana pensó por un instante que no era tan desagradable, igual podría llegar a algún acuerdo con él a base de raciocinio.-¿Qué le has dicho?
-Nada-respondió Ana. Pablo le miró a los ojos, la creyó y se marchó y Ana siguió largo rato pegada a la taquilla de la que se separó con esfuerzo.
**
Otro día comenzaba en el arcan, la dibujante estaba concentrada en realizar complicadas circunferencias dictadas por Nadia cuando un avión que hacia cinco segundos que había salido de un aeropuerto dorado aterrizó encima de sus circunferencias. Se sobresaltó, pero nadie pareció notarlo. Cuando abrió el avión de papel y miró el reverso se quedo petrificada como si los ojos del joven dibujado frente a ella tuviesen el poder de hipnotizarla. Ella sabía que esos ojos eran azules pero eran oscuros y mucho más profundos que los de Pablo. El retrato era el busto de un joven, las facciones de un violinista. Sin embargo, no era un dibujo original sino una fotocopia, la dibujante puso mala cara y miró hacia atrás, alguien la esperaba con una deslumbrante sonrisa. Disparó con la mirada a Hugo. El día anterior por primera vez en mucho tiempo se habían vuelto a mirar a los ojos, ella lo hubiera dado todo por ser invisible de nuevo para él. Devolvió su mirada al dibujo y descubrió un apunte a pie de página: "4 h en los vestuarios de ayer."
Empezaban tiempos turbios para la dibujante.
miércoles, 14 de agosto de 2013
viernes, 12 de julio de 2013
capítulo 8
Esa mañana Hugo entró al vestuario de chicos, cogió a Pablo del polo blanco y lo estampó contra las taquillas:
-Te has pasado-le dijo en tono amenazante. Sin necesidad de alzar la voz Hugo conseguía imponer su autoridad y causar en ocasiones temeridad. Pablo tragó saliva y murmuró:
-Lo arreglaré con ella.-excusándose y alzando los dos brazos enseñando las palmas, como un ladrón sorprendido. Hugo lo soltó empujándolo de nuevo contra las taquillas.
-Más te vale. Estoy cansado de vuestra relación inconstante e infantil-dijo y tras una mirada de desprecio salió del vestuario.
**
Ana había aprendido a esquivar todos los obstáculos peligrosos del ancar. Había sido suficiente la humillación sufrida con Julia y deseaba pasar los años que pasará allí fuera de su influencia, desprecios y condescendencia. Sin embargo, escapar a Julia era complicado porque o se la encontraba sola mirando con indiferencia al resto de la gente o bien formando el trío de mosqueteros con sus inseparables amigas. Tal vez, el hecho de llegar nueva al colegio había roto la monotonía del lugar y por eso, alguien como ella había causado curiosidad a la nobleza y había sido tratada por ella como una intrusa, una escoria que había que eliminar del sistema. Pero tenía fe en que las cosas se normalizarán, la nobleza volviera a ocuparse de sus asuntos importantes y sus ocios en el club y la dejasen en paz. Al menos tenía la esperanza de que no la expulsarán de allí y la dejasen tranquila, pasar desapercibida. Solía compartir sus deseos con Javier, quien insistía en que ingresase en la especie de secta que se hacía llamar la sociedad artística, unos illuminati y masones que no creían en la religión de la nobleza y tenían una vena revolucionaría que les hacía desear ver rodar las cabezas de Julia y Hugo por el pasillo del arcan.
-Quieren la cabeza de esos reyes en picas como...
-¿Cómo los Stark en Juego de Tronos?-aventuró Ana. Javier sonrío.
-Iba a decir como los indios en las pampas de Sudamérica en el siglo XIX-Ana se sorprendió-pero me vale.
Javier río:
-No tenía ni idea de que una señorita como tú viese esa serie.-Ana lo fulminó con la mirada.
-Me gusta. No todo es porno y sangre. Además, es cosa de mi hermano que me lo ha pegado-murmuró con enfado-Él siempre está leyendo los libros y me hace spoilers.
-Bueno, eso ya es un paso hacia la sociedad artística. Ellos son muy fans de las novelas históricas.
-¡Oh sí! Ellos son más de Ken Follet y yo más del señor de los anillos ¿entiendes? Ya lo hemos hablado, no tengo ninguna cualidad artística.
-Pues apúntate al taller de interpretación, te darán un papel en la obra.
-Estás loco...-lo miró insegura.-¡Pánico!.-dijo agitando las manos con nerviosismo al aire.
-¡Tonterías!-contraatacó Javier y en una sonrisa mostró sus dientes brillantes de triunfo.
**
La dibujante miraba el lienzo blanco sobre el caballete. Un reproductor de música parecía traer del más allá una melodía tierna cuyas notas al unirse parecían danzar en el aire, retumbar en la habitación. Permanecía sumida en la magia del adagio de Albinoni para violín.
Pero no estaba allí. La suavidad de la pieza había dibujado sobre el pulcro lienzo recuerdos y con ellos bailaba la joven al compás de aquel adagio dulce.
La melodía surgía pero aquella vez no de la nada sino de los dedos ágiles del violinista al que observaba tras la ventana. Los ojos del joven, de un azul profundo y brillante, no sospechaban de su profanación por los lentos trazos que la oculta observadora lanzaba sobre la hoja. De vez en cuando, el joven dejaba sus párpados caer sintiendo la música o refugiando aquella maravillosa mirada de su perpetuación eterna sobre el papel . Bajo la barbilla, su violín componía un adagio inspirando a la joven un sentimiento que describía en cada uno de los deslizamientos del carboncillo sobre aquel océano blanco y vacío que rellenaba con gestos humanos.
Él no sabría jamás de la presencia de ella tras la ventana, en el exterior, mientras ensayaba un canto dedicado a matar el silencio pero sólo ofrecido a él. Para la dibujante no era fácil capturar la expresión de los rasgos del chico al sentir el latido de una nota, sin embargo, realizaba imágenes mentales que permanecían en su cerebro lo suficiente como para traspasarlas a la hoja en blanco.
En esos momentos a ella le gustaba su condición de etérea, esa condena de ser invisible para la gente, de ser una sombra de la grandeza, la profundidad de lo superficial. Se sentía segura así, oculta porque protegida por el velo de la indiferencia de los demás podía entregarse al sueño.
No obstante, alguien la estaba obligando a despertar, torturando con pesadillas su fantasía, su eterna paz. Y ese alguien no descansaría hasta dar con ella. En su mente se materializo su dibujo siendo doblado por unas manos de largos dedos, dedos que presionaban con fuerza al plisar la hoja, dedos de aquellas manos que la atraparían. Su pensamiento pronunció un nombre:
Hugo.
Y reaccionó. De forma impulsiva su pincel realizó dos trazos veloces y opuestos que cubrieron todo el lienzo, una cruz.
**
-Te he traído el óleo-murmuró una voz al entrar, el irrumpir de esa voz hizo que la muchacha saliera de su ensimismamiento. Sus cabellos dorados, de color caramelo permanecían sujetos por un lápiz negro en un moño improvisado. Se acercó al reproductor y detuvo la música luego se giró al intruso:
-Gracias-se acercó y el joven le tendió un bote de pintura que contenía el aglutinante. Posteriormente le pasó una lista que tuvo que firmar. Era mera administración, un registro en el que como alumna solicitaba el uso de ciertos materiales para sus proyectos. El muchacho comprobó la firma, asintió con la cabeza y salió por la puerta llevándose el secreto del nombre de la dibujante, impasible para todos menos para uno.
**
-Todavía no sé que hago aquí-musitó Ana. Javier estaba a su lado con una sonrisa de oreja a oreja:
-Experimentar-Ana hizo una mueca de terror-Anda, no será tan malo. Si ves que fracasas siempre podrás tocar la flauta dulce-se burló. Ana puso cara de pocos amigos y se despidió.
La interpretación no era lo suyo, ya desde pequeña odiaba el hecho de salir a un escenario y ver a toda esa gente pendiente de ella, entre tantos ojos alguno debía fijarse en sus fallos, en su torpeza. Cuando en el colegio representaron en el fin de curso Caperucita era una de las narradoras de la historia, sólo tenía dos frases pero esos veinte segundos se convirtieron en cuarenta debido a sus tartamudeos y su facilidad de trabarse. Tenía diez años, pero desde entonces se había prometido no subirse a un escenario. Pero ahí estaba en una clase de interpretación del arcan, con auténticas ganas de salir corriendo.
Las clases ya se habían iniciado y eso aumentaba el pudor y nerviosismo de Ana. La profesora había trabajado durante veinte años en el teatro y aunque ya no era joven, de vez en cuando recurría a cojeras imprevistas o acentos cubanos para llamar la atención de sus alumnos. El colmo fue para Ana cuando conoció la palabra: Improvisación.
Un grupo de alumnos con experiencia creo una improvisación relacionada con una familia. Cada uno se metía en la piel de su personaje y utilizaba tantos recursos (voces, gestos y maneras de hablar) que Ana creyó que se encontraba frente a una serie de televisión de corte familiar y sello español.
Cuando el dedo inquisitivo de la profesora la señaló, un escalofrío peor que la presencia de un fantasma le recorrió el cuerpo. Las manos le empezaron a sudar y se coloco con otros compañeros en el centro de la sala. Ellos empezaron a murmurar cosas e ideas en el minuto que les había ofrecido la maestra y cuando ella hizo sonar su silbato se situaron para dar comienzo a una historia. Los seis personajes se encontraban en un psiquiátrico. A los tres parpadeos ya había uno tirado por el suelo y otro lanzando gritos. Otra joven parecía buscarse piojos entre los cabellos los cual desordenaba de forma feroz. La enfermera llamaba a gritos al médico porque el que se había tirado al suelo realizaba espasmos epilépticos y el médico la ayudaba a inmovilizarlo. La clave era que todos participasen y uno de los locos intentó que Ana se uniera a su locura, pero estaba bloqueada y permaneció durante toda la improvisación sin moverse, paralizada de forma total.
Cuando acabó recobró el movimiento y quiso salir de allí. No es que el teatro fuera de locos, sino que ella no sabía participar en aquella locura. Era rígida y su cuerpo no podía contagiarse de movimientos ajenos, no acostumbrados, de voces y palabras de otros. Se sentía en constante peligro ante la multitud y avasallada por aquellas personas que rebosaban talento. Era un cordero frágil y medroso en un mundo de lobos hambrientos de triunfo que cambiaban de piel como de abrigo. Ella no podía mudar de piel.
Salió de la clase sabiendo que subirse a un escenario no volvería a ser una opción. Y casi chocó con Julia. Julia detuvo la mirada en ella un segundo con curiosidad y luego la deshizo y siguió su camino.
Ana se encontraba en el ala de las artes, lo único atractivo que veía en aquel lugar era sentirse alejada de ese grupo de ricos mimados que se hacía llamar la nobleza. Sacudió la cabeza intentando evitar que malas hierbas de ideas contaminantes se plantarán en su cerebro:
-¿Qué más da?-se dijo-No merece mi atención. Y se puso a mirar los cuadros que adornaban la pared de enfrente. Con su mochila en una mano y una botella de agua de un litro en otra se quedó maravillada ante la pintura en la que había fijado sus ojos por azar. Era una especie de festividad teñida con el escenario de esos bailes de época en los que las mujeres se abanicaban con coquetería mientras esperaban que un hombre apuesto les ofreciera la mano y les pidiera un baile. El cuadro parecía dividirse en dos de forma horizontal. En la parte inferior una fila de seis parejas permanecían detenidas en una posición de baile y la parte superior, inscrita en la profundidad de la escena, era un espejo que cubría totalmente la pared, como el de las clases de ballet y en el que con pinceladas nerviosas el artista había querido representar el movimiento real de los bailarines. La pareja del centro llamó la atención de Ana. Los rasgos no se diferenciaban con claridad pero ella creyó reconocer en ellos a Julia y Hugo. La escena pincelada de tonos pastel y dorados contrastaba con el reflejo en el espejo en el que apenas eran figuras desdibujadas y poco definidas y se dibujaba la parte oculta de la habitación. Una gran araña de cristal aparecía en el espejo, en un principio creyó que eran simples reflejos de la escena pero al prestar más atención descubrió que por alguna razón en el espejo había una sombra tras Julia, una figura, tal vez proyectada a causa de luz en las formas, un borrón oscuro.
**
Hugo Doyle realizó una nueva visita al despacho del jefe de departamento de artes plásticas.
-¿Quería algo señorito Doyle?-preguntó el profesor. Doyle lo miró a los ojos.
-Ha pasado una semana y no he tenido noticias de usted-el profesor se hizo el despistado mientras cruzaba las manos sobre la mesa.
-Recuerdo que le propuse dejarme el dibujo para identificar a su autor, pero usted se negó-recalcó. Algo parecido a la rabia se incendió tras los ojos de Hugo que respiró con tranquilidad y murmuró:
-¿ No hay otros modos? Alguien que dibuje así debe destacar en sus clases...-propuso Doyle. El jefe de departamento no picó el anzuelo del joven.
-No hay otros modos, en los talleres de arte hay alumnos muy buenos y se fomenta la creatividad y a la vez se siguen escuelas, los alumnos más aventajados incluso tienen la posibilidad de alquilar aulas y trabajar por libre teniendo todo lo que necesitan a su disposición. Los profesores no tenemos ni debemos tener un control total sobre las creaciones de los alumnos.-y añadió de forma acusadora-No todas las obras son para compartir. Existe el anonimato.-Pero la mente de Doyle ya viajaba a otros cauces sin ninguna pretensión de rendirse.
-Si hay una financiación de las artes habrá un registro riguroso ¿no?-preguntó en voz alta Doyle.
-Efectivamente, todo queda archivado y registrado, hasta el más mínimo movimiento. Yo mismo superviso todos los trámites y pedidos-defendió el jefe de departamento sin saber que no sólo estaba respondiendo a las preguntas de Doyle sino también a sus intenciones.
-Gracias-dijo Hugo mientras se levantaba-tal vez se libre de una tercera visita.-al jefe de departamento le sorprendió que Hugo se complaciera tan pronto, aunque en sus últimas palabras percibió un tono de certeza que le inquieto.
**
Pablo se ajustaba las gafas de pasta cuando vio acercarse a su amigo. Por un instante temió que se repitiera la amenaza de la mañana del día anterior pero miró a su alrededor, en medio del comedor no esperaba que el admirado y envidiado Doyle le enseñara los dientes. Le pasó una bandeja. La gente solía dejar que se sirvieran los primeros, permitiéndoles pasar como si pusieran a sus pies una alfombra roja. En cinco minutos fueron servidos y mientras se acercaban a la mesa real la conversación trivial fue transformándose a la de confidente.
-Necesito una llave-murmuró Hugo. Pablo abrió los ojos tras las gafas. Quiso preguntar la razón pero temió volver a discutir con su mejor amigo.
-¿Cuál?-se limitó a preguntar obediente.
-La del despacho del de artes-Pablo asintió y ambos se sentaron en la mesa.
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Hugo se colaba en el despacho mientras Pablo hacía guardia fuera. No era una zona muy frecuentada pero sí lo suficiente como para echar un ojo. Pablo sonrío, por la esquina y en su dirección había aparecido una joven que hacía todo lo posible por evitar mirarlo y pasar desapercibida. Pablo olió su forma de fingir desde lejos. Cuando la joven pasó por su lado y le dio la espalda, él empezó a reirse de forma notable, demasiado notable. Ella se paró en seco, respiró profundamente y se disponía a seguir andando como si nada cuando oyó a su espalda:
-Ya me contaron tu fracaso con la interpretación-ese tono burlón sacó de quicio a Ana pero decidió aguantar todo lo que tuviera que decir y tras eso marcharse-pero viendo lo mal que finges evitarme no podía esperar más-y se río. Ana siguió andando sin dedicarle ninguna mirada.
**
Hugo había rebuscado en varios casilleros. Por suerte, el jefe de departamento no era un desorden y hacía de su vida algo metódico y no un caos. No le costó encontrar lo que buscaba, los registros del último mes.
Abrió la subcarpeta con los ojos iluminados por el triunfo, él esperaba un nombre y cuando lo leyó, huyó toda duda. Una gran sonrisa se ensanchó en sus labios.
-Te tengo-susurró.
**
Ana había tenido que mantener el control de sí misma como nunca. No era una persona violenta pero la humillación y el intento de resucitar su orgullo le hacían sentir una rabia extrema. En cualquier momento explotaría sino se hundía en una depresión. Al cruzar una nueva esquina un nuevo encuentro no deseado. Julia y sus cómplices estaban hablando. La pequeña Cayetana dejaba escapar una lágrima. Ana reparó en ello y cuando las otras se dieron cuenta la fulminaron de tal forma con la mirada que la propia Ana dudó que pudiera sobrevivir a aquellos tres disparos. Intentó buscarle el lado cómico y pensar que aquella lágrima tal vez había sido causa de una uña partida. Sin embargo, no era mala persona y compadecía a Cayetana por el "maravilloso" novio que tenía. Era toda una cenicienta en el cuento de el arcan.
**
La dibujante había decidido salir en busca de su dibujo aquel día. Iba a conseguirlo, como fuera. Lo último que tenía en su lista de cosas por hacer era convertirse en una esclava de Hugo Doyle. Antes del descanso para la comida Doyle se había olvidado la chaqueta en clase. No era común aquello pero a caballo regalado no le mires los dientes. Pensó que Doyle si le era de interés lo llevaría siempre encima y no se arriesgaría a tenerlo en su taquilla. Había visto a Doyle en el comedor y únicamente llevaba el uniforme, quizá el segundo sitio en el que miraría si fracasaba sería en los bolsillos de sus pantalones.
La clase solía cerrarse pero convenció a uno de los profesores de guardia para que la dejarán entrar a por una cosa importante que había olvidado. Rápidamente se dirigió a la chaqueta de Doyle, rebuscó y encontró un papel, lo abrió y era su dibujo. Se alegró profundamente y salió veloz de la habitación. Había sido fácil, con un jaque mate había vencido al rey. No obstante, alguien oculto en las taquillas la observó marcharse y la siguió.
La dibujante no tardó en darse cuenta de que la seguían. No quería girarse para no descubrirse pero estaba segura que aquel que le pisaba los talones era Hugo Doyle. Le invadió el pánico y quiso correr, pero aquello estaba prohibido en los pasillos. Todo seguía igual mientras se confundía con la gente haciendo uso de su poder de invisibilidad, sin embargo, algo había cambiado, había dejado de ser invisible para una persona. Pronto descubriría lo que eso significaba.
La situación cambió cuando la dibujante dejó atrás los bosques de gentes y se internó en pasillos casi desiertos. Fue entonces cuando comenzó a correr y viéndose sin escapatoria se introdujo en el vestuario de hombres del gimnasio. Hugo la siguió.
La persecución del gato al ratón estaba llegando a su fin. Pero el ratón todavía guardaba la esperanza escondido entre las hileras de taquillas, cuando vio que Doyle se disponía a meterse en las hileras de taquillas corrió hacia la puerta. Pero el movimiento de Doyle fue un paso en falso y la atrapó al vuelo.
Ella se resistió con todas sus fuerzas e intento zafarse como pudo. Pero el gato se comió al ratón y cuando ella alzó la mirada y Hugo Doyle la miró fijamente a los ojos, él dijo:
-Tú.
**
Doyle la había descubierto y pronto tendría noticias de él. En cuanto se liberó de él corrió hacia la puerta y siguió corriendo hasta el mar de gente. Todo lo que buscaba era crear una distancia contra él. Refugiarse en esa invisibilidad que le daba seguridad y le quitaba el miedo. Pero al girarse para ver si Hugo todavía la seguía empujó con su cuerpo a alguien que cayó al suelo. Cuando se volvió descubrió que la muchacha nueva la miraba con odio.
-Tú-murmuró la joven. Y la dibujante parpadeó incrédula. Era la segunda vez que era descubierta.-¡Lo has hecho aposta!-gritó Ana. De repente, la dibujante miró a su alrededor. Todo el mundo observaba la escena, no tardaría en venir un profesor.
Alguien se reía. Miró hacia una esquina y la vio, le entró la quemazón acostumbrada pero se reprimió y la miró con desprecio. Ana siguió la dirección de la mirada de la dibujante y tras abrir mucho los ojos con horror, se desmayó.
Ambas, tratadas como bufones, perdieron su fuerza ante la risa cántica y a borbotones de la reina Julia.
-Te has pasado-le dijo en tono amenazante. Sin necesidad de alzar la voz Hugo conseguía imponer su autoridad y causar en ocasiones temeridad. Pablo tragó saliva y murmuró:
-Lo arreglaré con ella.-excusándose y alzando los dos brazos enseñando las palmas, como un ladrón sorprendido. Hugo lo soltó empujándolo de nuevo contra las taquillas.
-Más te vale. Estoy cansado de vuestra relación inconstante e infantil-dijo y tras una mirada de desprecio salió del vestuario.
**
Ana había aprendido a esquivar todos los obstáculos peligrosos del ancar. Había sido suficiente la humillación sufrida con Julia y deseaba pasar los años que pasará allí fuera de su influencia, desprecios y condescendencia. Sin embargo, escapar a Julia era complicado porque o se la encontraba sola mirando con indiferencia al resto de la gente o bien formando el trío de mosqueteros con sus inseparables amigas. Tal vez, el hecho de llegar nueva al colegio había roto la monotonía del lugar y por eso, alguien como ella había causado curiosidad a la nobleza y había sido tratada por ella como una intrusa, una escoria que había que eliminar del sistema. Pero tenía fe en que las cosas se normalizarán, la nobleza volviera a ocuparse de sus asuntos importantes y sus ocios en el club y la dejasen en paz. Al menos tenía la esperanza de que no la expulsarán de allí y la dejasen tranquila, pasar desapercibida. Solía compartir sus deseos con Javier, quien insistía en que ingresase en la especie de secta que se hacía llamar la sociedad artística, unos illuminati y masones que no creían en la religión de la nobleza y tenían una vena revolucionaría que les hacía desear ver rodar las cabezas de Julia y Hugo por el pasillo del arcan.
-Quieren la cabeza de esos reyes en picas como...
-¿Cómo los Stark en Juego de Tronos?-aventuró Ana. Javier sonrío.
-Iba a decir como los indios en las pampas de Sudamérica en el siglo XIX-Ana se sorprendió-pero me vale.
Javier río:
-No tenía ni idea de que una señorita como tú viese esa serie.-Ana lo fulminó con la mirada.
-Me gusta. No todo es porno y sangre. Además, es cosa de mi hermano que me lo ha pegado-murmuró con enfado-Él siempre está leyendo los libros y me hace spoilers.
-Bueno, eso ya es un paso hacia la sociedad artística. Ellos son muy fans de las novelas históricas.
-¡Oh sí! Ellos son más de Ken Follet y yo más del señor de los anillos ¿entiendes? Ya lo hemos hablado, no tengo ninguna cualidad artística.
-Pues apúntate al taller de interpretación, te darán un papel en la obra.
-Estás loco...-lo miró insegura.-¡Pánico!.-dijo agitando las manos con nerviosismo al aire.
-¡Tonterías!-contraatacó Javier y en una sonrisa mostró sus dientes brillantes de triunfo.
**
La dibujante miraba el lienzo blanco sobre el caballete. Un reproductor de música parecía traer del más allá una melodía tierna cuyas notas al unirse parecían danzar en el aire, retumbar en la habitación. Permanecía sumida en la magia del adagio de Albinoni para violín.
Pero no estaba allí. La suavidad de la pieza había dibujado sobre el pulcro lienzo recuerdos y con ellos bailaba la joven al compás de aquel adagio dulce.
La melodía surgía pero aquella vez no de la nada sino de los dedos ágiles del violinista al que observaba tras la ventana. Los ojos del joven, de un azul profundo y brillante, no sospechaban de su profanación por los lentos trazos que la oculta observadora lanzaba sobre la hoja. De vez en cuando, el joven dejaba sus párpados caer sintiendo la música o refugiando aquella maravillosa mirada de su perpetuación eterna sobre el papel . Bajo la barbilla, su violín componía un adagio inspirando a la joven un sentimiento que describía en cada uno de los deslizamientos del carboncillo sobre aquel océano blanco y vacío que rellenaba con gestos humanos.
Él no sabría jamás de la presencia de ella tras la ventana, en el exterior, mientras ensayaba un canto dedicado a matar el silencio pero sólo ofrecido a él. Para la dibujante no era fácil capturar la expresión de los rasgos del chico al sentir el latido de una nota, sin embargo, realizaba imágenes mentales que permanecían en su cerebro lo suficiente como para traspasarlas a la hoja en blanco.
En esos momentos a ella le gustaba su condición de etérea, esa condena de ser invisible para la gente, de ser una sombra de la grandeza, la profundidad de lo superficial. Se sentía segura así, oculta porque protegida por el velo de la indiferencia de los demás podía entregarse al sueño.
No obstante, alguien la estaba obligando a despertar, torturando con pesadillas su fantasía, su eterna paz. Y ese alguien no descansaría hasta dar con ella. En su mente se materializo su dibujo siendo doblado por unas manos de largos dedos, dedos que presionaban con fuerza al plisar la hoja, dedos de aquellas manos que la atraparían. Su pensamiento pronunció un nombre:
Hugo.
Y reaccionó. De forma impulsiva su pincel realizó dos trazos veloces y opuestos que cubrieron todo el lienzo, una cruz.
**
-Te he traído el óleo-murmuró una voz al entrar, el irrumpir de esa voz hizo que la muchacha saliera de su ensimismamiento. Sus cabellos dorados, de color caramelo permanecían sujetos por un lápiz negro en un moño improvisado. Se acercó al reproductor y detuvo la música luego se giró al intruso:
-Gracias-se acercó y el joven le tendió un bote de pintura que contenía el aglutinante. Posteriormente le pasó una lista que tuvo que firmar. Era mera administración, un registro en el que como alumna solicitaba el uso de ciertos materiales para sus proyectos. El muchacho comprobó la firma, asintió con la cabeza y salió por la puerta llevándose el secreto del nombre de la dibujante, impasible para todos menos para uno.
**
-Todavía no sé que hago aquí-musitó Ana. Javier estaba a su lado con una sonrisa de oreja a oreja:
-Experimentar-Ana hizo una mueca de terror-Anda, no será tan malo. Si ves que fracasas siempre podrás tocar la flauta dulce-se burló. Ana puso cara de pocos amigos y se despidió.
La interpretación no era lo suyo, ya desde pequeña odiaba el hecho de salir a un escenario y ver a toda esa gente pendiente de ella, entre tantos ojos alguno debía fijarse en sus fallos, en su torpeza. Cuando en el colegio representaron en el fin de curso Caperucita era una de las narradoras de la historia, sólo tenía dos frases pero esos veinte segundos se convirtieron en cuarenta debido a sus tartamudeos y su facilidad de trabarse. Tenía diez años, pero desde entonces se había prometido no subirse a un escenario. Pero ahí estaba en una clase de interpretación del arcan, con auténticas ganas de salir corriendo.
Las clases ya se habían iniciado y eso aumentaba el pudor y nerviosismo de Ana. La profesora había trabajado durante veinte años en el teatro y aunque ya no era joven, de vez en cuando recurría a cojeras imprevistas o acentos cubanos para llamar la atención de sus alumnos. El colmo fue para Ana cuando conoció la palabra: Improvisación.
Un grupo de alumnos con experiencia creo una improvisación relacionada con una familia. Cada uno se metía en la piel de su personaje y utilizaba tantos recursos (voces, gestos y maneras de hablar) que Ana creyó que se encontraba frente a una serie de televisión de corte familiar y sello español.
Cuando el dedo inquisitivo de la profesora la señaló, un escalofrío peor que la presencia de un fantasma le recorrió el cuerpo. Las manos le empezaron a sudar y se coloco con otros compañeros en el centro de la sala. Ellos empezaron a murmurar cosas e ideas en el minuto que les había ofrecido la maestra y cuando ella hizo sonar su silbato se situaron para dar comienzo a una historia. Los seis personajes se encontraban en un psiquiátrico. A los tres parpadeos ya había uno tirado por el suelo y otro lanzando gritos. Otra joven parecía buscarse piojos entre los cabellos los cual desordenaba de forma feroz. La enfermera llamaba a gritos al médico porque el que se había tirado al suelo realizaba espasmos epilépticos y el médico la ayudaba a inmovilizarlo. La clave era que todos participasen y uno de los locos intentó que Ana se uniera a su locura, pero estaba bloqueada y permaneció durante toda la improvisación sin moverse, paralizada de forma total.
Cuando acabó recobró el movimiento y quiso salir de allí. No es que el teatro fuera de locos, sino que ella no sabía participar en aquella locura. Era rígida y su cuerpo no podía contagiarse de movimientos ajenos, no acostumbrados, de voces y palabras de otros. Se sentía en constante peligro ante la multitud y avasallada por aquellas personas que rebosaban talento. Era un cordero frágil y medroso en un mundo de lobos hambrientos de triunfo que cambiaban de piel como de abrigo. Ella no podía mudar de piel.
Salió de la clase sabiendo que subirse a un escenario no volvería a ser una opción. Y casi chocó con Julia. Julia detuvo la mirada en ella un segundo con curiosidad y luego la deshizo y siguió su camino.
Ana se encontraba en el ala de las artes, lo único atractivo que veía en aquel lugar era sentirse alejada de ese grupo de ricos mimados que se hacía llamar la nobleza. Sacudió la cabeza intentando evitar que malas hierbas de ideas contaminantes se plantarán en su cerebro:
-¿Qué más da?-se dijo-No merece mi atención. Y se puso a mirar los cuadros que adornaban la pared de enfrente. Con su mochila en una mano y una botella de agua de un litro en otra se quedó maravillada ante la pintura en la que había fijado sus ojos por azar. Era una especie de festividad teñida con el escenario de esos bailes de época en los que las mujeres se abanicaban con coquetería mientras esperaban que un hombre apuesto les ofreciera la mano y les pidiera un baile. El cuadro parecía dividirse en dos de forma horizontal. En la parte inferior una fila de seis parejas permanecían detenidas en una posición de baile y la parte superior, inscrita en la profundidad de la escena, era un espejo que cubría totalmente la pared, como el de las clases de ballet y en el que con pinceladas nerviosas el artista había querido representar el movimiento real de los bailarines. La pareja del centro llamó la atención de Ana. Los rasgos no se diferenciaban con claridad pero ella creyó reconocer en ellos a Julia y Hugo. La escena pincelada de tonos pastel y dorados contrastaba con el reflejo en el espejo en el que apenas eran figuras desdibujadas y poco definidas y se dibujaba la parte oculta de la habitación. Una gran araña de cristal aparecía en el espejo, en un principio creyó que eran simples reflejos de la escena pero al prestar más atención descubrió que por alguna razón en el espejo había una sombra tras Julia, una figura, tal vez proyectada a causa de luz en las formas, un borrón oscuro.
**
Hugo Doyle realizó una nueva visita al despacho del jefe de departamento de artes plásticas.
-¿Quería algo señorito Doyle?-preguntó el profesor. Doyle lo miró a los ojos.
-Ha pasado una semana y no he tenido noticias de usted-el profesor se hizo el despistado mientras cruzaba las manos sobre la mesa.
-Recuerdo que le propuse dejarme el dibujo para identificar a su autor, pero usted se negó-recalcó. Algo parecido a la rabia se incendió tras los ojos de Hugo que respiró con tranquilidad y murmuró:
-¿ No hay otros modos? Alguien que dibuje así debe destacar en sus clases...-propuso Doyle. El jefe de departamento no picó el anzuelo del joven.
-No hay otros modos, en los talleres de arte hay alumnos muy buenos y se fomenta la creatividad y a la vez se siguen escuelas, los alumnos más aventajados incluso tienen la posibilidad de alquilar aulas y trabajar por libre teniendo todo lo que necesitan a su disposición. Los profesores no tenemos ni debemos tener un control total sobre las creaciones de los alumnos.-y añadió de forma acusadora-No todas las obras son para compartir. Existe el anonimato.-Pero la mente de Doyle ya viajaba a otros cauces sin ninguna pretensión de rendirse.
-Si hay una financiación de las artes habrá un registro riguroso ¿no?-preguntó en voz alta Doyle.
-Efectivamente, todo queda archivado y registrado, hasta el más mínimo movimiento. Yo mismo superviso todos los trámites y pedidos-defendió el jefe de departamento sin saber que no sólo estaba respondiendo a las preguntas de Doyle sino también a sus intenciones.
-Gracias-dijo Hugo mientras se levantaba-tal vez se libre de una tercera visita.-al jefe de departamento le sorprendió que Hugo se complaciera tan pronto, aunque en sus últimas palabras percibió un tono de certeza que le inquieto.
**
Pablo se ajustaba las gafas de pasta cuando vio acercarse a su amigo. Por un instante temió que se repitiera la amenaza de la mañana del día anterior pero miró a su alrededor, en medio del comedor no esperaba que el admirado y envidiado Doyle le enseñara los dientes. Le pasó una bandeja. La gente solía dejar que se sirvieran los primeros, permitiéndoles pasar como si pusieran a sus pies una alfombra roja. En cinco minutos fueron servidos y mientras se acercaban a la mesa real la conversación trivial fue transformándose a la de confidente.
-Necesito una llave-murmuró Hugo. Pablo abrió los ojos tras las gafas. Quiso preguntar la razón pero temió volver a discutir con su mejor amigo.
-¿Cuál?-se limitó a preguntar obediente.
-La del despacho del de artes-Pablo asintió y ambos se sentaron en la mesa.
**
Hugo se colaba en el despacho mientras Pablo hacía guardia fuera. No era una zona muy frecuentada pero sí lo suficiente como para echar un ojo. Pablo sonrío, por la esquina y en su dirección había aparecido una joven que hacía todo lo posible por evitar mirarlo y pasar desapercibida. Pablo olió su forma de fingir desde lejos. Cuando la joven pasó por su lado y le dio la espalda, él empezó a reirse de forma notable, demasiado notable. Ella se paró en seco, respiró profundamente y se disponía a seguir andando como si nada cuando oyó a su espalda:
-Ya me contaron tu fracaso con la interpretación-ese tono burlón sacó de quicio a Ana pero decidió aguantar todo lo que tuviera que decir y tras eso marcharse-pero viendo lo mal que finges evitarme no podía esperar más-y se río. Ana siguió andando sin dedicarle ninguna mirada.
**
Hugo había rebuscado en varios casilleros. Por suerte, el jefe de departamento no era un desorden y hacía de su vida algo metódico y no un caos. No le costó encontrar lo que buscaba, los registros del último mes.
Abrió la subcarpeta con los ojos iluminados por el triunfo, él esperaba un nombre y cuando lo leyó, huyó toda duda. Una gran sonrisa se ensanchó en sus labios.
-Te tengo-susurró.
**
Ana había tenido que mantener el control de sí misma como nunca. No era una persona violenta pero la humillación y el intento de resucitar su orgullo le hacían sentir una rabia extrema. En cualquier momento explotaría sino se hundía en una depresión. Al cruzar una nueva esquina un nuevo encuentro no deseado. Julia y sus cómplices estaban hablando. La pequeña Cayetana dejaba escapar una lágrima. Ana reparó en ello y cuando las otras se dieron cuenta la fulminaron de tal forma con la mirada que la propia Ana dudó que pudiera sobrevivir a aquellos tres disparos. Intentó buscarle el lado cómico y pensar que aquella lágrima tal vez había sido causa de una uña partida. Sin embargo, no era mala persona y compadecía a Cayetana por el "maravilloso" novio que tenía. Era toda una cenicienta en el cuento de el arcan.
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La dibujante había decidido salir en busca de su dibujo aquel día. Iba a conseguirlo, como fuera. Lo último que tenía en su lista de cosas por hacer era convertirse en una esclava de Hugo Doyle. Antes del descanso para la comida Doyle se había olvidado la chaqueta en clase. No era común aquello pero a caballo regalado no le mires los dientes. Pensó que Doyle si le era de interés lo llevaría siempre encima y no se arriesgaría a tenerlo en su taquilla. Había visto a Doyle en el comedor y únicamente llevaba el uniforme, quizá el segundo sitio en el que miraría si fracasaba sería en los bolsillos de sus pantalones.
La clase solía cerrarse pero convenció a uno de los profesores de guardia para que la dejarán entrar a por una cosa importante que había olvidado. Rápidamente se dirigió a la chaqueta de Doyle, rebuscó y encontró un papel, lo abrió y era su dibujo. Se alegró profundamente y salió veloz de la habitación. Había sido fácil, con un jaque mate había vencido al rey. No obstante, alguien oculto en las taquillas la observó marcharse y la siguió.
La dibujante no tardó en darse cuenta de que la seguían. No quería girarse para no descubrirse pero estaba segura que aquel que le pisaba los talones era Hugo Doyle. Le invadió el pánico y quiso correr, pero aquello estaba prohibido en los pasillos. Todo seguía igual mientras se confundía con la gente haciendo uso de su poder de invisibilidad, sin embargo, algo había cambiado, había dejado de ser invisible para una persona. Pronto descubriría lo que eso significaba.
La situación cambió cuando la dibujante dejó atrás los bosques de gentes y se internó en pasillos casi desiertos. Fue entonces cuando comenzó a correr y viéndose sin escapatoria se introdujo en el vestuario de hombres del gimnasio. Hugo la siguió.
La persecución del gato al ratón estaba llegando a su fin. Pero el ratón todavía guardaba la esperanza escondido entre las hileras de taquillas, cuando vio que Doyle se disponía a meterse en las hileras de taquillas corrió hacia la puerta. Pero el movimiento de Doyle fue un paso en falso y la atrapó al vuelo.
Ella se resistió con todas sus fuerzas e intento zafarse como pudo. Pero el gato se comió al ratón y cuando ella alzó la mirada y Hugo Doyle la miró fijamente a los ojos, él dijo:
-Tú.
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Doyle la había descubierto y pronto tendría noticias de él. En cuanto se liberó de él corrió hacia la puerta y siguió corriendo hasta el mar de gente. Todo lo que buscaba era crear una distancia contra él. Refugiarse en esa invisibilidad que le daba seguridad y le quitaba el miedo. Pero al girarse para ver si Hugo todavía la seguía empujó con su cuerpo a alguien que cayó al suelo. Cuando se volvió descubrió que la muchacha nueva la miraba con odio.
-Tú-murmuró la joven. Y la dibujante parpadeó incrédula. Era la segunda vez que era descubierta.-¡Lo has hecho aposta!-gritó Ana. De repente, la dibujante miró a su alrededor. Todo el mundo observaba la escena, no tardaría en venir un profesor.
Alguien se reía. Miró hacia una esquina y la vio, le entró la quemazón acostumbrada pero se reprimió y la miró con desprecio. Ana siguió la dirección de la mirada de la dibujante y tras abrir mucho los ojos con horror, se desmayó.
Ambas, tratadas como bufones, perdieron su fuerza ante la risa cántica y a borbotones de la reina Julia.
domingo, 30 de junio de 2013
Capítulo 7
Ana había pedaleado movida por el poder de un rayo. La rabia reprimida en sus mejillas rojas se apreciaba en el rápido movimiento de sus pies, al parecer, bien hundidos en el barro social de el arcan.
Tras una ducha caliente, en la que más de una vez se frotó ansiosa con la esponja la muñeca, se dejó caer en la cama. No era tan grande como la de Julia, y su habitación de unos humildes seis metros componía en general una clara nimiedad en comparación. Y, en cambio, Ana sabía que su hogar tenía algo que jamás se palparía en la inmensa casa de Julia: calidez, amor.
Su madre tocó a la puerta y la entreabrió.
-Soy yo-anunció con una voz enérgica y dulce.
Por el resquicio abierto el aire viajaba, y un intenso olor a chocolate impregnó la nariz de Ana.
-Chocolate caliente-murmuró. Su madre entró a la habitación con dos tazas y una sonrisa:
-Tu preferido.-y le guiñó el ojo.
**
Sus manos se rozaron al introducirlas en el bol de palomitas. Él aprovechó la oportunidad y acarició sus dedos y ella apartó la suya con una delicadeza mal disimulada.Ambos se llevaron una palomita a la boca.
Hugo todavía estaba estupefacto de como había avanzado la tarde, jamás se imaginaría viendo una película en su cine particular- una sala repleta de sillones de cuero marrón oscuro frente a una televisión de 100 pulgadas-, con Júlia. Sin embargo, había sido ella quien lo había sugerido. Así que los dos permanecían situados en el sofá más cercano a la pantalla, refugiados en una semi oscuridad que ocultaba la tensión de Hugo y la incomodidad y timidez de ella. Iluminados tan sólo por la tenue luz que emergía de la televisión.
-¿Qué te parece una película?-había murmurado ella una hora antes, dos finas arrugas se habían dibujado en su frente.
-Está bien-le había respondido él, sus ojos de sorpresa se habían producido por el simple hecho de que se trataba de Julia, siempre había pensado que los intereses de ella aspiraban a algo más que quedarse en casa y ver una película, pero aquella tarde, de nuevo, la joven realizaba uno de sus giros inesperados.-Sígueme- le ordenó él tras un suspiro y ella obedeció con un asentimiento.
La dirigió por un largo pasillo. A su espalda, ella detenía una y otra vez una mirada extasiada en cada objeto que apreciaba a un lado u a otro. Hermosas cortinas de encaje y flores bordadas, escuadras de pan de gengibre y un elegante reloj victoriano fueron los elementos decorativos que capturaron sus hermosos ojos verdes. Hugo, no reparó en ello, tal vez, de haberlo hecho, no hubiera podido seguir disimulando su incertidumbre. A Julia solían maravillarla conjuntos impecables y pasarelas de Cibeles, París o Milán. La moda del vestido era su arte amado. Y por tanto, aquellas cosas le deberían parecer anticuarios.
Toda aquella magia de evasión a otra época se disipó en cuanto ella se internó a la sala de cine, pronto la sustituyó un nuevo descubrimiento, el lateral izquierdo a la pantalla era recorrido por una amplia estanteria de tendencia horizontal. De clásicos a películas actuales se apilaban en aquella colección de cinéfilo.
-¿Te gusta el cine?-se sorprendió preguntando ella. Hugo se sonrojó, no, Hugo no podía sonrojarse.
Quizás, dejó vislumbrar un poco de esa inseguridad que Julia le hacía sentir pero se recobró al instante:
-Es de mi padre-se sinceró-aunque no tiene mucho tiempo para ver películas. Así que prácticamente todo esto es mío.
Por una vez sus miradas coincidieron y la sonrisa brillante de Hugo fue correspondida por el trazo de una sonrisa torcida en las finas facciones de ella que aquel día a Hugo le asemejaban más redondeadas.
Posteriormente había llegado la hora de decidirse. Ella se había lanzado con entusiasmo a recorrer con la yema de los dedos los títulos de los clásicos para a continuación con cierta mueca dirigirse al estante de clásicos más modernos que no incluyesen el blanco y negro. Hugo siguió su recorrido con la mirada. Los dedos de ella se paraban de vez en cuando en algún que otro título pero estaban teñidos de gran indecisión. Hugo creyó que en una de estas pausas el dedo corazón de ella se había parado en el Drácula de Coppola, en ese instante ella se llevó la uña de este dedo a la boca en un acto instintivo, en el momento en el que reparó que Hugo la observaba cambió totalmente el gesto e irguió la espalda, murmuró:
-Creo que deberíamos ver Desayuno con diamantes-añadió con rapidez a modo de explicación-es mi preferida.-El perdió la mirada en el estante, se acercó a él y cogió una película.
-¿Qué tal esta?-preguntó mostrándole la caratula de Drácula de Bram Stoker-No es mi preferida y difiere totalmente del libro, pero ¿Por qué no probar algo de oscuridad? Puede gustarte-en sus ojos se cruzó una mirada pícara irresistible, ella desvío la mirada y asintió con la cabeza.
La película no era de miedo pero él pudo utilizarla como excusa para explicarle a ella al oído las diferencias que él había observado en su comparación con la lectura del libro:
-La historia de la reencarnación es ficticia pero contribuye a hacer de Drácula un ser más humano y no una simple sombra de niebla. Le da una perspectiva interesante al mito literario del vampiro.
-Oh-murmuró ella fingiendo sorpresa.
-Pero te gustará la historia de amor-murmuró-las chicas soléis tener una atracción por lo prohibido y desconocido.-al decir esto se aproximo a ella acortando la distancia proxémica. Ella le dio la espalda y lo miró de soslayo.
-Si así piensas conquistarme creo que vas por el mal camino-reconoció ella con arrogancia. Él sonrío con picardía y sólo dijo:
-La película todavía no ha empezado.
**
Agatha interrumpió en la habitación antes de la película introduciendo a la estancia el olor de palomitas recién hechas.
-Espero que por una vez te saltes la dieta-comentó Hugo burlón. La muchacha lo fulminó con la mirada y en cuanto la mujer le ofreció la bandeja murmuró:
-Gracias-con una sonrisa amable que dejó a Hugo impertérrito.
Después de la película, Agatha entró de nuevo como si los créditos la hubieran llamado y sustituyó la bandeja de palomitas por una bandeja con panecillos con salmón y distintas variedades de embutidos de calidad. También trajo vino o ¿Era champán?.
-Esto es sólo un aperitivo. Os traeré de primer y segundo plato lo que gustéis.-dijo Agatha. La joven pronto musitó:
-No es necesario, he prometido cenar en casa y no retrasarme. Pero gracias.-Agatha asintió con la cabeza y se retiró. Hugo no había dicho nada. Así pues, ella comenzó a comer. En primer lugar se dispuso a coger un panecillo con jamón serrano pero en el último momento se arrepintió y cogió uno de salmón. Mientras Hugo le tendió un vaso y esparció en él el líquido de la botella, vino blanco. Tras ingerir el panecillo dirigió su mirada hacia el líquido dorado, hizo una mueca.
-Sé que te encanta el vino blanco- sonrío él con la mirada. Ella sonrío:
-Sí, pero sólo lo tomo en momentos especiales o en el club-y de nuevo esa arrogancia-No diría que este es un momento especial.-y le dio un pequeño sorbo.
-Siempre podemos hacerlo especial-murmuró él con la copa en los labios y la mirada fija en ella.
-Brindemos-se envalentonó ella alzando la copa-brindemos porque la verdad no has conseguido impresionarme.-bajó la copa y tragó un buen sorbo que vacío copa. Él hizo caso omiso a sus palabras y cogió la botella para llenarle de nuevo el vaso, pero calculo mal y acabó manchando la bonita camiseta blanca de ella. La cara de ella se tradujo a horror, parecía que en cualquier momento iba a saltar del asiento y a ponerse a chillar pero consiguió mantener la compostura y tras morderse los labios sonrío aparentando tranquilidad:
-Parece que el servicio no es muy eficiente que digamos-se bebió lo que había caído en la copa de un trago y se levantó-al camarero le tiembla la mano. Esto no hubiera pasado en el club.
Hugo se levantó tras ella y le cogió la mano con una sonrisa:
-Ven, no creo que Cayetana tenga inconveniente en dejarte algo mientras Agatha se encarga de tu camisa.- Y la arrastró tras él, ya en la puerta ella se soltó y dijo en alta voz:
-No-cortante-Me voy.
-Jamás saldrías a la calle así y lo sabes.-le recriminó Hugo.
-Vendrá el coche a recogerme.-al ver que no funcionaba murmuró-Bueno, sé ir sola a la habitación de tu hermana, no necesito que me guíes, además, Adelaida se ocupará de mi camisa.
Hugo asintió.
Y ella se encaminó hacia el pasillo y subió por las escaleras.
**
Ella se había puesto una camisa similar a la que se había manchado y se miraba al espejo mientras la plisaba con las manos cuando de repente se apagó la luz. La habitación era grande así que encontrar el interruptor de la luz se presentaba como una verdadera odisea. Pero se encaminó a ello, la luz de la luna que entraba por la ventana abierta le ayudó en su tarea . Cuando al fin alcanzó la pared unos brazos la cogieron por la cintura y le dieron la vuelta haciendo que su espalda quedase contra la pared rugosa. Ella sintió que el aire de una respiración acariciaba su cuello.
-Tienes miedo-le susurró una voz masculina al oído. Estaba atrapada y paralizada en el abrazo del mismísimo Doyle.-Julia-siseó su nombre lentamente. Y el cuerpo de ella reaccionó intentando zafarse de él, fue en vano.
-No quiero jugar a las tinieblas contigo-masculló ella empujando con fuerza. Entonces sintió en esa semioscuridad que la cara de Hugo estaba a escasos centímetros de la suya. Sintió el alargamiento de las comisuras de sus labios a modo de sonrisa aunque apenas pudiera verlo y quizás por efecto de su imaginación el brillo de sus dientes blancos, ¿Esos dientes más alargados y sobresalientes eran sus colmillos? Tembló, o era el vino o la película se estaba haciendo realidad. Estaba mareada.
Otra vez la respiración de él en su cuello. Cada vez más próxima. Sus labios rozando una zona tan sensible y deshabitada de caricias. La dureza de sus dientes presionando piel tan delicada y la marca: el beso.
**
La joven parpadeó, acto seguido se acostumbró a la luz de la estancia y abrió los ojos. Al ser consciente de donde se encontraba se irguió de forma abrupta y miró a todos lados. Al principió no vio a nadie pero después descubrió que Hugo Doyle estaba sentado en un sillón a su izquierda próximo a la cama donde ella se encontraba.
-Eres frágil-murmuró serio. Ella se sonrojó tenuemente, se había desmayado en los brazos de Hugo Doyle.
-Yo no soy la que va dando sustos a la gente-reaccionó brusca ella.
-Solamente quería darle emoción-dijo con la mirada perdida y la barbilla apoyada en el reverso de las manos entrecruzadas. Ella huyó de su misterio y evitó caer en el nuevo encantamiento de sus ojos. Observó su situación, se encontraba en la habitación de Cayetana, tendida sobre la cama. En ese momento entró Agatha con un paño mojado en alcohol. Hugo negó con la cabeza y ella se volvió a marchar.
-¿Qué hora es?-murmuró la joven preocupada mientras se enfundaba en sus zapatos sin atreverse a mirar a la cara al joven.
-Las once.
-¿Y tu hermana?-se sobresaltó la joven.
-Todavía andará por el club pero no tardará en volver.
-Debo irme antes de que regrese-entonces buscó la mirada de él para conciliar un pacto de silencio.
-No se lo diré-bufó con risa fingida-tampoco hemos hecho nada de lo que debas avergonzarte.
-Eso espero, ha sido una mala idea-musitó ella como advertencia.
-Esta claro que lo nuestro es sólo una relación diplomática-murmuró con sarcasmo Hugo.
-Empieza a resignarte-dijo ella levantándose y dirigiéndose hacia la puerta, se volvió hacia él para decir-Aprende que hay cosas que no puedes tener.
-¿Y me lo dices tú?-se preguntó él en voz alta mirándola desde el sillón-Agatha se ha encargado de tu camisa- y añadió cortante-Adiós.
Ella le dio la espalda con orgullo y cerró la puerta con fuerza.
Tras una ducha caliente, en la que más de una vez se frotó ansiosa con la esponja la muñeca, se dejó caer en la cama. No era tan grande como la de Julia, y su habitación de unos humildes seis metros componía en general una clara nimiedad en comparación. Y, en cambio, Ana sabía que su hogar tenía algo que jamás se palparía en la inmensa casa de Julia: calidez, amor.
Su madre tocó a la puerta y la entreabrió.
-Soy yo-anunció con una voz enérgica y dulce.
Por el resquicio abierto el aire viajaba, y un intenso olor a chocolate impregnó la nariz de Ana.
-Chocolate caliente-murmuró. Su madre entró a la habitación con dos tazas y una sonrisa:
-Tu preferido.-y le guiñó el ojo.
**
Sus manos se rozaron al introducirlas en el bol de palomitas. Él aprovechó la oportunidad y acarició sus dedos y ella apartó la suya con una delicadeza mal disimulada.Ambos se llevaron una palomita a la boca.
Hugo todavía estaba estupefacto de como había avanzado la tarde, jamás se imaginaría viendo una película en su cine particular- una sala repleta de sillones de cuero marrón oscuro frente a una televisión de 100 pulgadas-, con Júlia. Sin embargo, había sido ella quien lo había sugerido. Así que los dos permanecían situados en el sofá más cercano a la pantalla, refugiados en una semi oscuridad que ocultaba la tensión de Hugo y la incomodidad y timidez de ella. Iluminados tan sólo por la tenue luz que emergía de la televisión.
-¿Qué te parece una película?-había murmurado ella una hora antes, dos finas arrugas se habían dibujado en su frente.
-Está bien-le había respondido él, sus ojos de sorpresa se habían producido por el simple hecho de que se trataba de Julia, siempre había pensado que los intereses de ella aspiraban a algo más que quedarse en casa y ver una película, pero aquella tarde, de nuevo, la joven realizaba uno de sus giros inesperados.-Sígueme- le ordenó él tras un suspiro y ella obedeció con un asentimiento.
La dirigió por un largo pasillo. A su espalda, ella detenía una y otra vez una mirada extasiada en cada objeto que apreciaba a un lado u a otro. Hermosas cortinas de encaje y flores bordadas, escuadras de pan de gengibre y un elegante reloj victoriano fueron los elementos decorativos que capturaron sus hermosos ojos verdes. Hugo, no reparó en ello, tal vez, de haberlo hecho, no hubiera podido seguir disimulando su incertidumbre. A Julia solían maravillarla conjuntos impecables y pasarelas de Cibeles, París o Milán. La moda del vestido era su arte amado. Y por tanto, aquellas cosas le deberían parecer anticuarios.
Toda aquella magia de evasión a otra época se disipó en cuanto ella se internó a la sala de cine, pronto la sustituyó un nuevo descubrimiento, el lateral izquierdo a la pantalla era recorrido por una amplia estanteria de tendencia horizontal. De clásicos a películas actuales se apilaban en aquella colección de cinéfilo.
-¿Te gusta el cine?-se sorprendió preguntando ella. Hugo se sonrojó, no, Hugo no podía sonrojarse.
Quizás, dejó vislumbrar un poco de esa inseguridad que Julia le hacía sentir pero se recobró al instante:
-Es de mi padre-se sinceró-aunque no tiene mucho tiempo para ver películas. Así que prácticamente todo esto es mío.
Por una vez sus miradas coincidieron y la sonrisa brillante de Hugo fue correspondida por el trazo de una sonrisa torcida en las finas facciones de ella que aquel día a Hugo le asemejaban más redondeadas.
Posteriormente había llegado la hora de decidirse. Ella se había lanzado con entusiasmo a recorrer con la yema de los dedos los títulos de los clásicos para a continuación con cierta mueca dirigirse al estante de clásicos más modernos que no incluyesen el blanco y negro. Hugo siguió su recorrido con la mirada. Los dedos de ella se paraban de vez en cuando en algún que otro título pero estaban teñidos de gran indecisión. Hugo creyó que en una de estas pausas el dedo corazón de ella se había parado en el Drácula de Coppola, en ese instante ella se llevó la uña de este dedo a la boca en un acto instintivo, en el momento en el que reparó que Hugo la observaba cambió totalmente el gesto e irguió la espalda, murmuró:
-Creo que deberíamos ver Desayuno con diamantes-añadió con rapidez a modo de explicación-es mi preferida.-El perdió la mirada en el estante, se acercó a él y cogió una película.
-¿Qué tal esta?-preguntó mostrándole la caratula de Drácula de Bram Stoker-No es mi preferida y difiere totalmente del libro, pero ¿Por qué no probar algo de oscuridad? Puede gustarte-en sus ojos se cruzó una mirada pícara irresistible, ella desvío la mirada y asintió con la cabeza.
La película no era de miedo pero él pudo utilizarla como excusa para explicarle a ella al oído las diferencias que él había observado en su comparación con la lectura del libro:
-La historia de la reencarnación es ficticia pero contribuye a hacer de Drácula un ser más humano y no una simple sombra de niebla. Le da una perspectiva interesante al mito literario del vampiro.
-Oh-murmuró ella fingiendo sorpresa.
-Pero te gustará la historia de amor-murmuró-las chicas soléis tener una atracción por lo prohibido y desconocido.-al decir esto se aproximo a ella acortando la distancia proxémica. Ella le dio la espalda y lo miró de soslayo.
-Si así piensas conquistarme creo que vas por el mal camino-reconoció ella con arrogancia. Él sonrío con picardía y sólo dijo:
-La película todavía no ha empezado.
**
Agatha interrumpió en la habitación antes de la película introduciendo a la estancia el olor de palomitas recién hechas.
-Espero que por una vez te saltes la dieta-comentó Hugo burlón. La muchacha lo fulminó con la mirada y en cuanto la mujer le ofreció la bandeja murmuró:
-Gracias-con una sonrisa amable que dejó a Hugo impertérrito.
Después de la película, Agatha entró de nuevo como si los créditos la hubieran llamado y sustituyó la bandeja de palomitas por una bandeja con panecillos con salmón y distintas variedades de embutidos de calidad. También trajo vino o ¿Era champán?.
-Esto es sólo un aperitivo. Os traeré de primer y segundo plato lo que gustéis.-dijo Agatha. La joven pronto musitó:
-No es necesario, he prometido cenar en casa y no retrasarme. Pero gracias.-Agatha asintió con la cabeza y se retiró. Hugo no había dicho nada. Así pues, ella comenzó a comer. En primer lugar se dispuso a coger un panecillo con jamón serrano pero en el último momento se arrepintió y cogió uno de salmón. Mientras Hugo le tendió un vaso y esparció en él el líquido de la botella, vino blanco. Tras ingerir el panecillo dirigió su mirada hacia el líquido dorado, hizo una mueca.
-Sé que te encanta el vino blanco- sonrío él con la mirada. Ella sonrío:
-Sí, pero sólo lo tomo en momentos especiales o en el club-y de nuevo esa arrogancia-No diría que este es un momento especial.-y le dio un pequeño sorbo.
-Siempre podemos hacerlo especial-murmuró él con la copa en los labios y la mirada fija en ella.
-Brindemos-se envalentonó ella alzando la copa-brindemos porque la verdad no has conseguido impresionarme.-bajó la copa y tragó un buen sorbo que vacío copa. Él hizo caso omiso a sus palabras y cogió la botella para llenarle de nuevo el vaso, pero calculo mal y acabó manchando la bonita camiseta blanca de ella. La cara de ella se tradujo a horror, parecía que en cualquier momento iba a saltar del asiento y a ponerse a chillar pero consiguió mantener la compostura y tras morderse los labios sonrío aparentando tranquilidad:
-Parece que el servicio no es muy eficiente que digamos-se bebió lo que había caído en la copa de un trago y se levantó-al camarero le tiembla la mano. Esto no hubiera pasado en el club.
Hugo se levantó tras ella y le cogió la mano con una sonrisa:
-Ven, no creo que Cayetana tenga inconveniente en dejarte algo mientras Agatha se encarga de tu camisa.- Y la arrastró tras él, ya en la puerta ella se soltó y dijo en alta voz:
-No-cortante-Me voy.
-Jamás saldrías a la calle así y lo sabes.-le recriminó Hugo.
-Vendrá el coche a recogerme.-al ver que no funcionaba murmuró-Bueno, sé ir sola a la habitación de tu hermana, no necesito que me guíes, además, Adelaida se ocupará de mi camisa.
Hugo asintió.
Y ella se encaminó hacia el pasillo y subió por las escaleras.
**
Ella se había puesto una camisa similar a la que se había manchado y se miraba al espejo mientras la plisaba con las manos cuando de repente se apagó la luz. La habitación era grande así que encontrar el interruptor de la luz se presentaba como una verdadera odisea. Pero se encaminó a ello, la luz de la luna que entraba por la ventana abierta le ayudó en su tarea . Cuando al fin alcanzó la pared unos brazos la cogieron por la cintura y le dieron la vuelta haciendo que su espalda quedase contra la pared rugosa. Ella sintió que el aire de una respiración acariciaba su cuello.
-Tienes miedo-le susurró una voz masculina al oído. Estaba atrapada y paralizada en el abrazo del mismísimo Doyle.-Julia-siseó su nombre lentamente. Y el cuerpo de ella reaccionó intentando zafarse de él, fue en vano.
-No quiero jugar a las tinieblas contigo-masculló ella empujando con fuerza. Entonces sintió en esa semioscuridad que la cara de Hugo estaba a escasos centímetros de la suya. Sintió el alargamiento de las comisuras de sus labios a modo de sonrisa aunque apenas pudiera verlo y quizás por efecto de su imaginación el brillo de sus dientes blancos, ¿Esos dientes más alargados y sobresalientes eran sus colmillos? Tembló, o era el vino o la película se estaba haciendo realidad. Estaba mareada.
Otra vez la respiración de él en su cuello. Cada vez más próxima. Sus labios rozando una zona tan sensible y deshabitada de caricias. La dureza de sus dientes presionando piel tan delicada y la marca: el beso.
**
La joven parpadeó, acto seguido se acostumbró a la luz de la estancia y abrió los ojos. Al ser consciente de donde se encontraba se irguió de forma abrupta y miró a todos lados. Al principió no vio a nadie pero después descubrió que Hugo Doyle estaba sentado en un sillón a su izquierda próximo a la cama donde ella se encontraba.
-Eres frágil-murmuró serio. Ella se sonrojó tenuemente, se había desmayado en los brazos de Hugo Doyle.
-Yo no soy la que va dando sustos a la gente-reaccionó brusca ella.
-Solamente quería darle emoción-dijo con la mirada perdida y la barbilla apoyada en el reverso de las manos entrecruzadas. Ella huyó de su misterio y evitó caer en el nuevo encantamiento de sus ojos. Observó su situación, se encontraba en la habitación de Cayetana, tendida sobre la cama. En ese momento entró Agatha con un paño mojado en alcohol. Hugo negó con la cabeza y ella se volvió a marchar.
-¿Qué hora es?-murmuró la joven preocupada mientras se enfundaba en sus zapatos sin atreverse a mirar a la cara al joven.
-Las once.
-¿Y tu hermana?-se sobresaltó la joven.
-Todavía andará por el club pero no tardará en volver.
-Debo irme antes de que regrese-entonces buscó la mirada de él para conciliar un pacto de silencio.
-No se lo diré-bufó con risa fingida-tampoco hemos hecho nada de lo que debas avergonzarte.
-Eso espero, ha sido una mala idea-musitó ella como advertencia.
-Esta claro que lo nuestro es sólo una relación diplomática-murmuró con sarcasmo Hugo.
-Empieza a resignarte-dijo ella levantándose y dirigiéndose hacia la puerta, se volvió hacia él para decir-Aprende que hay cosas que no puedes tener.
-¿Y me lo dices tú?-se preguntó él en voz alta mirándola desde el sillón-Agatha se ha encargado de tu camisa- y añadió cortante-Adiós.
Ella le dio la espalda con orgullo y cerró la puerta con fuerza.
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