Logró sobrevivir a la primera comida. No obstante, Ana sabía que aquel segundo día de clase sería, sin duda, más duro. El día anterior había elegido entre todas las mesas redondas del gran comedor una apartada, y aunque no estaba sola-dos niñas de secundaria la observaban con curiosidad como si se tratara de un nuevo espécimen-se evadió mientras daba vueltas con el tenedor a los spaguettis. Por alguna razón las palabras de David no se le quitaron de la cabeza <<no eres como ellos>> se dijo en un susurro, y Julia y sus amigas le vinieron a la mente. Durante el segundo día coincidió con Julia en todas las clases, fue un fenómeno extraño pero consiguió que Ana se afirmase la teoría de que estaba a océanos de distancia de cualquier otra chica de su edad que hubiera allí. En algunas de las clases le acompañaban sus dos fieles amigas, al darse cuenta de que tenían a Ana en la misma clase, susurraban comentarios y se reían, sin embargo, en matemáticas, castellano e inglés, Julia estaba sola y se comportaba de manera distinta. Junto a sus amigas, se reía con ellas y en numerosas ocasiones era reprendida por la profesora de filosofía:
-Señorita Julia estamos en clase-y ella, sonreía de forma inocente y murmuraba un-lo siento-que parecía convincente. Atraía la atención de todos.
Y, sin embargo, sola, lo único que se oía de ella era el deslizar de su bolígrafo tomando apuntes.
Ana se preguntaba quién era realmente Julia cuando sonó el timbre que indicaba la hora de la comida.
Como la primera vez, se armó de una bandeja, un vaso y cubiertos e hizo cola. Cogió un panecillo y una botella de agua y esperó paciente a que una cocinera con redecilla y guantes de látex pusiera un gran cucharón de lentejas sobre su plato hondo y un trozo de carne sobre el llano. En ese momento no pudo reprimir la risa, aquello le recordaba demasiado a una película americana. La cocinera la miró atónita y ella sólo pudo decir:
-Gracias-algo avergonzada.
Lo peor, fue decidir donde se sentaría aquella vez. Al fin, anduvo con timidez hacia una de las mesas centrales que estaba desierta. Sentirse ajena del resto que la rodeaba le hacía sentir un poco incómoda. Pero la situación cambió de pronto, un chico de ojos almendrados y sonrisa desacomplejada se sentó frente a ella y soltó:
-¿Eres becada no?-la pregunta pilló por sorpresa a Ana, no era algo que quisiera llevar escrito en la frente. Él lo comprendió-Oh, lo siento, a veces soy un poco directo-se sinceró.
-Sí, un poco-reconoció Ana, y escucharse en voz alta le resultó raro. Había permanecido en silencio todo el día-Soy Ana.
-Yo Javier, también soy becado-se rascó con el índice el labio inferior-es un secreto ¿vale?.- Ana se quedó estupefacta-No es bueno que lo sepan-explicó.-Pero siempre me solidarizo con los nuevos becados.
-Es bueno saberlo-Ana intentó salir de su asombro.
-Bueno ¿has conocido ya a la nobleza?-Ana no pudo.
-¿La nobleza?- en los labios de Javier se dibujó una amplia sonrisa.
-Así es como se autodesignan los populares, la gente importante e influyente que está en boca de todos y..
-Ya sé lo que es ser popular-le cortó Ana. Había sido un poco borde pero no quería que aquel chico confundiese su novedad con una ignorancia extrema.
-Bien, entonces supongo que sabrás quienes son los reyes del arcan ¿no?-la retó. Ana no podía creérselo, ¿reyes? los pijos eran un mundo aparte.
-Espera un momento-dijo con tono sarcástico Ana- ¿Me estás diciendo que aquí también se eligen los reyes de la primavera como en las pelis americanas?.
-No necesitan una corona, dominan la plebe.-Javier lo decía como si fuera lo más normal del mundo, a Ana le parecía una sarta de tonterías.-Entonces no lo sabes ¿no?-dijo Javier mientras engullía una cucharada de lentejas. Ana negó con la cabeza-Mira dos mesas más allá, justo en el centro centro del comedor-Ella obedeció-¿Qué ves?.
Alrededor de una mesa similar a la que se encontraban sentados, rostros ya conocidos por Ana sonreían y comían con elegancia. Rodeados de una aura de superioridad nacida de sus miradas petulantes se encontraban Pablo y el chico de ojos verdes, Ana ya no dudó que los dos hechos del día anterior estaban conectados, y Cayetana, Virginia y Julia. Había más gente allí, pero Ana ya no identificó a nadie más.
-¿Creídos?-respondió Ana. Javier reprimió una carcajada y murmuró:
-Y cuenta la leyenda, que en torno a la tabla redonda Arturo y su esposa Ginebra..-comenzó en tono de cuento.
-¿Quiés es Arturo y quién Ginebra?-fue al grano Ana.
-Arturo es Hugo, el chico rubio de ojos verdes-Ana reconoció a su agresor del día anterior, al parecer un rey se había metido con ella-Y Ginebra es Julia, la chica..
-Ya sé quien es Julia-se adelantó Ana. Javier la miró con curiosidad-La tengo en clase-se explicó.
-Los dos son los chicos más guapos e interesantes de este instituto. Reciben cada dos por tres cartas de admiradores y cosas así-Ana hizo una mueca y se acercó un poco más a Javier, le tendió el brazo:
-¡Pellízcame! , todo lo que dices me resulta irreal-Javier sonrío.
-Bienvenida a el arcan.
**
En el mismo lugar, en un rincón en el que tenía una gran perspectiva del comedor, la dibujante que había terminado sus lentejas, se disponía a componer una nueva melodía de trazos. Había visto aquel comedor millares de veces desde que era niña e intentaba alcanzar algún detalle nuevo, pero le era imposible. Y así, sin querer, su vista se fue dirigiendo aquella mesa central en la que para la mayoría de alumnos, se encontraban los personajes más relevantes. Su mirada se detuvo únicamente en tres rostros. Del primero apartó los ojos como si quemara, paso fugazmente por el segundo y se perdió en el tercero, un chico de ojos azules que eclipsaba cualquier influjo real que pudieran transmitirle Júlia y Hugo. Y regresó la inspiración.
viernes, 31 de agosto de 2012
jueves, 30 de agosto de 2012
Capítulo 1
Caminaban.
-¡Ya basta David!-grita Ana cortante-¿Podrías dejar de enfadarte conmigo?- David la miró de reojo y farfulló:
-Y tú podrías denegar tu beca para ese instituto de pijos.
-Es una de los institutos más prestigiosos de España y además, ser alumna me permite acceso directo a su universidad-se explicó ella, él no mudo de expresión y ella resopló.
-No eres como ellos-sentenció el chico.
Y siguieron caminando, esta vez en silencio, con el único sonido del abrir y cerrar de las puertas del autobús que había parado junto en frente. Ninguno de ellos podía sospechar que eran observados.
**
El despertador sonó aquella mañana haciendo salir a Ana de una noche sin sueños. Ese día, su vibrante runrún tenía un significado distinto. A mediados de un septiembre teñido de lluvia volvía a comenzar el curso.
Se desperezó y se levantó de la cama al tercer tañido. Sobre la silla del escritorio descansaba el impecable uniforme del colegio San Miguel del arcángel, o comúnmente llamado el arcan. Tras una rápida ducha se insertó en un polo color azul claro, a su izquierda estaba bordada la insignia del instituto, dos alas cruzadas por una espada. Mecánicamente, al polo le siguió una falda a cuadros en tonos verdosos, grises y azules cuyo bajo rozaba tímidamente el inicio de sus rodillas. Calcetines azul oscuro y zapatos negros y ya sería una más entre aquella multitud de jóvenes ricos. Sonrió al espejo, aunque su semblante pereció al observar su mochila desgastada, la beca no cubría completamente todos los gastos y ser consciente de eso, impedía a Ana exigir más a su madre.
Bajó a desayunar, allí únicamente estaba su madre, pero la esperaba con una gran sonrisa y una taza de chocolate caliente en las manos. Corrió a abrazarla.
-Está bien Ana,- la separó de sí con ternura- ¡siéntate y desayuna o perderás el bus!-sonrió.
**
El bus la dejó a dos manzanas del instituto, cosa que agradeció al ver la cola de mercedes y audis que se agolpaban frente al semáforo en rojo. Estaba muy nerviosa, había leído mucho sobre las instalaciones del edificio e incluso se sabía a rajatabla su programación educativa, sin embargo, no estaba preparada para el tipo de gente que encontraría allí, simplemente agradecía poder ir vestida como ellos. Cuando se dio el paso de los muros de hormigón blanco infranqueables, que la habían acompañado durante aquel último trayecto, a las altas rejas de hierro negro, Ana se permitió una exclamación ahogada. No era la primera vez que había visto el edificio, ya que había estado allí antes con su madre para llevar a cabo el papeleo, no obstante, era una visión a la que no se había acostumbrado todavía.
Lejos de parecer un instituto actual corriente, se asemejaba a un gran castillo de tres plantas. No tendía a la verticalidad, por tanto, se recortaba sobre el cielo de forma horizontal. Pero, pese aquel detalle, las almenas que decoraban la terraza superior, junto a los grandes ventanales, reafirmaban su aspecto de castillo. Había leído por Internet que cincuenta años atrás, un noble al morir sin descendencia, en vez de donarlo al estado para que lo habilitaran como museo, lo había entregado a uno de sus sobrinos, con el fin de que hiciera realidad su sueño de crear una escuela allí. Verdad o ficción, aquella maravilla sólo estaba al alcance de clases altas o en ocasiones contadas, de gente humilde como ella.
Entró al edificio flaqueada de docenas de estudiantes y se mezcló en entre ellos formando una gran bandera azul. Pasó por conserjería para recoger la llave de su taquilla y su horario, así como el resto de libros que necesitaría para las clases. El propio instituto ofertaba los libros necesarios. Respiró hondo y cogió únicamente los libros que necesitaría para hoy. Sin embargo, el conserje le informó al aceptar el recibo de que debía llevarse todos en aquel mismo momento. Maldijo para sus adentros y los colocó en una pila sobre sus antebrazos. Eran doce libros muy pesados. Echó una última ojeada con esfuerzo al conserje, sonreía mientras se ajustaba unas modernas gafas de pasta negra y Ana reparó que era más joven de lo que había creído. Por mucho que tuviera una bonita sonrisa, no le caía bien.
Resignada anduvo con cuidado, aquellos libros coartaban su visión y tenía que mirar por uno de los lados, para no cruzarse con nadie. Consiguió dar bastantes pasos y había alcanzado un buen ritmo cuando alguien la golpeó con el hombro al pasar e hizo que perdiera el equilibrio. Excepto los dos últimos libros, el resto voló y aterrizó en el suelo. Ana no había visto a nadie, pero al girarse, descubrió el rostro del chico que la había golpeado. Tenía el cabello dorado y unos penetrantes ojos verdes. Le sonreía con maldad. Ana desvió la vista a los libros impotente mientras él se marchaba. Se agachó para recogerlos y alguien le tendió el primero. Alzó la vista, una muchacha de cabello color caramelo y semblante impasible la miraba. Tras dedicar una breve mirada hostil a la nuca del chico que se marchaba, la chica ayudó a Ana a recoger los libros e incluso la acompañó en silencio portando algunos de ellos hasta su taquilla.
Allí, Ana dio voz a su pensamiento:
-¿Por qué?- La muchacha puso los ojos en blanco y contestó:
-Eres nueva y eso te convierte en un blanco fácil-explicó.-Pronto te acostumbrarás al funcionamiento de la exquisita jerarquía de este instituto- Ana captó un toque de desgana en sus palabras. Quiso dar las gracias o presentarse, pero el timbre la adelantó. La muchacha sonrió y murmuró-Hasta otra- en tono cordial, y se marchó antes de que los labios de Ana se abrieran.
**
Aunque se había dado prisa en coger los libros que necesitaba aquella mañana, mirar el horario y descubrir en el mapa la ubicación de su primera clase, llegó tarde. Miró sonrojada la puerta cerrada del laboratorio de química, pero sacó valor y la golpeó con el puño. A través de una pequeña ventana de cristal que se habría en la parte superior de la puerta, observó como un hombre de mediana edad se acercaba abrirle.
-Señoritaa..-comenzó dejando la frase en el aire, Ana le tendió el carnet que la identificaba-Robles-concluyó.-Hace diez minutos que se ha iniciado la clase- Ana reprimió la tentación de corregir al profesor y decirle que eran las ocho y seis pero se mordió la lengua- ¿Por qué razón no ha sido puntual?-Ana cogió aire y respondió:
-Perdone, me he entretenido en conserjería-el profesor abrió mucho los ojos y un amago de risa incrédula se dibujo en sus labios.
-Eso es imposible, el conserje Juan ha tenido que ausentarse a primera hora por cita médica-la cara de Ana era un poema <<¿cómo?>> se dijo, y en la última fila de la clase se escuchó una risa.
-Señorito Pablo, ¿le parece gracioso?- Ana siguió la trayectoria de la mirada del profesor y se enfrentó a una cara conocida. El supuesto conserje murmuró:
-En absoluto- y acto seguido, guiñó el ojo a Ana detrás de sus gafas de pasta negra.
Ella tuvo que respirar profundamente para no lanzársele encima.
**
El profesor de química hizo la vista gorda al tratarse de una novata y Ana se situó en una de las primeras filas. A química le sucedió biología, allí, su mirada se cruzó con el chico de ojos verdes que la había empujado. Quiso fulminarle pero fingió indiferencia, dicen que es lo que más duele y, además, él tampoco pareció fijarse en ella.
De este modo, las clases fueron pasando y Ana llenaba su agenda de materiales y porcentajes de puntuaciones de exámenes. Durante el recreo de media hora decidió darse una vuelta por el interior del edificio. Constaba de cuatro alas, al ala este pertenecían los estudiantes de bachillerato y la sur estaba destinada a alumnos de la E.S.O. Por otro lado, la escuela infantil y de primaria se encontraba en el lado oeste del edificio, única ala que no conectaba con el resto, y tenía sus instalaciones independientes. Finalmente, el ala norte poseía un gran auditorio, un gimnasio, salas dedicadas a artes y música, y el comedor al que asistían los integrantes de secundaria y bachiller.
Después de dos clases más, llegó la hora temida por Ana, la comida. En sus antiguos institutos solamente había asistido a clases por la mañana y no había tenido tal necesidad. Sin embargo, en San Miguel del arcángel el horario electivo finalizaba a las cinco.
Siguió el ejemplo de un trío de chicas que avanzaban delante de ella y se colocó en la cola después de coger una bandeja, un vaso y cubiertos. Mientras esperaba, sus oídos sin querer escucharon la conversación que tenía el trío de chicas:
-María, sabes que no lo voy a hacer aunque sea tu hermano.-murmuró la de en medio, la única a la que Ana no podía ver la cara. La chica rubia de su derecha hizo una mueca:
-Todas las chicas de este instituto se mueren porque solamente él las mire-argumentó.
-Pero yo no soy como todas las chicas-volvió a hablar la de en medio, segura de sí misma. La tercera se limitaba a escuchar, pero fue la primera que se giró hacia Ana con gesto curioso y con unas palmaditas en el hombro hizo que sus dos amigas la imitaran. Sin embargo, las otras dos apenas miraron de reojo y cuando descubrieron que carecía de interés la apartaron. Ana parpadeó, la chica de en medio había sido la que la había ayudado con los libros. Recordó que no le había dado las gracias y decidió acercarse a ella.
-Hola-murmuró- y Ana atisbó que no había llegado a describir con justicia su cabello, ahora que la miraba con atención, reparó en que poseía un color más ceniciento.
-Hola-murmuró la chica, sus dos amigas la observaron con sorpresa pintada en el rostro.
-Quería darte las gracias y bueno... me llamo Ana-dijo sonrojando tenuemente.
-Ah-se limitó a contestar la chica.
-Julia, ¿de qué habla?-preguntó la chica que se había mantenido en silencio desde entonces.
-Caye, ¿de verdad que no lo comprendes? Julia tiene fans que le agradecen su sola presencia-Virginia habló como si la evidencia saliera de sus labios y rompió a carcajadas junto a Cayetana. Ana se sintió un poco ofendida pero Julia no reía, en cambio, tenía una mirada inescrutable. Cuando se dieron cuenta la cola había tocado a su fin y Julia se giró seguida de sus amigas sin decir nada más. Aunque Ana, percibió las burlas.
¿De verdad había esperado hacerse una amiga el primer día? Siempre tan ingenua.
-¡Ya basta David!-grita Ana cortante-¿Podrías dejar de enfadarte conmigo?- David la miró de reojo y farfulló:
-Y tú podrías denegar tu beca para ese instituto de pijos.
-Es una de los institutos más prestigiosos de España y además, ser alumna me permite acceso directo a su universidad-se explicó ella, él no mudo de expresión y ella resopló.
-No eres como ellos-sentenció el chico.
Y siguieron caminando, esta vez en silencio, con el único sonido del abrir y cerrar de las puertas del autobús que había parado junto en frente. Ninguno de ellos podía sospechar que eran observados.
**
El despertador sonó aquella mañana haciendo salir a Ana de una noche sin sueños. Ese día, su vibrante runrún tenía un significado distinto. A mediados de un septiembre teñido de lluvia volvía a comenzar el curso.
Se desperezó y se levantó de la cama al tercer tañido. Sobre la silla del escritorio descansaba el impecable uniforme del colegio San Miguel del arcángel, o comúnmente llamado el arcan. Tras una rápida ducha se insertó en un polo color azul claro, a su izquierda estaba bordada la insignia del instituto, dos alas cruzadas por una espada. Mecánicamente, al polo le siguió una falda a cuadros en tonos verdosos, grises y azules cuyo bajo rozaba tímidamente el inicio de sus rodillas. Calcetines azul oscuro y zapatos negros y ya sería una más entre aquella multitud de jóvenes ricos. Sonrió al espejo, aunque su semblante pereció al observar su mochila desgastada, la beca no cubría completamente todos los gastos y ser consciente de eso, impedía a Ana exigir más a su madre.
Bajó a desayunar, allí únicamente estaba su madre, pero la esperaba con una gran sonrisa y una taza de chocolate caliente en las manos. Corrió a abrazarla.
-Está bien Ana,- la separó de sí con ternura- ¡siéntate y desayuna o perderás el bus!-sonrió.
**
El bus la dejó a dos manzanas del instituto, cosa que agradeció al ver la cola de mercedes y audis que se agolpaban frente al semáforo en rojo. Estaba muy nerviosa, había leído mucho sobre las instalaciones del edificio e incluso se sabía a rajatabla su programación educativa, sin embargo, no estaba preparada para el tipo de gente que encontraría allí, simplemente agradecía poder ir vestida como ellos. Cuando se dio el paso de los muros de hormigón blanco infranqueables, que la habían acompañado durante aquel último trayecto, a las altas rejas de hierro negro, Ana se permitió una exclamación ahogada. No era la primera vez que había visto el edificio, ya que había estado allí antes con su madre para llevar a cabo el papeleo, no obstante, era una visión a la que no se había acostumbrado todavía.
Lejos de parecer un instituto actual corriente, se asemejaba a un gran castillo de tres plantas. No tendía a la verticalidad, por tanto, se recortaba sobre el cielo de forma horizontal. Pero, pese aquel detalle, las almenas que decoraban la terraza superior, junto a los grandes ventanales, reafirmaban su aspecto de castillo. Había leído por Internet que cincuenta años atrás, un noble al morir sin descendencia, en vez de donarlo al estado para que lo habilitaran como museo, lo había entregado a uno de sus sobrinos, con el fin de que hiciera realidad su sueño de crear una escuela allí. Verdad o ficción, aquella maravilla sólo estaba al alcance de clases altas o en ocasiones contadas, de gente humilde como ella.
Entró al edificio flaqueada de docenas de estudiantes y se mezcló en entre ellos formando una gran bandera azul. Pasó por conserjería para recoger la llave de su taquilla y su horario, así como el resto de libros que necesitaría para las clases. El propio instituto ofertaba los libros necesarios. Respiró hondo y cogió únicamente los libros que necesitaría para hoy. Sin embargo, el conserje le informó al aceptar el recibo de que debía llevarse todos en aquel mismo momento. Maldijo para sus adentros y los colocó en una pila sobre sus antebrazos. Eran doce libros muy pesados. Echó una última ojeada con esfuerzo al conserje, sonreía mientras se ajustaba unas modernas gafas de pasta negra y Ana reparó que era más joven de lo que había creído. Por mucho que tuviera una bonita sonrisa, no le caía bien.
Resignada anduvo con cuidado, aquellos libros coartaban su visión y tenía que mirar por uno de los lados, para no cruzarse con nadie. Consiguió dar bastantes pasos y había alcanzado un buen ritmo cuando alguien la golpeó con el hombro al pasar e hizo que perdiera el equilibrio. Excepto los dos últimos libros, el resto voló y aterrizó en el suelo. Ana no había visto a nadie, pero al girarse, descubrió el rostro del chico que la había golpeado. Tenía el cabello dorado y unos penetrantes ojos verdes. Le sonreía con maldad. Ana desvió la vista a los libros impotente mientras él se marchaba. Se agachó para recogerlos y alguien le tendió el primero. Alzó la vista, una muchacha de cabello color caramelo y semblante impasible la miraba. Tras dedicar una breve mirada hostil a la nuca del chico que se marchaba, la chica ayudó a Ana a recoger los libros e incluso la acompañó en silencio portando algunos de ellos hasta su taquilla.
Allí, Ana dio voz a su pensamiento:
-¿Por qué?- La muchacha puso los ojos en blanco y contestó:
-Eres nueva y eso te convierte en un blanco fácil-explicó.-Pronto te acostumbrarás al funcionamiento de la exquisita jerarquía de este instituto- Ana captó un toque de desgana en sus palabras. Quiso dar las gracias o presentarse, pero el timbre la adelantó. La muchacha sonrió y murmuró-Hasta otra- en tono cordial, y se marchó antes de que los labios de Ana se abrieran.
**
Aunque se había dado prisa en coger los libros que necesitaba aquella mañana, mirar el horario y descubrir en el mapa la ubicación de su primera clase, llegó tarde. Miró sonrojada la puerta cerrada del laboratorio de química, pero sacó valor y la golpeó con el puño. A través de una pequeña ventana de cristal que se habría en la parte superior de la puerta, observó como un hombre de mediana edad se acercaba abrirle.
-Señoritaa..-comenzó dejando la frase en el aire, Ana le tendió el carnet que la identificaba-Robles-concluyó.-Hace diez minutos que se ha iniciado la clase- Ana reprimió la tentación de corregir al profesor y decirle que eran las ocho y seis pero se mordió la lengua- ¿Por qué razón no ha sido puntual?-Ana cogió aire y respondió:
-Perdone, me he entretenido en conserjería-el profesor abrió mucho los ojos y un amago de risa incrédula se dibujo en sus labios.
-Eso es imposible, el conserje Juan ha tenido que ausentarse a primera hora por cita médica-la cara de Ana era un poema <<¿cómo?>> se dijo, y en la última fila de la clase se escuchó una risa.
-Señorito Pablo, ¿le parece gracioso?- Ana siguió la trayectoria de la mirada del profesor y se enfrentó a una cara conocida. El supuesto conserje murmuró:
-En absoluto- y acto seguido, guiñó el ojo a Ana detrás de sus gafas de pasta negra.
Ella tuvo que respirar profundamente para no lanzársele encima.
**
El profesor de química hizo la vista gorda al tratarse de una novata y Ana se situó en una de las primeras filas. A química le sucedió biología, allí, su mirada se cruzó con el chico de ojos verdes que la había empujado. Quiso fulminarle pero fingió indiferencia, dicen que es lo que más duele y, además, él tampoco pareció fijarse en ella.
De este modo, las clases fueron pasando y Ana llenaba su agenda de materiales y porcentajes de puntuaciones de exámenes. Durante el recreo de media hora decidió darse una vuelta por el interior del edificio. Constaba de cuatro alas, al ala este pertenecían los estudiantes de bachillerato y la sur estaba destinada a alumnos de la E.S.O. Por otro lado, la escuela infantil y de primaria se encontraba en el lado oeste del edificio, única ala que no conectaba con el resto, y tenía sus instalaciones independientes. Finalmente, el ala norte poseía un gran auditorio, un gimnasio, salas dedicadas a artes y música, y el comedor al que asistían los integrantes de secundaria y bachiller.
Después de dos clases más, llegó la hora temida por Ana, la comida. En sus antiguos institutos solamente había asistido a clases por la mañana y no había tenido tal necesidad. Sin embargo, en San Miguel del arcángel el horario electivo finalizaba a las cinco.
Siguió el ejemplo de un trío de chicas que avanzaban delante de ella y se colocó en la cola después de coger una bandeja, un vaso y cubiertos. Mientras esperaba, sus oídos sin querer escucharon la conversación que tenía el trío de chicas:
-María, sabes que no lo voy a hacer aunque sea tu hermano.-murmuró la de en medio, la única a la que Ana no podía ver la cara. La chica rubia de su derecha hizo una mueca:
-Todas las chicas de este instituto se mueren porque solamente él las mire-argumentó.
-Pero yo no soy como todas las chicas-volvió a hablar la de en medio, segura de sí misma. La tercera se limitaba a escuchar, pero fue la primera que se giró hacia Ana con gesto curioso y con unas palmaditas en el hombro hizo que sus dos amigas la imitaran. Sin embargo, las otras dos apenas miraron de reojo y cuando descubrieron que carecía de interés la apartaron. Ana parpadeó, la chica de en medio había sido la que la había ayudado con los libros. Recordó que no le había dado las gracias y decidió acercarse a ella.
-Hola-murmuró- y Ana atisbó que no había llegado a describir con justicia su cabello, ahora que la miraba con atención, reparó en que poseía un color más ceniciento.
-Hola-murmuró la chica, sus dos amigas la observaron con sorpresa pintada en el rostro.
-Quería darte las gracias y bueno... me llamo Ana-dijo sonrojando tenuemente.
-Ah-se limitó a contestar la chica.
-Julia, ¿de qué habla?-preguntó la chica que se había mantenido en silencio desde entonces.
-Caye, ¿de verdad que no lo comprendes? Julia tiene fans que le agradecen su sola presencia-Virginia habló como si la evidencia saliera de sus labios y rompió a carcajadas junto a Cayetana. Ana se sintió un poco ofendida pero Julia no reía, en cambio, tenía una mirada inescrutable. Cuando se dieron cuenta la cola había tocado a su fin y Julia se giró seguida de sus amigas sin decir nada más. Aunque Ana, percibió las burlas.
¿De verdad había esperado hacerse una amiga el primer día? Siempre tan ingenua.
miércoles, 29 de agosto de 2012
Prólogo.
Suspiro. El autobús seguía su ritmo como cada tarde, recorriendo aquella gran ciudad heterogénea. En su interior, la diversidad palpitaba como un corazón sumido en un amor joven. Prevalecía la atemporalidad y todo seguía su orden natural.
Así, mientras que los ancianos permanecían sentados al inicio del transporte aferrándose con fuerza al asiento, resonaba el eco de las risas del fondo, poblado de jóvenes y adolescentes. Y al tiempo, se confundían voces, se mezclaban lenguas, banderas y colores. Todo ello, atrapado en el incesante y tosco ruido del movimiento del autobús.
En su centro se oye un nuevo suspiro. No procede de la embarazada que acaricia su vientre, ni del vendedor ambulante de raza negra que porta imitaciones de brillantes relojes de marca. Aquel tenue sonido proviene de una muchacha sentada junto a la ventana. En una de sus manos, sujeta con fuerza un bloc de dibujo y en la otra, un lápiz bien perfilado. Nadie se fija en ella, ni siquiera el hombre que se ha sentado a su lado. Ella mantiene constante su mirada perdida en el exterior, y sólo la desvía para deslizar con destreza su lápiz sobre aquel océano blanco.
No importa, no es algo inusitado. Desde sus primeros recuerdos, la mayoría de las veces ha sido así, invisible. Hoy, sin embargo, marca un nuevo comienzo al igual que inicia su cuaderno de dibujo.
El autobús se estaciona en una parada. Fuera, llama su atención una pareja. Ella tiene un bonito pelo ondulado, y mira fulminante a su acompañante mientras la dibujante intenta imitar la caída desordenada de su cabello sobre los hombros en el papel.
Él, por otro lado, se muestra hostil. Por alguna razón, la dibujante ha quedado maravillada por su mirada salvaje, perceptible incluso al otro lado del cristal. Antes de que el autobús prosiga de nuevo su marcha, la captora de imágenes repara en aquel tono chocolate de ambos cabellos. Sin duda, hacían buena pareja.
Así, mientras que los ancianos permanecían sentados al inicio del transporte aferrándose con fuerza al asiento, resonaba el eco de las risas del fondo, poblado de jóvenes y adolescentes. Y al tiempo, se confundían voces, se mezclaban lenguas, banderas y colores. Todo ello, atrapado en el incesante y tosco ruido del movimiento del autobús.
En su centro se oye un nuevo suspiro. No procede de la embarazada que acaricia su vientre, ni del vendedor ambulante de raza negra que porta imitaciones de brillantes relojes de marca. Aquel tenue sonido proviene de una muchacha sentada junto a la ventana. En una de sus manos, sujeta con fuerza un bloc de dibujo y en la otra, un lápiz bien perfilado. Nadie se fija en ella, ni siquiera el hombre que se ha sentado a su lado. Ella mantiene constante su mirada perdida en el exterior, y sólo la desvía para deslizar con destreza su lápiz sobre aquel océano blanco.
No importa, no es algo inusitado. Desde sus primeros recuerdos, la mayoría de las veces ha sido así, invisible. Hoy, sin embargo, marca un nuevo comienzo al igual que inicia su cuaderno de dibujo.
El autobús se estaciona en una parada. Fuera, llama su atención una pareja. Ella tiene un bonito pelo ondulado, y mira fulminante a su acompañante mientras la dibujante intenta imitar la caída desordenada de su cabello sobre los hombros en el papel.
Él, por otro lado, se muestra hostil. Por alguna razón, la dibujante ha quedado maravillada por su mirada salvaje, perceptible incluso al otro lado del cristal. Antes de que el autobús prosiga de nuevo su marcha, la captora de imágenes repara en aquel tono chocolate de ambos cabellos. Sin duda, hacían buena pareja.
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