miércoles, 29 de agosto de 2012

Prólogo.

Suspiro. El autobús seguía su ritmo como cada tarde, recorriendo aquella gran ciudad heterogénea. En su interior, la diversidad palpitaba como un corazón sumido en un amor joven. Prevalecía la atemporalidad y todo seguía su orden natural.

Así, mientras que los ancianos permanecían sentados al inicio del transporte aferrándose con fuerza al asiento, resonaba el eco de las risas del fondo, poblado de jóvenes y adolescentes. Y al tiempo, se confundían voces, se mezclaban lenguas, banderas y colores. Todo ello, atrapado en el incesante y tosco ruido del movimiento del autobús.

En su centro se oye un nuevo suspiro. No procede de la embarazada que acaricia su vientre, ni del vendedor ambulante de raza negra que porta imitaciones de brillantes relojes de marca. Aquel tenue sonido proviene de una muchacha sentada junto a la ventana. En una de sus manos, sujeta con fuerza un bloc de dibujo y en la otra, un lápiz bien perfilado. Nadie se fija en ella, ni siquiera el hombre que se ha sentado a su lado. Ella mantiene constante su mirada perdida en el exterior, y sólo la desvía para deslizar con destreza su lápiz sobre aquel océano blanco.

No importa, no es algo inusitado. Desde sus primeros recuerdos, la mayoría de las veces ha sido así, invisible. Hoy, sin embargo, marca un nuevo comienzo al igual que inicia su cuaderno de dibujo.

El autobús se estaciona en una parada. Fuera, llama su atención una pareja. Ella tiene un bonito pelo ondulado, y mira fulminante a su acompañante mientras la dibujante intenta imitar la caída desordenada de su cabello sobre los hombros en el papel.

Él, por otro lado, se muestra hostil. Por alguna razón, la dibujante ha quedado maravillada por su mirada salvaje, perceptible incluso al otro lado del cristal. Antes de que el autobús prosiga de nuevo su marcha, la captora de imágenes repara en aquel tono chocolate de ambos cabellos. Sin duda, hacían buena pareja.




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