viernes, 12 de julio de 2013

capítulo 8

Esa mañana Hugo entró al vestuario de chicos, cogió a Pablo del polo blanco y lo estampó contra las taquillas:
-Te has pasado-le dijo en tono amenazante. Sin  necesidad de alzar la voz Hugo conseguía imponer su autoridad y causar en ocasiones temeridad. Pablo tragó saliva y murmuró:
-Lo arreglaré con ella.-excusándose y alzando los dos brazos enseñando las palmas, como un ladrón sorprendido. Hugo lo soltó empujándolo de nuevo contra las taquillas.
-Más te vale. Estoy cansado de vuestra relación inconstante e infantil-dijo y tras una mirada de desprecio salió del vestuario.

**

Ana había aprendido a esquivar todos los obstáculos peligrosos del ancar. Había sido suficiente la humillación sufrida con Julia y deseaba pasar los años que pasará allí fuera de su influencia, desprecios y condescendencia. Sin embargo, escapar a Julia era complicado porque o se la encontraba sola mirando con indiferencia al resto de la gente o bien formando el trío de mosqueteros con sus inseparables amigas. Tal vez, el hecho de llegar nueva al colegio había roto la monotonía del lugar y por eso, alguien como ella había causado curiosidad a la nobleza y había sido tratada por ella como una intrusa, una escoria que había que eliminar del sistema. Pero tenía fe en que las cosas se normalizarán, la nobleza volviera a ocuparse de sus asuntos importantes y sus ocios en el club y la dejasen en paz. Al menos tenía la esperanza de que no la expulsarán de allí y la dejasen tranquila, pasar desapercibida. Solía compartir sus deseos con Javier, quien insistía en que ingresase en la especie de secta que se hacía llamar la sociedad artística, unos illuminati y masones que no creían en la religión de la nobleza y tenían una vena revolucionaría que les hacía desear ver rodar las cabezas de Julia y Hugo por el pasillo del arcan. 
-Quieren la cabeza de esos reyes en picas como...
-¿Cómo los Stark en Juego de Tronos?-aventuró Ana. Javier sonrío.
-Iba a decir como los indios en las pampas de Sudamérica en el siglo XIX-Ana se sorprendió-pero me vale.
Javier río:
-No tenía ni idea de que una señorita como tú viese esa serie.-Ana lo fulminó con la mirada.
-Me gusta. No todo es porno y sangre. Además, es cosa de mi hermano que me lo ha pegado-murmuró con enfado-Él siempre está leyendo los libros y me hace spoilers.
-Bueno, eso ya es un paso hacia la sociedad artística. Ellos son muy fans de las novelas históricas.
-¡Oh sí! Ellos son más de Ken Follet y yo más del señor de los anillos ¿entiendes? Ya lo hemos hablado, no tengo ninguna cualidad artística.
-Pues apúntate al taller de interpretación, te darán un papel en la obra.
-Estás loco...-lo miró insegura.-¡Pánico!.-dijo agitando las manos con nerviosismo al aire.
-¡Tonterías!-contraatacó Javier y en una sonrisa mostró sus dientes brillantes de triunfo.

**

La dibujante miraba el lienzo blanco sobre el caballete. Un reproductor de música parecía traer del más allá una melodía tierna cuyas notas al unirse parecían danzar en el aire, retumbar en la habitación. Permanecía sumida en la magia del adagio de Albinoni para violín.

Pero no estaba allí. La suavidad de la pieza había dibujado sobre el pulcro lienzo recuerdos y con ellos bailaba la joven al compás de aquel adagio dulce.

La melodía surgía pero aquella vez no de la nada sino de los dedos ágiles del violinista al que observaba tras la ventana. Los ojos del joven, de un azul profundo y brillante, no sospechaban de su profanación por los lentos trazos que la oculta observadora lanzaba sobre la hoja. De vez en cuando, el joven dejaba sus párpados caer sintiendo la música o refugiando aquella maravillosa mirada de su perpetuación eterna sobre el papel . Bajo la barbilla, su violín componía un adagio inspirando a la joven un sentimiento que describía en cada uno de los deslizamientos del carboncillo sobre aquel océano blanco y vacío que rellenaba con gestos humanos.

Él no sabría jamás de la presencia de ella tras la ventana, en el exterior, mientras ensayaba un canto dedicado a matar el silencio pero sólo ofrecido a él. Para la dibujante no era fácil capturar la expresión de los rasgos del chico al sentir el latido de una nota, sin embargo, realizaba imágenes mentales que permanecían en su cerebro lo suficiente como para traspasarlas a la hoja en blanco.

En esos momentos a ella le gustaba su condición de etérea, esa condena de ser invisible para la gente, de ser una sombra de la grandeza, la profundidad de lo superficial. Se sentía segura así, oculta porque protegida por el velo de la indiferencia de los demás podía entregarse al sueño.

No obstante, alguien la estaba obligando a despertar, torturando con pesadillas su fantasía, su eterna paz. Y ese alguien no descansaría hasta dar con ella. En su mente se materializo su dibujo siendo doblado por unas manos de largos dedos, dedos que presionaban con fuerza al plisar la hoja, dedos de aquellas manos que la atraparían. Su pensamiento pronunció un nombre:

Hugo.

Y reaccionó. De forma impulsiva su pincel realizó dos trazos veloces y opuestos que cubrieron todo el lienzo, una cruz.

**

-Te he traído el óleo-murmuró una voz al entrar, el irrumpir de esa voz hizo que la muchacha saliera de su ensimismamiento. Sus cabellos dorados, de color caramelo permanecían sujetos por un lápiz negro en un moño improvisado. Se acercó al reproductor y detuvo la música luego se giró al intruso:
-Gracias-se acercó y el joven le tendió un bote de pintura que contenía el aglutinante. Posteriormente le pasó una lista que tuvo que firmar. Era mera administración, un registro en el que como alumna solicitaba el uso de ciertos materiales para sus proyectos. El muchacho comprobó la firma, asintió con la cabeza y salió por la puerta llevándose el secreto del nombre de la dibujante, impasible para todos menos para uno.

**

-Todavía no sé que hago aquí-musitó Ana. Javier estaba a su lado con una sonrisa de oreja a oreja:
-Experimentar-Ana hizo una mueca de terror-Anda, no será tan malo. Si ves que fracasas siempre podrás tocar la flauta dulce-se burló. Ana puso cara de pocos amigos y se despidió.

La interpretación no era lo suyo, ya desde pequeña odiaba el hecho de salir a un escenario y ver a toda esa gente pendiente de ella, entre tantos ojos alguno debía fijarse en sus fallos, en su torpeza. Cuando en el colegio representaron en el fin de curso Caperucita era una de las narradoras de la historia, sólo tenía dos frases pero esos veinte segundos se convirtieron en cuarenta debido a sus tartamudeos y su facilidad de trabarse. Tenía diez años, pero desde entonces se había prometido no subirse a un escenario. Pero ahí estaba en una clase de interpretación del arcan, con auténticas ganas de salir corriendo.

Las clases ya se habían iniciado y eso aumentaba el pudor y nerviosismo de Ana. La profesora había trabajado durante veinte años en el teatro y aunque ya no era joven, de vez en cuando recurría a cojeras imprevistas o acentos cubanos para llamar la atención de sus alumnos. El colmo fue para Ana cuando conoció la palabra: Improvisación.

Un grupo de alumnos con experiencia creo una improvisación relacionada con una familia. Cada uno se metía en la piel de su personaje y utilizaba tantos recursos (voces, gestos y maneras de hablar) que Ana creyó que se encontraba frente a una serie de televisión de corte familiar y sello español.

Cuando el dedo inquisitivo de la profesora la señaló, un escalofrío peor que la presencia de un fantasma le recorrió el cuerpo. Las manos le empezaron a sudar y se coloco con otros compañeros en el centro de la sala. Ellos empezaron a murmurar cosas e ideas en el minuto que les había ofrecido la maestra y cuando ella hizo sonar su silbato se situaron para dar comienzo a una historia. Los seis personajes se encontraban en un psiquiátrico. A los tres parpadeos ya había uno tirado por el suelo y otro lanzando gritos. Otra joven parecía buscarse piojos entre los cabellos los cual desordenaba de forma feroz. La enfermera llamaba a gritos al médico porque el que se había tirado al suelo realizaba espasmos epilépticos y el médico la ayudaba a inmovilizarlo. La clave era que todos participasen y uno de los locos intentó que Ana se uniera a su locura, pero estaba bloqueada y permaneció durante toda la improvisación sin moverse, paralizada de forma total.

Cuando acabó recobró el movimiento y quiso salir de allí. No es que el teatro fuera de locos, sino que ella no sabía participar en aquella locura. Era rígida y su cuerpo no podía contagiarse de movimientos ajenos, no acostumbrados, de voces y palabras de otros. Se sentía en constante peligro ante la multitud y avasallada por aquellas personas que rebosaban talento. Era un cordero frágil y medroso en un mundo de lobos hambrientos de triunfo que cambiaban de piel como de abrigo. Ella no podía mudar de piel.

Salió de la clase sabiendo que subirse a un escenario no volvería a ser una opción. Y casi chocó con Julia. Julia detuvo la mirada en ella un segundo con curiosidad y luego la deshizo y siguió su camino.

Ana se encontraba en el ala de las artes, lo único atractivo que veía en aquel lugar era sentirse alejada de ese grupo de ricos mimados que se hacía llamar la nobleza. Sacudió la cabeza intentando evitar que malas hierbas de ideas contaminantes se plantarán en su cerebro:
-¿Qué más da?-se dijo-No merece mi atención. Y se puso a mirar los cuadros que adornaban la pared de enfrente. Con su mochila en una mano y una botella de agua de un litro en otra se quedó maravillada ante la pintura en la que había fijado sus ojos por azar. Era una especie de festividad teñida con el escenario de esos bailes de época en los que las mujeres se abanicaban con coquetería mientras esperaban que un hombre apuesto les ofreciera la mano y les pidiera un baile. El cuadro parecía dividirse en dos de forma horizontal. En la parte inferior una fila de seis parejas permanecían detenidas en una posición de baile y  la parte superior, inscrita en la profundidad de la escena, era un espejo que cubría totalmente la pared, como el de las clases de ballet y en el que con pinceladas nerviosas el artista había querido representar el movimiento real de los bailarines. La pareja del centro llamó la atención de Ana. Los rasgos no se diferenciaban con claridad pero ella creyó reconocer en ellos a Julia y Hugo. La escena pincelada de tonos pastel y dorados contrastaba con el reflejo en el espejo en el que apenas eran figuras desdibujadas y poco definidas y se dibujaba la parte oculta de la habitación. Una gran araña de cristal aparecía en el espejo, en un principio creyó que eran simples reflejos de la escena pero al prestar más atención descubrió que por alguna razón en el espejo había una sombra tras Julia, una figura, tal vez proyectada a causa de luz en las formas, un borrón oscuro.

**

Hugo Doyle realizó una nueva visita al despacho del jefe de departamento de artes plásticas.
-¿Quería algo señorito Doyle?-preguntó el profesor. Doyle lo miró a los ojos.
-Ha pasado una semana y no he tenido noticias de usted-el profesor se hizo el despistado mientras cruzaba las manos sobre la mesa.
-Recuerdo que le propuse dejarme el dibujo para identificar a su autor, pero usted se negó-recalcó. Algo parecido a la rabia se incendió tras los ojos de Hugo que respiró con tranquilidad y murmuró:
-¿ No hay otros modos? Alguien que dibuje así debe destacar en sus clases...-propuso Doyle. El jefe de departamento no picó el anzuelo del joven.
-No hay otros modos, en los talleres de arte hay alumnos muy buenos y se fomenta la creatividad y a la vez se siguen escuelas, los alumnos más aventajados incluso tienen la posibilidad de alquilar aulas y trabajar por libre teniendo todo lo que necesitan a su disposición. Los profesores no tenemos ni debemos tener un control total sobre las creaciones de los alumnos.-y añadió de forma acusadora-No todas las obras son para compartir. Existe el anonimato.-Pero la mente de Doyle ya viajaba a otros cauces sin ninguna pretensión de rendirse.
-Si hay una financiación de las artes habrá un registro riguroso ¿no?-preguntó en voz alta Doyle.
-Efectivamente, todo queda archivado y registrado, hasta el más mínimo movimiento. Yo mismo superviso todos los trámites y pedidos-defendió el jefe de departamento sin saber que no sólo estaba respondiendo a las preguntas de Doyle sino también a sus intenciones.
-Gracias-dijo Hugo mientras se levantaba-tal vez se libre de una tercera visita.-al jefe de departamento le sorprendió que Hugo se complaciera tan pronto, aunque en sus últimas palabras percibió un tono de certeza que le inquieto.

**

Pablo se ajustaba las gafas de pasta cuando vio acercarse a su amigo. Por un instante temió que se repitiera la amenaza de la mañana del día anterior pero miró a su alrededor, en medio del comedor no esperaba que el admirado y envidiado Doyle le enseñara los dientes. Le pasó una bandeja. La gente solía dejar que se sirvieran los primeros, permitiéndoles pasar como si pusieran a sus pies una alfombra roja. En cinco minutos fueron servidos y mientras se acercaban a la mesa real la conversación trivial fue transformándose a la de confidente.
-Necesito una llave-murmuró Hugo. Pablo abrió los ojos tras las gafas. Quiso preguntar la razón pero temió volver a discutir con su mejor amigo.
-¿Cuál?-se limitó a preguntar obediente.
-La del despacho del de artes-Pablo asintió y ambos se sentaron en la mesa.

**

Hugo se colaba en el despacho mientras Pablo hacía guardia fuera. No era una zona muy frecuentada pero sí lo suficiente como para echar un ojo. Pablo sonrío, por la esquina y en su dirección había aparecido una joven que hacía todo lo posible por evitar mirarlo y pasar desapercibida. Pablo olió su forma de fingir desde lejos. Cuando la joven pasó por su lado y le dio la espalda, él empezó a reirse de forma notable, demasiado notable. Ella se paró en seco, respiró profundamente y se disponía a seguir andando como si nada cuando oyó a su espalda:

-Ya me contaron tu fracaso con la interpretación-ese tono burlón sacó de quicio a Ana pero decidió aguantar todo lo que tuviera que decir y tras eso marcharse-pero viendo lo mal que finges evitarme no podía esperar más-y se río. Ana siguió andando sin dedicarle ninguna mirada.

**

Hugo había rebuscado en varios casilleros. Por suerte, el jefe de departamento no era un desorden y hacía de su vida algo metódico y no un caos. No le costó encontrar lo que buscaba, los registros del último mes.
Abrió la subcarpeta con los ojos iluminados por el triunfo, él esperaba un nombre y cuando lo leyó, huyó toda duda. Una gran sonrisa se ensanchó en sus labios.
-Te tengo-susurró.

**

Ana había tenido que mantener el control de sí misma como nunca. No era una persona violenta pero la humillación y el intento de resucitar su orgullo le hacían sentir una rabia extrema. En cualquier momento explotaría sino se hundía en una depresión. Al cruzar una nueva esquina un nuevo encuentro no deseado. Julia y sus cómplices estaban hablando. La pequeña Cayetana dejaba escapar una lágrima. Ana reparó en ello y cuando las otras se dieron cuenta la fulminaron de tal forma con la mirada que la propia Ana dudó que pudiera sobrevivir a aquellos tres disparos. Intentó buscarle el lado cómico y pensar que aquella lágrima tal vez había sido causa de una uña partida. Sin embargo, no era mala persona y compadecía a Cayetana por el "maravilloso" novio que tenía. Era toda una cenicienta en el cuento de el arcan.

**

La dibujante había decidido salir en busca de su dibujo aquel día. Iba a conseguirlo, como fuera. Lo último que tenía en su lista de cosas por hacer era convertirse en una esclava de Hugo Doyle. Antes del descanso para la comida Doyle se había olvidado la chaqueta en clase. No era común aquello pero a caballo regalado no le mires los dientes. Pensó que Doyle si le era de interés lo llevaría siempre encima y no se arriesgaría a tenerlo en su taquilla. Había visto a Doyle en el comedor y únicamente llevaba el uniforme, quizá el segundo sitio en el que miraría si fracasaba sería en los bolsillos de sus pantalones.

La clase solía cerrarse pero convenció a uno de los profesores de guardia para que la dejarán entrar a por una cosa importante que había olvidado. Rápidamente se dirigió a la chaqueta de Doyle, rebuscó y encontró un papel, lo abrió y era su dibujo. Se alegró profundamente y salió veloz de la habitación. Había sido fácil, con un jaque mate había vencido al rey. No obstante, alguien oculto en las taquillas la observó marcharse y la siguió.

La dibujante no tardó en darse cuenta de que la seguían. No quería girarse para no descubrirse pero estaba segura que aquel que le pisaba los talones era Hugo Doyle. Le invadió el pánico y quiso correr, pero aquello estaba prohibido en los pasillos. Todo seguía igual mientras se confundía con la gente haciendo uso de su poder de invisibilidad, sin embargo, algo había cambiado, había dejado de ser invisible para una persona. Pronto descubriría lo que eso significaba.

La situación cambió cuando la dibujante dejó atrás los bosques de gentes y se internó en pasillos casi desiertos. Fue entonces cuando comenzó a correr y viéndose sin escapatoria se introdujo en el vestuario de hombres del gimnasio. Hugo la siguió.

La persecución del gato al ratón estaba llegando a su fin. Pero el ratón todavía guardaba la esperanza escondido entre las hileras de taquillas, cuando vio que Doyle se disponía a meterse en las hileras de taquillas corrió hacia la puerta. Pero el movimiento de Doyle fue un paso en falso y la atrapó al vuelo.

Ella se resistió con todas sus fuerzas e intento zafarse como pudo. Pero el gato se comió al ratón y cuando ella alzó la mirada y Hugo Doyle la miró fijamente a los ojos, él dijo:

-Tú.

**

Doyle la había descubierto y pronto tendría noticias de él. En cuanto se liberó de él corrió hacia la puerta y siguió corriendo hasta el mar de gente. Todo lo que buscaba era crear una distancia contra él. Refugiarse en esa invisibilidad que le daba seguridad y le quitaba el miedo. Pero al girarse para ver si Hugo todavía la seguía empujó con su cuerpo a alguien que cayó al suelo. Cuando se volvió descubrió que la muchacha nueva la miraba con odio.
-Tú-murmuró la joven. Y la dibujante parpadeó incrédula. Era la segunda vez que era descubierta.-¡Lo has hecho aposta!-gritó Ana. De repente, la dibujante miró a su alrededor. Todo el mundo observaba la escena, no tardaría en venir un profesor.

Alguien se reía. Miró hacia una esquina y la vio, le entró la quemazón acostumbrada pero se reprimió y la miró con desprecio. Ana siguió la dirección de la mirada de la dibujante y tras abrir mucho los ojos con horror, se desmayó.

Ambas, tratadas como bufones, perdieron su fuerza ante la risa cántica y a borbotones de la reina Julia.