domingo, 30 de junio de 2013

Capítulo 7

Ana había pedaleado movida por el poder de un rayo. La rabia reprimida en sus mejillas rojas se apreciaba en el rápido movimiento de sus pies, al parecer, bien hundidos en el barro social de el arcan.

Tras una ducha caliente, en la que más de una vez se frotó ansiosa con la esponja la muñeca, se dejó caer en la cama. No era tan grande como la de Julia, y su habitación de unos humildes seis metros componía en general una clara nimiedad en comparación. Y, en cambio, Ana sabía que su hogar tenía algo que jamás se palparía en la inmensa casa de Julia: calidez, amor.

Su madre tocó a la puerta y la entreabrió.
-Soy yo-anunció con una voz enérgica y dulce.

Por el resquicio abierto el aire viajaba, y un intenso olor a chocolate impregnó la nariz de Ana.

-Chocolate caliente-murmuró. Su madre entró a la habitación con dos tazas y una sonrisa:

-Tu preferido.-y le guiñó el ojo.

**

Sus manos se rozaron al introducirlas en el bol de palomitas. Él aprovechó la oportunidad y acarició sus dedos y ella apartó la suya con una delicadeza mal disimulada.Ambos se llevaron una palomita a la boca.
Hugo todavía estaba estupefacto de como había avanzado la tarde, jamás se imaginaría viendo una película en su cine particular- una sala repleta de sillones de cuero marrón oscuro frente a una televisión de 100 pulgadas-, con Júlia. Sin embargo, había sido ella quien lo había sugerido. Así que los dos permanecían situados en el sofá más cercano a la pantalla, refugiados en una semi oscuridad que ocultaba la tensión de Hugo y la incomodidad y timidez de ella. Iluminados tan sólo por la tenue luz que emergía de la televisión.

-¿Qué te parece una película?-había murmurado ella una hora antes, dos finas arrugas se habían dibujado en su frente.
-Está bien-le había respondido él, sus ojos de sorpresa se habían producido por el simple hecho de que se trataba de Julia, siempre había pensado que los intereses de ella aspiraban a algo más que quedarse en casa y ver una película, pero aquella tarde, de nuevo, la joven realizaba uno de sus giros inesperados.-Sígueme- le ordenó él tras un suspiro y ella obedeció con un asentimiento.
La dirigió por un largo pasillo. A su espalda, ella detenía una y otra vez una mirada extasiada en cada objeto que apreciaba a un lado u a otro. Hermosas cortinas de encaje y flores bordadas, escuadras de pan de gengibre y un elegante reloj victoriano fueron los elementos decorativos que capturaron sus hermosos ojos verdes. Hugo, no reparó en ello, tal vez, de haberlo hecho, no hubiera podido seguir disimulando su incertidumbre. A Julia solían maravillarla conjuntos impecables y pasarelas de Cibeles, París o Milán. La moda del vestido era su arte amado. Y por tanto, aquellas cosas le deberían parecer anticuarios.

Toda aquella magia de evasión a otra época se disipó en cuanto ella se internó a la sala de cine, pronto la sustituyó un nuevo descubrimiento, el lateral izquierdo a la pantalla era recorrido por una amplia estanteria de tendencia horizontal. De clásicos a películas actuales se apilaban en aquella colección de cinéfilo.

-¿Te gusta el cine?-se sorprendió preguntando ella. Hugo se sonrojó, no, Hugo no podía sonrojarse.
Quizás, dejó vislumbrar un poco de esa inseguridad que Julia le hacía sentir pero se recobró al instante:
-Es de mi padre-se sinceró-aunque no tiene mucho tiempo para ver películas. Así que prácticamente todo esto es mío.

Por una vez sus miradas coincidieron y la sonrisa brillante de Hugo fue correspondida por el trazo de una sonrisa torcida en las finas facciones de ella que aquel día a Hugo le asemejaban más redondeadas.

Posteriormente había llegado la hora de decidirse. Ella se había lanzado con entusiasmo a recorrer con la yema de los dedos los títulos de los clásicos para a continuación con cierta mueca dirigirse al estante de clásicos más modernos que no incluyesen el blanco y negro. Hugo siguió su recorrido con la mirada. Los dedos de ella se paraban de vez en cuando en algún que otro título pero estaban teñidos de gran indecisión. Hugo creyó que en una de estas pausas el dedo corazón de ella se había parado en el Drácula de Coppola, en ese instante ella se llevó la uña de este dedo a la boca en un acto instintivo, en el momento en el que reparó que Hugo la observaba cambió totalmente el gesto e irguió la espalda, murmuró:
-Creo que deberíamos ver Desayuno con diamantes-añadió con rapidez a modo de explicación-es mi preferida.-El perdió la mirada en el estante, se acercó a él y cogió una película.
-¿Qué tal esta?-preguntó mostrándole la caratula de Drácula de Bram Stoker-No es mi preferida y difiere totalmente del libro, pero ¿Por qué no probar algo de oscuridad? Puede gustarte-en sus ojos se cruzó una mirada pícara irresistible, ella desvío la mirada y asintió con la cabeza.

La película no era de miedo pero él pudo utilizarla como excusa para explicarle a ella al oído las diferencias que él había observado en su comparación con la lectura del libro:

-La historia de la reencarnación es ficticia pero contribuye a hacer de Drácula un ser más humano y no una simple sombra de niebla. Le da una perspectiva interesante al mito literario del vampiro.

-Oh-murmuró ella fingiendo sorpresa.

-Pero te gustará la historia de amor-murmuró-las chicas soléis tener una atracción por lo prohibido y desconocido.-al decir esto se aproximo a ella acortando la distancia proxémica. Ella le dio la espalda y lo miró de soslayo.

-Si así piensas conquistarme creo que vas por el mal camino-reconoció ella con arrogancia. Él sonrío con picardía y sólo dijo:

-La película todavía no ha empezado.

**

Agatha interrumpió en la habitación antes de la película introduciendo a la estancia el olor de palomitas recién hechas.

-Espero que por una vez te saltes la dieta-comentó Hugo burlón. La muchacha lo fulminó con la mirada y en cuanto la mujer le ofreció la bandeja murmuró:
-Gracias-con una sonrisa amable que dejó a Hugo impertérrito.

Después de la película, Agatha entró de nuevo como si los créditos la hubieran llamado y sustituyó la bandeja de palomitas por una bandeja con panecillos con salmón y distintas variedades de embutidos de calidad. También trajo vino o ¿Era champán?.

-Esto es sólo un aperitivo. Os traeré de primer y segundo plato lo que gustéis.-dijo Agatha. La joven pronto musitó:
-No es necesario, he prometido cenar en casa y no retrasarme. Pero gracias.-Agatha asintió con la cabeza y se retiró. Hugo no había dicho nada. Así pues, ella comenzó a comer. En primer lugar se dispuso a coger un panecillo con jamón serrano pero en el último momento se arrepintió y cogió uno de salmón. Mientras Hugo le tendió un vaso y esparció en él el líquido de la botella, vino blanco. Tras ingerir el panecillo dirigió su mirada hacia el líquido dorado, hizo una mueca.

-Sé que te encanta el vino blanco- sonrío él con la mirada. Ella sonrío:
-Sí, pero sólo lo tomo en momentos especiales o en el club-y de nuevo esa arrogancia-No diría que este es un momento especial.-y le dio un pequeño sorbo.
-Siempre podemos hacerlo especial-murmuró él con la copa en los labios y la mirada fija en ella.
-Brindemos-se envalentonó ella alzando la copa-brindemos porque la verdad no has conseguido impresionarme.-bajó la copa y tragó un buen sorbo que vacío copa. Él hizo caso omiso a sus palabras y cogió la botella para llenarle de nuevo el vaso, pero calculo mal y acabó manchando la bonita camiseta blanca de ella. La cara de ella se tradujo a horror, parecía que en cualquier momento iba a saltar del asiento y a ponerse a chillar pero consiguió mantener la compostura y tras morderse los labios sonrío aparentando tranquilidad:
-Parece que el servicio no es muy eficiente que digamos-se bebió lo que había caído en la copa de un trago y se levantó-al camarero le tiembla la mano. Esto no hubiera pasado en el club.
Hugo se levantó tras ella y le cogió la mano con una sonrisa:
-Ven, no creo que Cayetana tenga inconveniente en dejarte algo mientras Agatha se encarga de tu camisa.- Y la arrastró tras él, ya en la puerta ella se soltó y dijo en alta voz:
-No-cortante-Me voy.
-Jamás saldrías a la calle así y lo sabes.-le recriminó Hugo.
-Vendrá el coche a recogerme.-al ver que no funcionaba murmuró-Bueno, sé ir sola a la habitación de tu hermana, no necesito que me guíes, además, Adelaida se ocupará de mi camisa.
Hugo asintió.
Y ella se encaminó hacia el pasillo y subió por las escaleras.

**

Ella se había puesto una camisa similar a la que se había manchado y se miraba al espejo mientras la plisaba con las manos cuando de repente se apagó la luz. La habitación era grande así que encontrar el interruptor de la luz se presentaba como una verdadera odisea. Pero se encaminó a ello, la luz de la luna que entraba por la ventana abierta le ayudó en su tarea . Cuando al fin alcanzó la pared unos brazos la cogieron por la cintura y le dieron la vuelta haciendo que su espalda quedase contra la pared rugosa. Ella sintió que el aire de una respiración acariciaba su cuello.
-Tienes miedo-le susurró una voz masculina al oído. Estaba atrapada y paralizada en el abrazo del mismísimo Doyle.-Julia-siseó su nombre lentamente. Y el cuerpo de ella reaccionó intentando zafarse de él, fue en vano.
-No quiero jugar a las tinieblas contigo-masculló ella empujando con fuerza. Entonces sintió en esa semioscuridad que la cara de Hugo estaba a escasos centímetros de la suya. Sintió el alargamiento de las comisuras de sus labios a modo de sonrisa aunque apenas pudiera verlo y quizás por efecto de su imaginación el brillo de sus dientes blancos, ¿Esos dientes más alargados y sobresalientes eran sus colmillos? Tembló, o era el vino o la película se estaba haciendo realidad. Estaba mareada.
Otra vez la respiración de él en su cuello. Cada vez más próxima. Sus labios rozando una zona tan sensible y deshabitada de caricias. La dureza de sus dientes presionando piel tan delicada y la marca: el beso.

**

La joven parpadeó, acto seguido se acostumbró a la luz de la estancia y abrió los ojos. Al ser consciente de donde se encontraba se irguió de forma abrupta y miró a todos lados. Al principió no vio a nadie pero después descubrió que Hugo Doyle estaba sentado en un sillón a su izquierda próximo a  la cama donde ella se encontraba.
-Eres frágil-murmuró serio. Ella se sonrojó tenuemente, se había desmayado en los brazos de Hugo Doyle.
-Yo no soy la que va dando sustos a la gente-reaccionó brusca ella.
-Solamente quería darle emoción-dijo con la mirada perdida y la barbilla apoyada en el reverso de las manos entrecruzadas. Ella huyó de su misterio y evitó caer en el nuevo encantamiento de sus ojos. Observó su situación, se encontraba en la habitación de Cayetana, tendida sobre la cama. En ese momento entró Agatha con un paño mojado en alcohol. Hugo negó con la cabeza y ella se volvió a marchar.
-¿Qué hora es?-murmuró la joven preocupada mientras se enfundaba en sus zapatos sin atreverse a mirar a la cara al joven.
-Las once.
-¿Y tu hermana?-se sobresaltó la joven.
-Todavía andará por el club pero no tardará en volver.
-Debo irme antes de que regrese-entonces buscó la mirada de él para conciliar un pacto de silencio.
-No se lo diré-bufó con risa fingida-tampoco hemos hecho nada de lo que debas avergonzarte.
-Eso espero, ha sido una mala idea-musitó ella como advertencia.
-Esta claro que lo nuestro es sólo una relación diplomática-murmuró con sarcasmo Hugo.
-Empieza a resignarte-dijo ella levantándose y dirigiéndose hacia la puerta, se volvió hacia él para decir-Aprende que hay cosas que no puedes tener.
-¿Y me lo dices tú?-se preguntó él en voz alta mirándola desde el sillón-Agatha se ha encargado de tu camisa- y añadió cortante-Adiós.
Ella le dio la espalda con orgullo y cerró la puerta con fuerza.