miércoles, 14 de agosto de 2013

Capítulo 9

Cuando Ana despertó quiso volver a cerrar los ojos. Julia estaba sentada en el asiento cercano a la cama. Parpadeó, <<¿Estaba soñando?>>, un pellizco rápido en su antebrazo seguido de su propia mueca le señaló la respuesta acertada, ya había despertado. Con disgusto apartó la vista de aquellas perfectas facciones que odiaba y se dispuso a captar una visión panorámica del lugar, el cortinaje blanco e inmaculado así como la mesilla a su derecha le indujo a pensar que se encontraba en la enfermería de el arcan. Conocer el lugar le había dado más seguridad en sí misma, así pues, ofreció la voz sonora a sus pensamientos:

-¿Qué haces aquí?-recriminó a la joven rubia. Ella hizo una mueca de decepción y Javier avanzó hacia la cama y murmuró con urgencia:
-¿No lo recuerdas?-Ana dedicó a su amigo una mirada incrédula pero sólo duró un segundo, las piedras de la realidad cayeron de golpe a su espalda. Abrió mucho los ojos. ¿Era cierto lo que recordaba o se había vuelto una demente?. Se incorporó en la cama e hizo memoria.
-Estaba caminando... y-pronunció en voz alta, a continuación fulminó con la mirada a la joven rubia y masticó con desprecio:-ella me empujó y entonces se río...-la mirada de Ana se cubrió de extrañeza.-pero me giré y estaba junto a la ventana..., no, estaba frente a mí...-se contradecía acompañada de movimientos de cabeza, finalmente llegó a una conclusión-se burlaba de mí.

Se oyó un suspiro.

-Será mejor que me vaya-decidió la muchacha que hasta entonces había permanecido sentada. Javier desvió la mirada de Ana apenas un segundo para escuchar las palabras de la joven-Dile que en cuanto se encuentre mejor tiene que ir al despacho de la directora.-Javier asintió y en cuanto su compañera en la espera salió por la puerta, miró con decepción a Ana:

-Me encanta tu forma de hacer amigas-murmuró.
-¿Qué quieres decir?-casi exclamó Ana.-¿Desde cuándo Julia es mi amiga?.
-No lo entiendes, ¿verdad?-Javier sintonizó una carcajada. Ana negó con la cabeza, sus ojos delataban confusión.
-¿Ha sido una pesadilla?-parecía insegura, aferró con fuerza la sábana-Dos...¿do-s Ju-li-as?-tartamudeó pero su rabia por Julia le hizo recobrar la fuerza-¿Qué clase de juego es este?.
-Tranquila.-susurró Javier.
-¿Tranquila?-los ojos de Ana parecían fuera de sí-¿Me estoy volviendo loca?-se llevó las manos a la cabeza.

Javier que había parado de reír dibujaba en sus labios una sonrisa amable y deshizo la postura de alarma que había adquirido su amiga. Señalando con la barbilla hacia la puerta, como invocando a quien minutos antes les había dejado, añadió-Se llama Carla.

-¿Esto es una broma?-Ana se empeñaba en buscar la cámara oculta. Tal vez toda su vida en el arcan había sido eso, simplemente un engaño.
-No Ana, existe una explicación lógica. La chica que acaba de salir por la puerta se llama Carla Escribano.-Ana se quedó muda. Su mente tras el shock comenzó a activarse de nuevo, los engranajes de ese reloj llamado cerebro iniciaron su ordinario movimiento y entonces una posibilidad cruzó cual estrella fugaz los pensamientos de Ana.

-¿Por qué no me lo dijiste?-Ana se sentía ridícula, abochornada.

-Ella quería permanecer en el anonimato, ya es demasiado duro para ella tener la misma cara que Julia para que constantemente se lo estén recordando ¿Sabes lo incómodo que debe ser que te comparen continuamente con alguien?-Javier frunció los labios-la gente había dejado de pensar en eso, no la molestaban y se habían acostumbrado a ello, pero entonces tú la has hecho salir otra vez a la luz. Le va a costar volver a la oscuridad y la tranquilidad. Dudo que te lo perdo...

La enfermera vino y su interrupción acabó con la conversación.

-Javier deja que la señorita se reponga.-le reprimió al muchacho con cariño. Javier asintió y se dirigió por última vez a Ana:
-Te espera la directora Ossorio, ordena tus ideas y no la hagas esperar.-y se marchó.

Poco a poco Ana iba asimilando los hechos, aunque había mucho que debía rememorar para ello. Era consciente de que aquel descubrimiento ponía aquel mundo llamado Arcan del revés.

**

De camino al despacho de la directora, Ana reflexionó sobre su posición actual. Todo lo que se había propuesto en aquel colegio era pasar desapercibida y, sin embargo, sus propios nervios la habían traicionado. La beca que le había llevado hasta allí era fruto de su esfuerzo y constancia, siempre había mantenido la calma y nunca había sido de esas chicas que con actitud gamberra vacilan a los profesores o a sus propios compañeros. Siempre fue de las calladas que atienden en clase y de las que únicamente hablan tras levantar la mano para satisfacer sus inquietudes. No obstante, desde que había entrado a el arcan, ese ambiente tóxico de olor a dinero perfumado con soberbia la estaba contaminando. Estaba sacando sus peores partes, y su alma tranquila se rebelaba haciendo despertar sentimientos como el odio y la rabia. Podría haber callado a cada palabra o mirada de desprecio pero ya no era una niña, ya no podía soportarlo, de todas sus vivencias anteriores, de todos los acosos pasados, había aprendido que no debía dejarse hundir por nadie y que aquellos que con la mirada pretenden comerte tienen como todo hombre sus propias inseguridades. Ella no era peor que aquellos que elegantemente alzaban la cabeza creyendo que su alrededor estaba plagado de hormigas. Es más, la razón por la que ella estaba allí no era económica, era el sudor y la aspiración de superación la que le había llevado hasta allí y la que la alejaba de todos aquellos que no habían logrado nada en su vida por ellos mismos. Así pues, abrió la puerta con determinación y un nuevo paraje de el arcan se abrió ante ella.

La directora Ossorio la esperaba con los brazos cruzados sobre una gran mesa escritorio de roble oscuro. Sobre ella, Ana perdió la mirada en un cuadro de corte antiguo, como esos cuadros que aparecen en los museos y componen el retrato de un personaje importante, un hombre le sonreía desde él. El hombre se encontraba sentado con las manos sobre el regazo y la mirada perdida, mirando más allá. Ana no podía imaginarse la visión del hombre pero sí podía atisbar en ese dibujo de sus labios cuanto le complacía. Hubo algo en sus facciones cuadradas que le pareció familiar pero al parpadear de nuevo esa ilusión se diluyó. Volvió a la realidad.
-¿Piensa quedarse ahí todo el día?-preguntó la directora. Ana salió de su ensimismamiento, soltó el pomo, cerró la puerta y avanzó hacia el escritorio-Tome asiento señorita Robles-pero más que una orden Ana denotó un halo de amabilidad. Se sentó en el asiento que no estaba ocupado y que la había esperado durante largo tiempo, a su izquierda observó el perfil de las facciones de Julia pero una mirada de soslayo fue suficiente y devolvió de nuevo la vista a la directora.

La directora Ossorio no debía sobrepasar los cuarenta y cinco años, al menos en cuanto apariencia. La vejez se había manifestado en las pequeñas arrugas que conservaba en la frente pero que no tenían ocupación en otro lugar de su rostro. Era morena, con el cabello recogido en un moño perfecto, y bajo un traje de chaqueta y falda larga de tubo azul oscuro se advertía una figura delgada pero no frágil, robusta, símbolo de una mujer que ha sido madre. Pero de aquella mujer, fueron sus grandes ojos azules los que más inquietaron a Ana.

Ana se sintió pequeña y descubrió como su voluntad férrea decaía. La directora comenzó a hablar.

-Señorita Robles, se me ha informado de que usted ha tenido un comportamiento inadmisible en la escuela. La versión oficial señala que ha mantenido una disputa física con su compañera, aquí presente. He oído incluso que usted ha querido agredirle. Como sabe este no es colegio para gente problemática y no vamos a consentir que alguien nuevo y externo hasta ahora al colegio dañe a una de sus alumnas más veteranas y excepcionales. ¿Debo creer lo que dicen y expulsarla del colegio? ¿Debo anularle la beca? ¿O  quizá permitirle seguir aquí tras el pago de una multa?- Ana se estremeció, la directora Ossorio la escudriñaba con sus ojos de lince parecía esperar una reacción en Ana, pero de forma contraria a sus propósitos a la señorita Robles le comió la lengua el gato, así pues prosiguió.-Se me ha informado que ha tenido un comportamiento cruel con otros alumnos, han señalado la vulgaridad y las amenazas como parte de su actitud, y se la ha calificado como irascible y neurótica. ¿Está de acuerdo?-inquirió de nuevo a la alumna.

Ana había bajado los ojos ante la intimidación de aquella mirada azul. Se sentía hundida, intentó evocar toda la rabia que había contenido desde su primer día en el arcan, levantarse del asiento y soltarle a aquella mujer la verdad sobre la clase de personas malvadas y sin corazón que estaban educando, reconocerle que ella podría ser pobre pero tenía más corazón y valor que aquellos que maldecían en su nombre. Simplemente, abrirle los ojos aquella mujer o buscando una mayor precisión, la mente.
Pero esa rabia había desaparecido, en su lugar había quedado ese sentimiento detestable que no debería existir, la impotencia.
Ana permaneció muda.

-¿No tiene nada que decir? ¿Piensa defenderse con el silencio?-La directora insistía. Ana pensó en las noches en vela estudiando para sacar una beca, pensó en la cara de alegría de su madre cuando se la concedieron y una imagen fugaz pero destructiva le rompió el corazón: la decepción de su madre cuando descubriera que su hija, su buena hija, aquella de la que estaba tan orgullosa, había echado a perder sus estudios de una forma deplorable. Sacó voluntad para hablar:
-No es verdad.-todavía no tenía valor para mirar a aquella mujer directamente a los ojos.
-¿Cómo dice?-se hizo de rogar la directora. Ana pronunció con más fuerza:
-No es verdad.
La directora sonrío complacida.
-Lo sé-murmuró-La señorita Escribano me lo ha explicado todo.
Entonces Ana dirigió una mirada aquellas facciones algo más redondeadas que las de Julia.
-Se sorprenderá pero la iniciativa de becar a alumnos sin recursos es enriquecedora para ambas partes. El colegio da oportunidades a personas dotadas de inteligencia y esas personas ofrecen al colegio interés por aprender y humildad. Humildad un sentimiento que se olvida en las esferas más altas del orgullo. Lo último que deseo es que se sienta incómoda en este colegio. Deseo hacer de este proyecto algo más grande y crear un mayor número de becas en el futuro. Usted es uno de los conejillos de indias, de los primerizos e implantándose en un curso de adolescentes es normal que sufra dificultades de adaptación. Este año hemos iniciado este proyecto y me quiero asegurar personalmente de que funcione. ¿Ha tenido problemas?-su ojos inquisitivos hicieron bajar nuevamente la mirada a Ana. No podía confesar la verdad, no deseaba ser una "chivata" pero algo le importaba mucho más, sabía que si declaraba la guerra a la nobleza su expulsión sería definitiva, sería el final aunque aquella buena mujer supusiera un gran obstáculo, no sólo lo sabía, lo sentía. Ana era inteligente, detrás de la directoria Ossorio debía haber una corte de consejeros cuya opinión podía no ser tan tolerante. Y si se habían inventado aquellos rumores no deseaba saber las barbaridades de las que podrían acusarle.

-No-mintió Ana-Por ahora el único problema ha sido este.
-No te preocupes, la señorita Escribano ha asumido toda la culpa.-dijo señalando con la cabeza a la joven rubia que les acompañaba. -Pueden marcharse y si vuelven a tener problemas no duden en pasarse por el despacho.-levantó un fajó considerable de folios ordenándolos sobre la mesa y ambas alumnas se levantaron para marcharse.

**

Ana cerró la puerta a sus espaldas y antes de que su compañera pudiera alejarse alzó la voz:
-Espera.-La joven se giró y la observó con curiosidad. Ana avanzó hasta ponerse a su altura, ambas prosiguieron el camino:
-Gracias.
-¿Por qué?-respondió la joven.
-Porque no has hecho nada por perjudicarme.-la muchacha rubia comprendió que aquella gratitud era sincera y no pudo evitar sonreír.-Sé que he sido brusca contigo...-continúo Ana-Pero has demostrado que no eres la persona que creía que eras.-Nunca aquellas palabras habían tenido un sentido tan literal.
-Soy Carla-murmuró la joven rubia y tras ello se dispuso a marcharse por un corredor que se abría a la derecha.-Hasta otra.-Ana correspondió a la despedida con un gesto de cabeza.

**

Ana intentaba encajar la presencia de Carla en sus recuerdos cuando tropezó con una escena romántica, no pudo evitar pararse en seco.

Pablo cogía la mano de Cayetana entre las suyas y le pedía perdón. Ana parpadeó, conocía el romance entre ambos, era demasiado evidente cuando Pablo utilizaba el descanso entre clase y clase no para sacar los libros de la taquilla sino para estampar contra una de ellas a su querida Cayetana y dedicarle cada respiración.

-Cayetana fue sin pensar.. olvídalo-le pedía mientras ascendía una de sus manos a modo de caricia partiendo de su hombro para asentarse en su mejilla. Ana no creía en sus caricias porque se negaba a aceptar que alguien tan cruel pudiera tener sentimientos. Pero Cayetana parecía débil ante esos ojos azules que le observaban a través de unas gafas de pasta negra y que prometían, prometían lo imposible.

Pablo desvió la mirada unos segundos de su amante y rápidamente Ana empleo medio segundo para esconderse detrás de unas taquillas próximas rezando por no ser descubierta. Respiró profundamente cuando reparó en que su gran "amigo" volvía a las andadas.

-Me dejaste...-susurró Cayetana apunto de romper a llorar-dijiste que estabas cansado...
-Me equivoqué-murmuró Pablo-No supe lo que era tenerte hasta que te perdí.-la carencia de profundidad de sus palabras disfrazada por un tono seductor no pasó desapercibido para Ana que puso los ojos en blanco, no obstante, derritió a Cayetana que acto seguido se dejó conquistar con un beso. Esa evasión de ambos suponía para Ana la ocasión perfecta para pasar sin ser vista. Sin embargo, alguien irrumpió en la escena.

-¡Cayetana!-exclamó el nuevo personaje que entró a escena. A Ana se le despertó el fuego de la rabia al oír aquella voz, se asomó a través de las taquillas y descubrió la figura y facciones perfectas de Julia.
Cayetana detuvo el beso y se giró a su amiga.
Julia se serenó y le habló con ternura:-Tu hermano te busca, está en la primera planta cerca de la secretaría.-Cayetana asintió y se marchó dirigiendo una última mirada anhelante a Pablo.

-Pablo-murmuró con desprecio Julia en cuanto se fue su amiga.
-¿Qué quieres Julia?-le desafío él.
-Eres un miserable-golpeó las palabras al rostro del joven.-El viernes estuve toda la tarde con ella en el club, ¿Cómo se te ocurre dejarla? Con excusas baratas y absurdas.
-Las cosas cambian-se defendió él.-Necesito aire.
-Pero la única persona que sufre es ella. Sois una pareja épica para el arcan y por eso los chicos no se acercan a ella. Pero no dudes que si vuelves a hacerle daño, otro chico aparecerá y será demasiado tarde para ti. -sentenció. Y dicho esto Julia le dio la espalda y siguió los pasos de su mejor amiga.

Ana decidió que no deseaba esperar más y cuando por el rabillo del ojo comprobó que Julia estaba lejos entró en escena. No dudaba de cual sería su papel, el de clown, el de bufón de esa corte absurda que se hacía llamar nobleza.

Y así fue, Pablo lanzó la flecha en cuanto el ave formó parte de su campo de visión.
-Contigo quería hablar-murmuró aproximándose a Ana. Ella puso cara de pocos amigos y el la estampó contra una taquilla, <<Qué manía tiene este chico de estampar contra una taquilla a las chicas>> pensó. El ave había quedado enjaulada en la prisión del cazador.
-¿Qué quieres?-preguntó Ana mirando a Pablo a los ojos. Se ruborizó sin querer y por un minuto entendió el hechizo que dominaba a Cayetana, eran unos ojos como el mar, unos ojos para perderse.
-¿Qué le has dicho a mi madre?-aquel descubrimiento rompió el encantamiento.
-¿A tu madre? ¿La directora Ossorio es tu madre?-El lanzó una carcajada pero más que agradable fue salvaje.
-Se nota que no tienes ni idea de las normas de este colegio-apuntó con desprecio.
-Si dejarás de comportarte como un matón no tendría que contarle nada sobre ti-soltó Ana de forma impulsiva. A él le hizo gracia y la liberó, no obstante, Ana siguió con la espalda pegada a la dura y fría taquilla.
-Muerdes ¿eh?-bromeó Pablo. Ana pensó por un instante que no era tan desagradable, igual podría llegar a algún acuerdo con él a base de raciocinio.-¿Qué le has dicho?
-Nada-respondió Ana. Pablo le miró a los ojos, la creyó y se marchó y Ana siguió largo rato pegada a la taquilla de la que se separó con esfuerzo.

**

Otro día comenzaba en el arcan, la dibujante estaba concentrada en realizar complicadas circunferencias dictadas por Nadia cuando un avión que hacia cinco segundos que había salido de un aeropuerto dorado aterrizó encima de sus circunferencias. Se sobresaltó, pero nadie pareció notarlo. Cuando abrió el avión de papel y miró el reverso se quedo petrificada como si los ojos del joven dibujado frente a ella tuviesen el poder de hipnotizarla. Ella sabía que esos ojos eran azules pero eran oscuros y mucho más profundos que los de Pablo. El retrato era el busto de un joven, las facciones de un violinista. Sin embargo, no era un dibujo original sino una fotocopia, la dibujante puso mala cara y miró hacia atrás, alguien la esperaba con una deslumbrante sonrisa. Disparó con la mirada a Hugo. El día anterior por primera vez en mucho tiempo se habían vuelto a mirar a los ojos, ella lo hubiera dado todo por ser invisible de nuevo para él. Devolvió su mirada al dibujo y descubrió un apunte a pie de página: "4 h en los vestuarios de ayer."
Empezaban tiempos turbios para la dibujante.






viernes, 12 de julio de 2013

capítulo 8

Esa mañana Hugo entró al vestuario de chicos, cogió a Pablo del polo blanco y lo estampó contra las taquillas:
-Te has pasado-le dijo en tono amenazante. Sin  necesidad de alzar la voz Hugo conseguía imponer su autoridad y causar en ocasiones temeridad. Pablo tragó saliva y murmuró:
-Lo arreglaré con ella.-excusándose y alzando los dos brazos enseñando las palmas, como un ladrón sorprendido. Hugo lo soltó empujándolo de nuevo contra las taquillas.
-Más te vale. Estoy cansado de vuestra relación inconstante e infantil-dijo y tras una mirada de desprecio salió del vestuario.

**

Ana había aprendido a esquivar todos los obstáculos peligrosos del ancar. Había sido suficiente la humillación sufrida con Julia y deseaba pasar los años que pasará allí fuera de su influencia, desprecios y condescendencia. Sin embargo, escapar a Julia era complicado porque o se la encontraba sola mirando con indiferencia al resto de la gente o bien formando el trío de mosqueteros con sus inseparables amigas. Tal vez, el hecho de llegar nueva al colegio había roto la monotonía del lugar y por eso, alguien como ella había causado curiosidad a la nobleza y había sido tratada por ella como una intrusa, una escoria que había que eliminar del sistema. Pero tenía fe en que las cosas se normalizarán, la nobleza volviera a ocuparse de sus asuntos importantes y sus ocios en el club y la dejasen en paz. Al menos tenía la esperanza de que no la expulsarán de allí y la dejasen tranquila, pasar desapercibida. Solía compartir sus deseos con Javier, quien insistía en que ingresase en la especie de secta que se hacía llamar la sociedad artística, unos illuminati y masones que no creían en la religión de la nobleza y tenían una vena revolucionaría que les hacía desear ver rodar las cabezas de Julia y Hugo por el pasillo del arcan. 
-Quieren la cabeza de esos reyes en picas como...
-¿Cómo los Stark en Juego de Tronos?-aventuró Ana. Javier sonrío.
-Iba a decir como los indios en las pampas de Sudamérica en el siglo XIX-Ana se sorprendió-pero me vale.
Javier río:
-No tenía ni idea de que una señorita como tú viese esa serie.-Ana lo fulminó con la mirada.
-Me gusta. No todo es porno y sangre. Además, es cosa de mi hermano que me lo ha pegado-murmuró con enfado-Él siempre está leyendo los libros y me hace spoilers.
-Bueno, eso ya es un paso hacia la sociedad artística. Ellos son muy fans de las novelas históricas.
-¡Oh sí! Ellos son más de Ken Follet y yo más del señor de los anillos ¿entiendes? Ya lo hemos hablado, no tengo ninguna cualidad artística.
-Pues apúntate al taller de interpretación, te darán un papel en la obra.
-Estás loco...-lo miró insegura.-¡Pánico!.-dijo agitando las manos con nerviosismo al aire.
-¡Tonterías!-contraatacó Javier y en una sonrisa mostró sus dientes brillantes de triunfo.

**

La dibujante miraba el lienzo blanco sobre el caballete. Un reproductor de música parecía traer del más allá una melodía tierna cuyas notas al unirse parecían danzar en el aire, retumbar en la habitación. Permanecía sumida en la magia del adagio de Albinoni para violín.

Pero no estaba allí. La suavidad de la pieza había dibujado sobre el pulcro lienzo recuerdos y con ellos bailaba la joven al compás de aquel adagio dulce.

La melodía surgía pero aquella vez no de la nada sino de los dedos ágiles del violinista al que observaba tras la ventana. Los ojos del joven, de un azul profundo y brillante, no sospechaban de su profanación por los lentos trazos que la oculta observadora lanzaba sobre la hoja. De vez en cuando, el joven dejaba sus párpados caer sintiendo la música o refugiando aquella maravillosa mirada de su perpetuación eterna sobre el papel . Bajo la barbilla, su violín componía un adagio inspirando a la joven un sentimiento que describía en cada uno de los deslizamientos del carboncillo sobre aquel océano blanco y vacío que rellenaba con gestos humanos.

Él no sabría jamás de la presencia de ella tras la ventana, en el exterior, mientras ensayaba un canto dedicado a matar el silencio pero sólo ofrecido a él. Para la dibujante no era fácil capturar la expresión de los rasgos del chico al sentir el latido de una nota, sin embargo, realizaba imágenes mentales que permanecían en su cerebro lo suficiente como para traspasarlas a la hoja en blanco.

En esos momentos a ella le gustaba su condición de etérea, esa condena de ser invisible para la gente, de ser una sombra de la grandeza, la profundidad de lo superficial. Se sentía segura así, oculta porque protegida por el velo de la indiferencia de los demás podía entregarse al sueño.

No obstante, alguien la estaba obligando a despertar, torturando con pesadillas su fantasía, su eterna paz. Y ese alguien no descansaría hasta dar con ella. En su mente se materializo su dibujo siendo doblado por unas manos de largos dedos, dedos que presionaban con fuerza al plisar la hoja, dedos de aquellas manos que la atraparían. Su pensamiento pronunció un nombre:

Hugo.

Y reaccionó. De forma impulsiva su pincel realizó dos trazos veloces y opuestos que cubrieron todo el lienzo, una cruz.

**

-Te he traído el óleo-murmuró una voz al entrar, el irrumpir de esa voz hizo que la muchacha saliera de su ensimismamiento. Sus cabellos dorados, de color caramelo permanecían sujetos por un lápiz negro en un moño improvisado. Se acercó al reproductor y detuvo la música luego se giró al intruso:
-Gracias-se acercó y el joven le tendió un bote de pintura que contenía el aglutinante. Posteriormente le pasó una lista que tuvo que firmar. Era mera administración, un registro en el que como alumna solicitaba el uso de ciertos materiales para sus proyectos. El muchacho comprobó la firma, asintió con la cabeza y salió por la puerta llevándose el secreto del nombre de la dibujante, impasible para todos menos para uno.

**

-Todavía no sé que hago aquí-musitó Ana. Javier estaba a su lado con una sonrisa de oreja a oreja:
-Experimentar-Ana hizo una mueca de terror-Anda, no será tan malo. Si ves que fracasas siempre podrás tocar la flauta dulce-se burló. Ana puso cara de pocos amigos y se despidió.

La interpretación no era lo suyo, ya desde pequeña odiaba el hecho de salir a un escenario y ver a toda esa gente pendiente de ella, entre tantos ojos alguno debía fijarse en sus fallos, en su torpeza. Cuando en el colegio representaron en el fin de curso Caperucita era una de las narradoras de la historia, sólo tenía dos frases pero esos veinte segundos se convirtieron en cuarenta debido a sus tartamudeos y su facilidad de trabarse. Tenía diez años, pero desde entonces se había prometido no subirse a un escenario. Pero ahí estaba en una clase de interpretación del arcan, con auténticas ganas de salir corriendo.

Las clases ya se habían iniciado y eso aumentaba el pudor y nerviosismo de Ana. La profesora había trabajado durante veinte años en el teatro y aunque ya no era joven, de vez en cuando recurría a cojeras imprevistas o acentos cubanos para llamar la atención de sus alumnos. El colmo fue para Ana cuando conoció la palabra: Improvisación.

Un grupo de alumnos con experiencia creo una improvisación relacionada con una familia. Cada uno se metía en la piel de su personaje y utilizaba tantos recursos (voces, gestos y maneras de hablar) que Ana creyó que se encontraba frente a una serie de televisión de corte familiar y sello español.

Cuando el dedo inquisitivo de la profesora la señaló, un escalofrío peor que la presencia de un fantasma le recorrió el cuerpo. Las manos le empezaron a sudar y se coloco con otros compañeros en el centro de la sala. Ellos empezaron a murmurar cosas e ideas en el minuto que les había ofrecido la maestra y cuando ella hizo sonar su silbato se situaron para dar comienzo a una historia. Los seis personajes se encontraban en un psiquiátrico. A los tres parpadeos ya había uno tirado por el suelo y otro lanzando gritos. Otra joven parecía buscarse piojos entre los cabellos los cual desordenaba de forma feroz. La enfermera llamaba a gritos al médico porque el que se había tirado al suelo realizaba espasmos epilépticos y el médico la ayudaba a inmovilizarlo. La clave era que todos participasen y uno de los locos intentó que Ana se uniera a su locura, pero estaba bloqueada y permaneció durante toda la improvisación sin moverse, paralizada de forma total.

Cuando acabó recobró el movimiento y quiso salir de allí. No es que el teatro fuera de locos, sino que ella no sabía participar en aquella locura. Era rígida y su cuerpo no podía contagiarse de movimientos ajenos, no acostumbrados, de voces y palabras de otros. Se sentía en constante peligro ante la multitud y avasallada por aquellas personas que rebosaban talento. Era un cordero frágil y medroso en un mundo de lobos hambrientos de triunfo que cambiaban de piel como de abrigo. Ella no podía mudar de piel.

Salió de la clase sabiendo que subirse a un escenario no volvería a ser una opción. Y casi chocó con Julia. Julia detuvo la mirada en ella un segundo con curiosidad y luego la deshizo y siguió su camino.

Ana se encontraba en el ala de las artes, lo único atractivo que veía en aquel lugar era sentirse alejada de ese grupo de ricos mimados que se hacía llamar la nobleza. Sacudió la cabeza intentando evitar que malas hierbas de ideas contaminantes se plantarán en su cerebro:
-¿Qué más da?-se dijo-No merece mi atención. Y se puso a mirar los cuadros que adornaban la pared de enfrente. Con su mochila en una mano y una botella de agua de un litro en otra se quedó maravillada ante la pintura en la que había fijado sus ojos por azar. Era una especie de festividad teñida con el escenario de esos bailes de época en los que las mujeres se abanicaban con coquetería mientras esperaban que un hombre apuesto les ofreciera la mano y les pidiera un baile. El cuadro parecía dividirse en dos de forma horizontal. En la parte inferior una fila de seis parejas permanecían detenidas en una posición de baile y  la parte superior, inscrita en la profundidad de la escena, era un espejo que cubría totalmente la pared, como el de las clases de ballet y en el que con pinceladas nerviosas el artista había querido representar el movimiento real de los bailarines. La pareja del centro llamó la atención de Ana. Los rasgos no se diferenciaban con claridad pero ella creyó reconocer en ellos a Julia y Hugo. La escena pincelada de tonos pastel y dorados contrastaba con el reflejo en el espejo en el que apenas eran figuras desdibujadas y poco definidas y se dibujaba la parte oculta de la habitación. Una gran araña de cristal aparecía en el espejo, en un principio creyó que eran simples reflejos de la escena pero al prestar más atención descubrió que por alguna razón en el espejo había una sombra tras Julia, una figura, tal vez proyectada a causa de luz en las formas, un borrón oscuro.

**

Hugo Doyle realizó una nueva visita al despacho del jefe de departamento de artes plásticas.
-¿Quería algo señorito Doyle?-preguntó el profesor. Doyle lo miró a los ojos.
-Ha pasado una semana y no he tenido noticias de usted-el profesor se hizo el despistado mientras cruzaba las manos sobre la mesa.
-Recuerdo que le propuse dejarme el dibujo para identificar a su autor, pero usted se negó-recalcó. Algo parecido a la rabia se incendió tras los ojos de Hugo que respiró con tranquilidad y murmuró:
-¿ No hay otros modos? Alguien que dibuje así debe destacar en sus clases...-propuso Doyle. El jefe de departamento no picó el anzuelo del joven.
-No hay otros modos, en los talleres de arte hay alumnos muy buenos y se fomenta la creatividad y a la vez se siguen escuelas, los alumnos más aventajados incluso tienen la posibilidad de alquilar aulas y trabajar por libre teniendo todo lo que necesitan a su disposición. Los profesores no tenemos ni debemos tener un control total sobre las creaciones de los alumnos.-y añadió de forma acusadora-No todas las obras son para compartir. Existe el anonimato.-Pero la mente de Doyle ya viajaba a otros cauces sin ninguna pretensión de rendirse.
-Si hay una financiación de las artes habrá un registro riguroso ¿no?-preguntó en voz alta Doyle.
-Efectivamente, todo queda archivado y registrado, hasta el más mínimo movimiento. Yo mismo superviso todos los trámites y pedidos-defendió el jefe de departamento sin saber que no sólo estaba respondiendo a las preguntas de Doyle sino también a sus intenciones.
-Gracias-dijo Hugo mientras se levantaba-tal vez se libre de una tercera visita.-al jefe de departamento le sorprendió que Hugo se complaciera tan pronto, aunque en sus últimas palabras percibió un tono de certeza que le inquieto.

**

Pablo se ajustaba las gafas de pasta cuando vio acercarse a su amigo. Por un instante temió que se repitiera la amenaza de la mañana del día anterior pero miró a su alrededor, en medio del comedor no esperaba que el admirado y envidiado Doyle le enseñara los dientes. Le pasó una bandeja. La gente solía dejar que se sirvieran los primeros, permitiéndoles pasar como si pusieran a sus pies una alfombra roja. En cinco minutos fueron servidos y mientras se acercaban a la mesa real la conversación trivial fue transformándose a la de confidente.
-Necesito una llave-murmuró Hugo. Pablo abrió los ojos tras las gafas. Quiso preguntar la razón pero temió volver a discutir con su mejor amigo.
-¿Cuál?-se limitó a preguntar obediente.
-La del despacho del de artes-Pablo asintió y ambos se sentaron en la mesa.

**

Hugo se colaba en el despacho mientras Pablo hacía guardia fuera. No era una zona muy frecuentada pero sí lo suficiente como para echar un ojo. Pablo sonrío, por la esquina y en su dirección había aparecido una joven que hacía todo lo posible por evitar mirarlo y pasar desapercibida. Pablo olió su forma de fingir desde lejos. Cuando la joven pasó por su lado y le dio la espalda, él empezó a reirse de forma notable, demasiado notable. Ella se paró en seco, respiró profundamente y se disponía a seguir andando como si nada cuando oyó a su espalda:

-Ya me contaron tu fracaso con la interpretación-ese tono burlón sacó de quicio a Ana pero decidió aguantar todo lo que tuviera que decir y tras eso marcharse-pero viendo lo mal que finges evitarme no podía esperar más-y se río. Ana siguió andando sin dedicarle ninguna mirada.

**

Hugo había rebuscado en varios casilleros. Por suerte, el jefe de departamento no era un desorden y hacía de su vida algo metódico y no un caos. No le costó encontrar lo que buscaba, los registros del último mes.
Abrió la subcarpeta con los ojos iluminados por el triunfo, él esperaba un nombre y cuando lo leyó, huyó toda duda. Una gran sonrisa se ensanchó en sus labios.
-Te tengo-susurró.

**

Ana había tenido que mantener el control de sí misma como nunca. No era una persona violenta pero la humillación y el intento de resucitar su orgullo le hacían sentir una rabia extrema. En cualquier momento explotaría sino se hundía en una depresión. Al cruzar una nueva esquina un nuevo encuentro no deseado. Julia y sus cómplices estaban hablando. La pequeña Cayetana dejaba escapar una lágrima. Ana reparó en ello y cuando las otras se dieron cuenta la fulminaron de tal forma con la mirada que la propia Ana dudó que pudiera sobrevivir a aquellos tres disparos. Intentó buscarle el lado cómico y pensar que aquella lágrima tal vez había sido causa de una uña partida. Sin embargo, no era mala persona y compadecía a Cayetana por el "maravilloso" novio que tenía. Era toda una cenicienta en el cuento de el arcan.

**

La dibujante había decidido salir en busca de su dibujo aquel día. Iba a conseguirlo, como fuera. Lo último que tenía en su lista de cosas por hacer era convertirse en una esclava de Hugo Doyle. Antes del descanso para la comida Doyle se había olvidado la chaqueta en clase. No era común aquello pero a caballo regalado no le mires los dientes. Pensó que Doyle si le era de interés lo llevaría siempre encima y no se arriesgaría a tenerlo en su taquilla. Había visto a Doyle en el comedor y únicamente llevaba el uniforme, quizá el segundo sitio en el que miraría si fracasaba sería en los bolsillos de sus pantalones.

La clase solía cerrarse pero convenció a uno de los profesores de guardia para que la dejarán entrar a por una cosa importante que había olvidado. Rápidamente se dirigió a la chaqueta de Doyle, rebuscó y encontró un papel, lo abrió y era su dibujo. Se alegró profundamente y salió veloz de la habitación. Había sido fácil, con un jaque mate había vencido al rey. No obstante, alguien oculto en las taquillas la observó marcharse y la siguió.

La dibujante no tardó en darse cuenta de que la seguían. No quería girarse para no descubrirse pero estaba segura que aquel que le pisaba los talones era Hugo Doyle. Le invadió el pánico y quiso correr, pero aquello estaba prohibido en los pasillos. Todo seguía igual mientras se confundía con la gente haciendo uso de su poder de invisibilidad, sin embargo, algo había cambiado, había dejado de ser invisible para una persona. Pronto descubriría lo que eso significaba.

La situación cambió cuando la dibujante dejó atrás los bosques de gentes y se internó en pasillos casi desiertos. Fue entonces cuando comenzó a correr y viéndose sin escapatoria se introdujo en el vestuario de hombres del gimnasio. Hugo la siguió.

La persecución del gato al ratón estaba llegando a su fin. Pero el ratón todavía guardaba la esperanza escondido entre las hileras de taquillas, cuando vio que Doyle se disponía a meterse en las hileras de taquillas corrió hacia la puerta. Pero el movimiento de Doyle fue un paso en falso y la atrapó al vuelo.

Ella se resistió con todas sus fuerzas e intento zafarse como pudo. Pero el gato se comió al ratón y cuando ella alzó la mirada y Hugo Doyle la miró fijamente a los ojos, él dijo:

-Tú.

**

Doyle la había descubierto y pronto tendría noticias de él. En cuanto se liberó de él corrió hacia la puerta y siguió corriendo hasta el mar de gente. Todo lo que buscaba era crear una distancia contra él. Refugiarse en esa invisibilidad que le daba seguridad y le quitaba el miedo. Pero al girarse para ver si Hugo todavía la seguía empujó con su cuerpo a alguien que cayó al suelo. Cuando se volvió descubrió que la muchacha nueva la miraba con odio.
-Tú-murmuró la joven. Y la dibujante parpadeó incrédula. Era la segunda vez que era descubierta.-¡Lo has hecho aposta!-gritó Ana. De repente, la dibujante miró a su alrededor. Todo el mundo observaba la escena, no tardaría en venir un profesor.

Alguien se reía. Miró hacia una esquina y la vio, le entró la quemazón acostumbrada pero se reprimió y la miró con desprecio. Ana siguió la dirección de la mirada de la dibujante y tras abrir mucho los ojos con horror, se desmayó.

Ambas, tratadas como bufones, perdieron su fuerza ante la risa cántica y a borbotones de la reina Julia.




domingo, 30 de junio de 2013

Capítulo 7

Ana había pedaleado movida por el poder de un rayo. La rabia reprimida en sus mejillas rojas se apreciaba en el rápido movimiento de sus pies, al parecer, bien hundidos en el barro social de el arcan.

Tras una ducha caliente, en la que más de una vez se frotó ansiosa con la esponja la muñeca, se dejó caer en la cama. No era tan grande como la de Julia, y su habitación de unos humildes seis metros componía en general una clara nimiedad en comparación. Y, en cambio, Ana sabía que su hogar tenía algo que jamás se palparía en la inmensa casa de Julia: calidez, amor.

Su madre tocó a la puerta y la entreabrió.
-Soy yo-anunció con una voz enérgica y dulce.

Por el resquicio abierto el aire viajaba, y un intenso olor a chocolate impregnó la nariz de Ana.

-Chocolate caliente-murmuró. Su madre entró a la habitación con dos tazas y una sonrisa:

-Tu preferido.-y le guiñó el ojo.

**

Sus manos se rozaron al introducirlas en el bol de palomitas. Él aprovechó la oportunidad y acarició sus dedos y ella apartó la suya con una delicadeza mal disimulada.Ambos se llevaron una palomita a la boca.
Hugo todavía estaba estupefacto de como había avanzado la tarde, jamás se imaginaría viendo una película en su cine particular- una sala repleta de sillones de cuero marrón oscuro frente a una televisión de 100 pulgadas-, con Júlia. Sin embargo, había sido ella quien lo había sugerido. Así que los dos permanecían situados en el sofá más cercano a la pantalla, refugiados en una semi oscuridad que ocultaba la tensión de Hugo y la incomodidad y timidez de ella. Iluminados tan sólo por la tenue luz que emergía de la televisión.

-¿Qué te parece una película?-había murmurado ella una hora antes, dos finas arrugas se habían dibujado en su frente.
-Está bien-le había respondido él, sus ojos de sorpresa se habían producido por el simple hecho de que se trataba de Julia, siempre había pensado que los intereses de ella aspiraban a algo más que quedarse en casa y ver una película, pero aquella tarde, de nuevo, la joven realizaba uno de sus giros inesperados.-Sígueme- le ordenó él tras un suspiro y ella obedeció con un asentimiento.
La dirigió por un largo pasillo. A su espalda, ella detenía una y otra vez una mirada extasiada en cada objeto que apreciaba a un lado u a otro. Hermosas cortinas de encaje y flores bordadas, escuadras de pan de gengibre y un elegante reloj victoriano fueron los elementos decorativos que capturaron sus hermosos ojos verdes. Hugo, no reparó en ello, tal vez, de haberlo hecho, no hubiera podido seguir disimulando su incertidumbre. A Julia solían maravillarla conjuntos impecables y pasarelas de Cibeles, París o Milán. La moda del vestido era su arte amado. Y por tanto, aquellas cosas le deberían parecer anticuarios.

Toda aquella magia de evasión a otra época se disipó en cuanto ella se internó a la sala de cine, pronto la sustituyó un nuevo descubrimiento, el lateral izquierdo a la pantalla era recorrido por una amplia estanteria de tendencia horizontal. De clásicos a películas actuales se apilaban en aquella colección de cinéfilo.

-¿Te gusta el cine?-se sorprendió preguntando ella. Hugo se sonrojó, no, Hugo no podía sonrojarse.
Quizás, dejó vislumbrar un poco de esa inseguridad que Julia le hacía sentir pero se recobró al instante:
-Es de mi padre-se sinceró-aunque no tiene mucho tiempo para ver películas. Así que prácticamente todo esto es mío.

Por una vez sus miradas coincidieron y la sonrisa brillante de Hugo fue correspondida por el trazo de una sonrisa torcida en las finas facciones de ella que aquel día a Hugo le asemejaban más redondeadas.

Posteriormente había llegado la hora de decidirse. Ella se había lanzado con entusiasmo a recorrer con la yema de los dedos los títulos de los clásicos para a continuación con cierta mueca dirigirse al estante de clásicos más modernos que no incluyesen el blanco y negro. Hugo siguió su recorrido con la mirada. Los dedos de ella se paraban de vez en cuando en algún que otro título pero estaban teñidos de gran indecisión. Hugo creyó que en una de estas pausas el dedo corazón de ella se había parado en el Drácula de Coppola, en ese instante ella se llevó la uña de este dedo a la boca en un acto instintivo, en el momento en el que reparó que Hugo la observaba cambió totalmente el gesto e irguió la espalda, murmuró:
-Creo que deberíamos ver Desayuno con diamantes-añadió con rapidez a modo de explicación-es mi preferida.-El perdió la mirada en el estante, se acercó a él y cogió una película.
-¿Qué tal esta?-preguntó mostrándole la caratula de Drácula de Bram Stoker-No es mi preferida y difiere totalmente del libro, pero ¿Por qué no probar algo de oscuridad? Puede gustarte-en sus ojos se cruzó una mirada pícara irresistible, ella desvío la mirada y asintió con la cabeza.

La película no era de miedo pero él pudo utilizarla como excusa para explicarle a ella al oído las diferencias que él había observado en su comparación con la lectura del libro:

-La historia de la reencarnación es ficticia pero contribuye a hacer de Drácula un ser más humano y no una simple sombra de niebla. Le da una perspectiva interesante al mito literario del vampiro.

-Oh-murmuró ella fingiendo sorpresa.

-Pero te gustará la historia de amor-murmuró-las chicas soléis tener una atracción por lo prohibido y desconocido.-al decir esto se aproximo a ella acortando la distancia proxémica. Ella le dio la espalda y lo miró de soslayo.

-Si así piensas conquistarme creo que vas por el mal camino-reconoció ella con arrogancia. Él sonrío con picardía y sólo dijo:

-La película todavía no ha empezado.

**

Agatha interrumpió en la habitación antes de la película introduciendo a la estancia el olor de palomitas recién hechas.

-Espero que por una vez te saltes la dieta-comentó Hugo burlón. La muchacha lo fulminó con la mirada y en cuanto la mujer le ofreció la bandeja murmuró:
-Gracias-con una sonrisa amable que dejó a Hugo impertérrito.

Después de la película, Agatha entró de nuevo como si los créditos la hubieran llamado y sustituyó la bandeja de palomitas por una bandeja con panecillos con salmón y distintas variedades de embutidos de calidad. También trajo vino o ¿Era champán?.

-Esto es sólo un aperitivo. Os traeré de primer y segundo plato lo que gustéis.-dijo Agatha. La joven pronto musitó:
-No es necesario, he prometido cenar en casa y no retrasarme. Pero gracias.-Agatha asintió con la cabeza y se retiró. Hugo no había dicho nada. Así pues, ella comenzó a comer. En primer lugar se dispuso a coger un panecillo con jamón serrano pero en el último momento se arrepintió y cogió uno de salmón. Mientras Hugo le tendió un vaso y esparció en él el líquido de la botella, vino blanco. Tras ingerir el panecillo dirigió su mirada hacia el líquido dorado, hizo una mueca.

-Sé que te encanta el vino blanco- sonrío él con la mirada. Ella sonrío:
-Sí, pero sólo lo tomo en momentos especiales o en el club-y de nuevo esa arrogancia-No diría que este es un momento especial.-y le dio un pequeño sorbo.
-Siempre podemos hacerlo especial-murmuró él con la copa en los labios y la mirada fija en ella.
-Brindemos-se envalentonó ella alzando la copa-brindemos porque la verdad no has conseguido impresionarme.-bajó la copa y tragó un buen sorbo que vacío copa. Él hizo caso omiso a sus palabras y cogió la botella para llenarle de nuevo el vaso, pero calculo mal y acabó manchando la bonita camiseta blanca de ella. La cara de ella se tradujo a horror, parecía que en cualquier momento iba a saltar del asiento y a ponerse a chillar pero consiguió mantener la compostura y tras morderse los labios sonrío aparentando tranquilidad:
-Parece que el servicio no es muy eficiente que digamos-se bebió lo que había caído en la copa de un trago y se levantó-al camarero le tiembla la mano. Esto no hubiera pasado en el club.
Hugo se levantó tras ella y le cogió la mano con una sonrisa:
-Ven, no creo que Cayetana tenga inconveniente en dejarte algo mientras Agatha se encarga de tu camisa.- Y la arrastró tras él, ya en la puerta ella se soltó y dijo en alta voz:
-No-cortante-Me voy.
-Jamás saldrías a la calle así y lo sabes.-le recriminó Hugo.
-Vendrá el coche a recogerme.-al ver que no funcionaba murmuró-Bueno, sé ir sola a la habitación de tu hermana, no necesito que me guíes, además, Adelaida se ocupará de mi camisa.
Hugo asintió.
Y ella se encaminó hacia el pasillo y subió por las escaleras.

**

Ella se había puesto una camisa similar a la que se había manchado y se miraba al espejo mientras la plisaba con las manos cuando de repente se apagó la luz. La habitación era grande así que encontrar el interruptor de la luz se presentaba como una verdadera odisea. Pero se encaminó a ello, la luz de la luna que entraba por la ventana abierta le ayudó en su tarea . Cuando al fin alcanzó la pared unos brazos la cogieron por la cintura y le dieron la vuelta haciendo que su espalda quedase contra la pared rugosa. Ella sintió que el aire de una respiración acariciaba su cuello.
-Tienes miedo-le susurró una voz masculina al oído. Estaba atrapada y paralizada en el abrazo del mismísimo Doyle.-Julia-siseó su nombre lentamente. Y el cuerpo de ella reaccionó intentando zafarse de él, fue en vano.
-No quiero jugar a las tinieblas contigo-masculló ella empujando con fuerza. Entonces sintió en esa semioscuridad que la cara de Hugo estaba a escasos centímetros de la suya. Sintió el alargamiento de las comisuras de sus labios a modo de sonrisa aunque apenas pudiera verlo y quizás por efecto de su imaginación el brillo de sus dientes blancos, ¿Esos dientes más alargados y sobresalientes eran sus colmillos? Tembló, o era el vino o la película se estaba haciendo realidad. Estaba mareada.
Otra vez la respiración de él en su cuello. Cada vez más próxima. Sus labios rozando una zona tan sensible y deshabitada de caricias. La dureza de sus dientes presionando piel tan delicada y la marca: el beso.

**

La joven parpadeó, acto seguido se acostumbró a la luz de la estancia y abrió los ojos. Al ser consciente de donde se encontraba se irguió de forma abrupta y miró a todos lados. Al principió no vio a nadie pero después descubrió que Hugo Doyle estaba sentado en un sillón a su izquierda próximo a  la cama donde ella se encontraba.
-Eres frágil-murmuró serio. Ella se sonrojó tenuemente, se había desmayado en los brazos de Hugo Doyle.
-Yo no soy la que va dando sustos a la gente-reaccionó brusca ella.
-Solamente quería darle emoción-dijo con la mirada perdida y la barbilla apoyada en el reverso de las manos entrecruzadas. Ella huyó de su misterio y evitó caer en el nuevo encantamiento de sus ojos. Observó su situación, se encontraba en la habitación de Cayetana, tendida sobre la cama. En ese momento entró Agatha con un paño mojado en alcohol. Hugo negó con la cabeza y ella se volvió a marchar.
-¿Qué hora es?-murmuró la joven preocupada mientras se enfundaba en sus zapatos sin atreverse a mirar a la cara al joven.
-Las once.
-¿Y tu hermana?-se sobresaltó la joven.
-Todavía andará por el club pero no tardará en volver.
-Debo irme antes de que regrese-entonces buscó la mirada de él para conciliar un pacto de silencio.
-No se lo diré-bufó con risa fingida-tampoco hemos hecho nada de lo que debas avergonzarte.
-Eso espero, ha sido una mala idea-musitó ella como advertencia.
-Esta claro que lo nuestro es sólo una relación diplomática-murmuró con sarcasmo Hugo.
-Empieza a resignarte-dijo ella levantándose y dirigiéndose hacia la puerta, se volvió hacia él para decir-Aprende que hay cosas que no puedes tener.
-¿Y me lo dices tú?-se preguntó él en voz alta mirándola desde el sillón-Agatha se ha encargado de tu camisa- y añadió cortante-Adiós.
Ella le dio la espalda con orgullo y cerró la puerta con fuerza.

martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 6

 Hugo Doyle. Rey de el arcan, premio en belleza, as intelectual y heredero de una gran fortuna. Tenerlo "todo" en un mundo en el que día a día, personas se enfrentan a adversidades y viven sumidas en enormes crisis, le concedía un lugar privilegiado.

La dibujante siempre lo había perfilado del mismo modo sobre el papel. Jamás lo diría en voz alta, pero Hugo Doyle brillaba, un halo de luz dorada lo envolvía. Quizá fuese una consecuencia del oro que poseía su familia, de la seguridad que tenía en sí mismo. O, como ella aventuraba, simplemente se tratase del vello dorado que recorría parte de su cuerpo.

Cuando era más niña, efecto de la inocencia e ingenuidad, había caído en la trampa de esos ojos casi sobrenaturales. Lo solía ver con unos ojos muy distintos a los de ahora, él era el sol en su cénit. Sin embargo, no tardó mucho en comprender que su luz la había cegado, que no veía con claridad.
Hugo Doyle pertenecía a esa clase de chico tópico popular.

Sobre todo, ese mismo año, ahora que había vuelto a atormentarle, se reafirmaba la imagen que en su cabeza había tenido de él. Aquel curso, como hace cuatro años, volvía a tenerlo en clase. Debía ver cada mañana su varonil espalda recostada sobre la silla, su cabello rubio y su perfil, cuando de vez en cuando, gastaba bromas o se reía junto a sus compañeros de gracia de la profesora de dibujo técnico. Pero prefería las últimas filas que sentir su mirada en la nuca o ser objeto de sus burlas. <<Pobre profesora de dibujo>>, pensaba de vez en cuando, era bastante gruesa y sus gestos eran poco afeminados. Sin embargo, nadie podía poner en duda que hacía bien su trabajo, aunque mantener a raya a Hugo Doyle y sus secuaces era algo para lo que hacía falta algo más que un doctorado o una cátedra.

-Profesora no nos comas-le murmuraba cuando les mandaba demasiados ejercicios. Pero era mayor, lo exclusivo a los susurros. Cuchicheos que la profesora no podía contraatacar y sentía a su espalda.


Dejaba de dibujar circunferencias en la pizarra y se giraba:
-¿Quiere comentar algo a la clase, señorito Doyle?-pese a la mirada inquisitiva de la profesora, Hugo sonreía con picardía:
-¿Oye voces profesora Nadia? Nadie ha dicho nada-muchos reprimían la risa y ella fulminaba con la mirada a uno de sus alumnos más excelentes. El comportamiento de Hugo Doyle no tenía que ver con la chulería de un chico de barrio, no era agresiva ni directa. Desprendía superioridad, era sutil pero infalible. Y aunque la dibujante nunca lo reconociera, muchas veces le había sido inevitable no reirse frente a su sarcasmo. Pero, eso no dejaba de ser visto ante sus ojos como una maldad sin perdón. Sabía como se sentía alguien humillado y se había prometido a sí misma que no participaría en ningún grupo que se cebara riéndose de los demás. Tal vez por eso, estaba tan sola.

La nobleza tenía sus rivalidades con "la sociedad artística", ante todo cuando se acercaban las representaciones teatrales de fin de trimestre. Los reyes amaban los papeles protagónicos y pisaban a cualquiera que los contradijese en materia de guión, vestuario o interpretación. Aún ámbitos paralelos, en situaciones comunes, "la sociedad artística" se veía obligada a moder el polvo y someterse a "la nobleza". Eran una minoría. No obstante, la dibujante nunca se había visto totalmente integrada en "la sociedad", no eran mala gente pero tenían medidas demasiado revolucionarias para su gusto, una segunda revolución francesa suponía cortar cabezas y ella no quería ensuciarse las manos.

"La sociedad" estaba formada principalmente por gente como Lucas, Carol, Helena, Maite y Lola. Gente humanitaria y fanática intelectual que se había visto humillado incluso en su propio ámbito por coeficientes intelectuales como los de Hugo o Pablo, o en las delegaciones, por la popularidad de Julia, Cayetana y Virginia. El despotismo real conseguía vencer las promesas liberales.



**

Chispeaba. Observó su reflejo en el cristal de una juguetería. Bajo el paraguas, una chica de cabellos color caramelo la miraba, que pena que el escaparate no pudiera captar sus brillantes ojos verdes. Vestía una camisa blanca, una falda de raso gris y unos zapatos que habían sobrevivido a la lluvia.

-Hola-le habló una voz. La muchacha se volvió hacia su nuevo acompañante. Gotitas de lluvia resbalaban sobre la piel de él, tenuemente bronceada por el sol.
-Hola Hugo-correspondió la muchacha y sin querer, ella se perdió en aquellos ojos verdes, casi azules, que la miraban con intensidad. Sus mejillas sonrojaron.

Volvió a la realidad.

Hugo se aproximó a ella, tuvo que esforzarse en no retrodecer. ¿Qué iba a hacer? ¿Besarla? No, tan sólo iba refugiarse junto a ella bajo el paraguas.

-Mi chófer nos espera a una calle de aquí-explicó él-hay obras y... me ha costado encontrarte-añadió con un deje de frustracción. No era algo que le sucediera a menudo. A Hugo Doyle las cosas no le costaban y tal vez, ese simple hecho hacia que Julia fuera especial para él.-Pensaba que estarías esperándome junto a la boutique de la esquina-pensó en voz alta, solía ser bastante impenetrable pero en confianza se permitía aflorar algunas de sus sospechas dejándose conocer.

La chica lo miró con sorpresa y reaccionó rápido:

-Bueno, todavía no han traído la colección de otoño.-se excusó y luego recordó que Hugo Doyle no era alguien que mereciera sus explicaciones. Cubrió de superioridad su mirada.


A una calle de allí,  una limusina los esperaba. Hugo le abrió la puerta y ya dentro, ambos se relajaron sobre su asiento. Un engaño óptico, las cosas no son lo que parecen. Ella se mantenía en tensión como revelaba la posición de sus hombros, y por su parte, él, refugiado en un rostro impasible, se debatía como actuar frente al misterio que Julia siempre le había supuesto.

En las afueras de la ciudad, se encontraba la casa de Hugo Doyle. No era de corte contemporáneo, como la de Julia, sino que se había creado a imitación de las mansiones de estilo victoriano y por ello, gozaba de tres plantas amplias de sillares engrisecidos distribuida a su vez en tres cuerpos verticales  abuhardillados en los que despuntaban alargadas chimeneas. Un pórtico avanzado que se abría en forma de arco carpanel les dió la bienvenida después de traspasar el jardín de la entrada. La limusina los dejó frente a él.

Era extraño encontrar fuera de Inglaterra una mansión como aquella. Pero el padre de Hugo Doyle, además de ser el magnate de una gran empesa multinacional, había estudiado arquitectura y por tanto, había diseñado una réplica. Tal vez, en los Doyle fuera hereditaria la pasión por la arquitectura y no una simple imposición paternal.

Agatha les abrió la puerta. Era una asistenta mucho mayor que Adelaida, su edad sobrepasaba los cincuenta. Pero recibió a los jóvenes con la misma ternura.

-Ha regresado temprano señorito Hugo-sonrió la mujer.-Encantada de tenerte aquí de nuevo señorita Julia-murmuró Agatha y la comisura de los labios de la muchacha ascendió.-pueden pasar ya a la sala, en un momento les llevaré algo de comer.

La joven lanzó una última ojeada hacia arriba antes de seguir a Hugo dentro.

Todo tenía un tono antiguo que la encandilaba, era como evadirse a otra época. Había cuadros exquisitos en las paredes, y se acercó tímida a un cuadro de Degas. Su mirada se perdió en los trazos que conformaban las bailarinas y en los tonos pastel del autor impresionista.

Hugo reparó en ello.

-¿Ahora te interesa el arte?-había levantado una ceja. Ella negó y miró con indiferencia la obra.

-Me preguntaba si a ti te gustaba-se sorprendió diciendo y luego se corrigió-Cayetana no es que sea una fanática, ya sabes.

-Hablando de Cayetana-musitó él-no vendrá hasta tarde, está en el club con Pablo-informó, Cayetana era su hermana. Aunque a la muchacha no le agradó que cambiará de tema.

-Ya lo sé-admitió cortante-De no haber sido así no estaría aquí.

-Bueno-suspiró él reprimiendo una mirada fulminante que asomaba por sus ojos y componiendo la más pícara de sus sonrisas-Tenemos varias opciones.






martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 5

Se dirigía al departamento de arte. Debía hablar con el actual coordinador para solicitar nuevos materiales. Y, sin embargo, en el momento en el que atisbó la escena que se dibujaba al otro lado del cristal, se paró en seco. Hugo Doyle hablaba amigablemente con el jefe del departamento y le tendía una hoja. A la dibujante se le heló la sangre.

-¿De verdad no sabe a quién pertenece?-le preguntó perseverante Hugo.
-No-murmuró-Aunque hay una gran madurez en los trazos-comentó-es obra de alguien que lleva tiempo en ello.-Hugo perdía la mirada pensativo.-Si quiere puedo quedármelo y...
-¡No!-cortó de forma rotunda el joven y se lo arrebató de las manos-Queda claro que no me ha dicho más de lo que ya sabía-inspiró-si averigua algo, envie a alguien a buscarme.

El joven salió por la puerta y la dibujante se pegó al cristal y aguantó la respiración. Cuanto deseaba usurparle esa hoja de las manos. Por ahora, solamente podía refugiarse en su capa de invisibilidad, y pasar desapercibida.


 
**
Ana respiró hondo y alzó la vista de la tarjetita que llevaba en una de sus manos. Frente a ella, una mansión de corte contemporáneo se erguía.

Tocó al timbre.

-¿Quién es?-se oyó una voz de mujer.
-Ana-respondió-Soy...-sonó un click y la puerta se abrió.
-Bienvenida a la casa de los Escribano-murmuró aquella voz. Ana parpadeó, estaba siendo observabada a través de la cámara que había sobre el timbre. Empujó la puerta hacia dentro e introdujo junto a ella la bicicleta que la había conducido hasta allí. La parte rica y privilegiada de la ciudad.

Un breve trayecto de césped sintético y camino pedregoso le hizo observar mejor el hogar de Julia.
Constaba de dos plantas rectangulares adinteladas por un material color madera que sobresalía en forma de cornisa en ambos pisos. De esta forma, el color ocre contrastaba de forma armónica con el sillar regular blanco como dos elementos combinados. Los grandes ventanales y la amplia terraza del primer piso no hacían más que afianzar su aspecto innovador. Toda ella destilaba lujo.

Tragó saliva y descendió la vista, no debía dejar que aquella casa la intimidara.

Una mujer de unos cuarenta años la esperaba en la puerta con una sonrisa:
-Bienvenida señorita-comunicó, y Ana reconoció la voz que había escuchado por el interfono.

 La mujer se llamaba Adelaida y era la asistenta de la casa. La guió hasta un cobertizo en la parte posterior y Ana dejó escapar una exclamación de asombro al descubrir allí una piscina de tamaño olímpico.

-Por aquí señorita-murmuró Adelaida al ver que Ana se había detenido. Ana asintió y ambas se acercaron a un pequeño trastero abovedado. Tras guardar allí la bicicleta volvieron a la entrada principal.

Ana reparó en la vestimenta de Adelaida, un traje de empleada azul marino con bordados níveos. Incluso su moño estaba recogido de forma impecable. Al traspasar la puerta de la casa, su vista se trasladó de criada a señora. Julia descendía las escaleras del vestíbulo con exasperación.

-Hola-musitó Ana. Julia la miró y pronunció:
-Llegas diez minutos tarde-Ana se quedó pálida pero pronto volvió a la normalidad-Vamos a subir a mi habitación porque Adel tiene que limpiar la planta baja.

En ese mismo instante, se oyó el sonido de una canción sonar progresivamente con mayor intensidad en la planta superior. Ana la reconoció, las cuatro estaciones de Vivaldi.

-Espera aquí-le ordenó Julia que resopló y subió las escaleras veloz. Acto seguido, desapareció en la planta de arriba.

Era raro para Ana ver a Julia con otra ropa que no fuera el uniforme. Portaba unos vaqueros y una camisa blanca pero aún así lo lucía con estilo. Se miró los zapatos avergonzada, a ella no le había dado tiempo a quitarse el uniforme.

Minutos después, Julia regresó. La música había cesado.

-Sígueme-dijo, Ana obedeció y se encaminó escaleras arriba. Fue entonces cuando descubrió que la música solamente había disminuido, volaba acariciando el aire desde la habitación del fondo del pasillo. ¿Qué habría tras aquella puerta? Permanecía entornada dejando escapar tenues sonidos. No obstante, Julia se internó en una de las primeras puertas.

Una segunda exclamación ahogada formularon los labios de Ana al contemplar por primera vez la habitación de Julia. Era como tres veces su habitación. Una mayúscula cama con dosel, una espaciosa mesa escritorio con dos sillas y una cómoda la componían y, a su vez, se abrían tres habitaciones: un baño, un ropero y un balcón.

Ana ya había olvidado la música. Julia examinó su habitación con determinación.

-Ponte cómoda-sugirió Julia-ahora vuelvo-anunció, un interrogante se reflejaba ahora en sus ojos verdes.

-¿Puedo ir al servicio?-casi susurró Ana antes de que Julia diera media vuelta. Ella asintió con un gesto de cabeza y se desvaneció de nuevo.

**

Cuando Ana salió del baño pensó que en cualquier momento se desmallaría ante tanto lujo. Con curiosidad, se había detenido a mirar las miles de cremas que Julia tenía sobre la cómoda del baño, así como los perfumes. Las excepcionalidad de las primeras marcas hizo viajar a la mente de Ana aquellos anuncios televisivos que modelos famosas protagonizaban. Pero, al tener entre las manos una botella de 50ml de channel nº 5, no pudo resistir la tentación de vaporizar aquella tradicional fragancia y olerla por primera vez. Rocío una diminuta gota sobre la muñeca, esperó unos segundos e inspiró. Un aroma fuerte impregnó sus fosas nasales. <<Limón>> pensó. La devolvió a su sitio con rapidez y se arrepintió. No estaba bien tocar sin permiso las cosas de los demás.

Se sentó en una de las sillas del escritorio y esperó. De improviso, escuchó un fuerte estornudo.

-¿Julia?-preguntó al silencio Ana. Se oyó el ruido de una percha caerse y ella dirigió la mirada hacia el vestidor. Inesperadamente hubo respuesta. Julia salió por la puerta, llevaba consigo una falda de raso grisácea, una camisa blanca y unos zapatos:

-¿Algún problema?-dijo de forma seca.-Ana no contestó.

-Tengo que llevar un momento esto al otro baño, en este no funciona el agua caliente.-se explicó Julia con seriedad. Pese a aquella interpretación aparentemente imperturbable, Ana percibió nerviosismo en Julia.

**

Dejó encima de la cómoda del pasillo durante unos segundos la ropa que transportaba mientras tecleó en el teléfono. Cuando la línea ya comunicaba en su oído, asió de nuevo la indumentaria y avanzó por el pasillo:

-Casa de los Doyle-habló una voz al otro lado.
-Podría ponerme con Hugo, por favor-pidió.
-Espere un momento señorita-declaró. Tres parpadeos después, una voz varonil preguntó:
-¿Quién eres?-la muchacha respiró hondo y pronunció:
-Julia.

**

Por fin, Julia retornó para no marchar. Cargaba sobre un hombro su bandolera y en una de sus manos aferraba con fuerza el teléfono móvil. Dejó ambas cosas sobre la mesa y sacó sus apuntes, Ana la imitó.

Leyeron por encima las figuras retóricas e iniciaron su andadura con el análisis métrico de poemas y las preguntas guiadas para el comentario. Debían analizar y comentar un fragmento del poema del Mio Cid y un ejemplo de el conde lucanor. En una de las hojas ponía los pasos a seguir.

Sólo iniciaron una breve disputa a la hora de valorar en común el ejemplo. Éste era el número X y versaba sobre dos hombres que habían sido muy ricos, al final uno llega a tal pobreza que come altramuces, entonces éste mira atrás y repara en que el otro hombre, antaño más rico que él, se estaba comiendo las cáscaras que despreciaba. Los versos de Don Juan Manuel rezaban al final del cuento "Por pobreza nunca desmayéis / pues otros más pobres que vos hallaréis".

-No estoy de acuerdo con el cuento-murmuró Julia-Habla de resignación y conformismo.
-Pero es que no pueden cambiar su situación-explicó Ana- y deben ser felices con lo que les ha deparado la vida, pensando que hay otros en peores circunstancias.
-Si se conforman sin más, no son dueños de su vida.-defendía Julia. Ana suspiró.
-Es una moraleja relacionada con las desgracias. A veces son consecuencias de decisiones, pero otras, no están en nuestra mano...
-Todo está en nuestra mano-la contradijo Julia.-A veces se me olvida el complejo de inferioridad que tenéis los pobres y vuestra moral del rebaño.

Por suerte, Adelaida hizo que la paz reinara de nuevo en la habitación irrumpiendo con una bandeja de pan rebanado integral. Untado sobre él había queso y lonchas de salmón, un ramillete de perejil decoraba un lado del plato. Para beber una jarra de cristal con zumo de piña y una botella de nestea.

-Señorita Ana, si no le agrada puedo preparar otra cosa-propuso la asistenta.
-No se preocupe-sonrió Ana-tiene una pinta deliciosa.


**

Ana entendía la manera de pensar de Julia, pero no la compartía. Para ella, todo parecía ser posible y todo estaba en nuestra mano. Tal vez podamos elegir, no obstante, a veces no tenemos opción. Ser un joven rico y talentoso puede hacerte sentir poderoso, un Dios. Y, sin embargo, a veces para ser feliz debes aprender a valorar tu vida, puede que en ella no hallan grandes joyas, despanpanantes descapotables y mansiones monumentales. Pero puedes ver el sol cada mañana, abrazar a un ser querido, dormir bajo un techo y comer cada día. Esas pequeñas cosas son las que verdaderamente importan, el resto es secundario y prescindible.

Ana estaba segura de que Julia no había conocido la palabra fracaso y que jamás podría vivir más allá de cuatro paredes de diamantes.

Terminaron el trabajo y Julia acompañó a Ana hasta la puerta.

-Ya sabes-le comentó-Nunca has tenido la suerte de estar aquí-Ana la fulminó con la mirada.
-¿Por qué eres tan desagradable conmigo?-se atrevió.
-Te has codiciado con la chusma y tener cerebro te hace creer que te diferencias de ella, que puedes vivir a mi nivel-Julia la miraba fijamente-tal vez, por un momento hoy hubiera podido olvidar de donde vienes,-se rió- pero seamos realistas, has demostrado que eres chusma al ponerte una gota de mi channel nº5-a Ana se le tiñeron las mejillas de rojo-No has podido resistirlo ¿no? Sentirte por una vez importante, femenina, poderosa...-la crueldad teñía los ojos verdes en los que se reflejaba Ana-Y sentirte impotente al saber que jamás llegarás a ser esa persona.
-¿Has terminado?-preguntó con fingida indiferencia Ana. Julia sonrió.
-Deberías saber que channel nº5 es uno de los perfumes que más tiempo perduran y con un olor fuerte, una sola gota basta- Ana no respondió, dio media vuelta y se marchó con la cabeza alta, había permitido que la humillara, no iba a permitir que le afectaran sus palabras.




sábado, 8 de septiembre de 2012

Capítulo 4

-No me mires así-murmuró Ana con el entrecejo fruncido. Javier dejó escapar una breve carcajada.
-¿Así cómo?-levantó una ceja.
-Con esa cara de "te lo dije"-Javier alzó apenas unos centímetros los brazos y con las palmas hacia arriba le espetó:
-Tenía razón-en un intento de hacerle ver a Ana lo evidente.

Caminaban hacia la clase de castellano, única de las pocas en las que coincidían. Javier, al contrario que Ana, se había decantado por la rama de humanidades y ciencias jurídicas y, debido a ello, apenas asistían juntos a las comunes. En pocos días, Javier se había convertido en una pequeña luz que hacía un poco más acogedora la oscuridad de el arcan, le había dado la seguridad de caminar por sus pasillos sin temblores ni dudas y por último, le había concedido la confianza y comodidad que solamente te puede dar un amigo. Javier era transparente, tal cual y Ana no temía confesarle sus miedos e inseguridades como si lo conociera de toda la vida.

Javier abandonó al chico con el que se había sentado hasta ese momento. Ana lo observó con curiosidad, tenía el pelo rizado como una escarola y unos ojos verdes sosegados. No era guapo, observó, pero la terminación de sus rasgos acompañada de sus gestos, le daba un aire rebelde que le hacía parecer encantador.

-Bosco, hoy no te haré compañia-el chico se limitó asentir y Javier volvió con Ana.

-¿Seguro que no le importa?-le susurró ella al tenerlo a su lado. Javier negó con la cabeza justo cuando la señorita Márquez entró por la puerta.

-Buenos días chicos-dijo con una sonrisa en los labios. La mediana edad profundizaba sus rasgos, pero su optimismo y pasión le hacían parecer más joven. Aquel día, bajo su cabello recogido, unos largos pendientes le caían sobre los hombros, largas tiras de plata en las que se incrustaban todo tipo de avalorios (llaves, coches, iniciales, zapatos...), tal vez guardasen algún significado o sólo estuvieran ahí por casualidad, no obstante, marcaban un estilo propio que se rebelaba al uniforme femenino típico del profesorado de el arcan, camisa azul pálido enfundada en una falda de tubo azul marino.

Tras el análisis sintáctico de diversas oraciones y su posterior corrección en la pizzarra, la profesora tomó la palabra para dedicarla a otro sector de la asignatura:

-Chicos-dijo cerrando las manos sobre su regazo-Iniciaremos la literatura de forma teórica. Respecto a la praxis, trabajareis en casa sobre textos narrativos que corregiremos en clase-os he dividido en parejas para realizar una serie de trabajos.

Ana miró sonriente a Javier pero, entonces, en su oído se repitió el "os he dividido". Minutos después, la profesora ya había comenzado a asociar parejas de nombres.

-Ana Robles y Julia Escribano-Ana se sobresaltó. <<¿Julia Escribano?>> gritó su pensamiento y la chica a la que pertenecía aquel nombre, sentada dos filas más allá de ella, se giró y la estudió con curiosidad. Mientras, sobre su mesa, la señorita Márquez posaba unas hojas engrapadas.

**

La dibujante aferraba fuertemente contra su pecho un cuaderno forrado en piel. Su cuerpo anduvía por uno de los pasillos de el arcan, de forma autómata, pues reconocía ya de sobra todas sus direcciones. Su mente, sin embargo, estaba muy lejos de allí. Se debatía en preguntarse qué buscaba y qué la haría feliz. Si se conformaba con el anonimato al que se había abandonado, o esperaba que algún día alguien le pusiera nombre, la hiciera especial. El día en el que se escucharía su voz. Pero, ¿sería capaz de huir a su poder de invisibilidad?
Unos ojos azules acariciaron su pensamiento, se sonrojó, tal vez él era la única persona a la que ella quería entregar esa llave, la única capaz de abrir su corazón. No obstante, se había escondido tras sus puertas durante bastante tiempo y no había sol suficientemente fuerte que la sacara del cascarón. Tenía miedo de salir.

-Ey-oyó muy cerca. Una chica se dirigía a ella. Por sus pecas y la inocencia y naturalidad con la que se había aproximado, supuso que ese mismo año habría entrado a secundaria.-Se te ha caído una hoja-dijo, y la dibujante siguió el rumbo de la mirada de la niña. A unos veinte pasos, la hoja que tanto se había esmerado en proteger en el interior de su cuaderno, yacía sobre el suelo blanco. La dibujante cruzó los dedos deseando que se confundiera con el pavimento, que nadie fuera tan perspicaz como para reparar en ella. Se relajó, posiblemente sería pisada.
Sin embargo, desafió al destino, cuando quiso dar un paso hacia ella alguien la salvó del suelo y vió que escondía.

La dibujante compartía ahora su mayor secreto, con la última persona del mundo que hubiera querido. Hugo Doyle.

Atisbó su maliciosa sonrisa justo antes de dar media vuelta y susurrar un gracias veloz a la niña. Rezó para que le funcionara su poder de invisibilidad. Deseó con todas sus fuerzas que Hugo Doyle no le prestara atención, lo dejara correr. Pero sabía, perfectamente, que Hugo Doyle no dejaba nunca nada correr.

**

Ana se miró al espejo del vestuario femenino del gimnasio para recogerse el cabello con una cinta. Portaba el uniforme deportivo de el arcan, pantalón de chándal azul oscuro y camiseta de algodón blanca con la insignia de la escuela, dos alas cruzadas por una espada. A su alrededor otras chicas se
cambiaban. Una de ellas se sitúo frente al espejo contiguo al de Ana.

-Hola, soy Ana-murmuró. La chica, que se quitaba las gafas, sonrió.
-Hola-respondió, dejó las gafas en un lado del lavabo, sobre una pequeña toalla y abrió el grifo.-Yo soy Helena.-hubo una pausa, en ella Helena se mojó la cara mientras Ana pensaba que tema introducir para que la conversación no se detuviera en los preliminares, de fondo el sonido del agua caer. Se cerró el grifo y a Ana se le acabó el tiempo:
-¿Sabes cómo se llama nuestro profesor de educación física?-improvisó, aunque había estudiado el horario al milímetro y sabía la respuesta.
-Domingo-Helena se secó la cara con la toalla y se puso las gafas-pero mejor llámalo señor Guerrero o Míster-aconsejó.
-Lo haré-afirmó Ana y la conversación quedó en un punto muerto. Helena se marchó y Ana no la retuvo.

Más tarde se vio con una pelota de volley en las manos y una de las sensaciones más incómodas que tendría en su vida. El Míster o señor Guerrero, un hombre que rondaba los cuarenta y cinco y tenía una constitución robusta, les había pedido que se pusieran en parejas. Rápidamente todos habían escogido la suya y Ana se había quedado de las últimas y sin ninguna. Otro chico, menudo, grueso y con cara de pocos amigos había quedado rezagado como ella. El Míster acabó por juntarlos.

Se colocaron uno frente a otro con la red de volley entre ellos y practicaron los tiros que explicaba el profesor, en silencio. Nico, nombre con el que apeló el Míster a su acompañante, fallaba bastante a menudo. Pero Ana no tenía ganas de hablar y tampoco se le daba muy bien, así que una parte de ella lo agradeció.

Los últimos veinte minutos de clase se convirtieron en una prueba de fuego para Ana. Tras practicar los tiros, el Míster dio su aprobación para realizar una serie de partidos. Cuatro capitanes lideraron la elección de su equipo: Julia, Pablo, Lucas y para su sopresa, Bosco. Afortunadamente, Hugo no coincidía con ella en esa clase.

Nerviosa, Ana esperó que fuera elegida en tensión. Pero ninguno de ellos murmuraba su nombre. Como la vez anterior, Ana y el chico menudo de constitución ancha quedaron los últimos. Pablo y Lucas se los debían sortear. Ana tuvo la esperanza de que fuera escogida primero, porque a rasgos físicos claramente era mucho mejor que Nico.

Pero pese a ser la esperanza lo último que se pierde, sus dudas se disiparon cuando descubrió que Pablo elegía primero. Él la miró y sonrío, sin gafas sus ojos azules parecían más grandes. El orgullo de Ana reavivó su esperanza y entonces Pablo murmuró sin dejar de mirarla:
-Nico-y esa sonrisa suya se manchó de malicia.

Toda la clase había sido espectador de la escena y Ana sintió que había quedado relegada socialmente a lo peor. Sin embargo, más tarde lo pensó mejor y agradeció no estar en el equipo de Pablo. 

Así, espero en el banquillo, como el resto de sus compañeros de equipo, a que llegara su turno. Ana conocía a Lucas, su líder, porque había presentado su candidatura como delegado de clase ese mismo día. Y, pese a no formar parte de la nobleza, su porte intelectual lo hacía bastante carismático. Parecía de esa clase de chico perfecto en todo que se pasa el día en reuniones. Pero en clase, tenía una gran rival electoral, Julia.

Ana observó el juego entre el equipo de Julia y el de Pablo. Iban tan a la par que Ana al final desistió de llevar la cuenta. Los dos capitanes tenían movimiento de atleta y elaboraban tiros impecables. Tal vez Julia no fuese de esas pijas que temen romperse una uña. Por otro lado, sus compañeros no quedaban tan atrás, Cayetana y Virginia eran bastante buenas y Carlos era capaz de controlar su fuerza. Otras caras con nombres que Ana todavía no había aprendido, superaban también la normalidad. Además, Nico se había "lesionado" en los primeros minutos y había sido sustituido. Hubo empate y al final jugaron a un punto más. Ganó Pablo.

El equipo de Lucas se debatió a duelo con el de Bosco. Los capitanes eran de la talla de la nobleza, no obstante, el resto de jugadores se encontraba en un punto medio o muy por debajo. Ana descubrió que muchos de aquellos que habían sido elegidos antes que ella eran el doble de pésimos. Por desgracia estaban en su equipo y Bosco se hizo con la victoria.

**

Ana se envolvió con la toalla antes de internarse en la ducha. Incluso allí se respetaba la jerarquía. Julia, Cayetana y Virginia eran las primeras en ducharse. Pero hablamos de el arcan y contaba con unas instalaciones excepcionales y entre ellas, veinte duchas. Aún así, su espera duro casi diez minutos. Afortunadamente, luego tenían descanso.

Cuando salió de la ducha, sólo quedaba una persona aparte de ella en el vestuario.

-Hola-dijo Julia.
-Hola-musitó Ana anonadada, acaba de abrir la cortina de la ducha y tras ésta tenía nada menos que a la protagonista de el arcan.
-Tenemos que quedar para el trabajo-afirmó Julia delatando la razón por la que estaba allí.-Esta tarde.
-¿Esta tarde?-preguntó Ana. Pero Julia no lo sugería, lo ordenaba.-¿En la biblioteca?
-No-masculló Julia indignada-Nada de lugares públicos-<<¿Cómo iba a tener tal ocurrencia? Ana era del pueblo llano.>> se dijo el pensamiento de la plebeya con sarcasmo.-En mi casa- La cara de Ana alcanzó un nuevo grado de perplejidad. Julia le tendió una tarjetita y se marchó. En vez de decir adiós murmuró:
-Sé puntual.

En la tarjetita rezaba una dirección y bajo ella una hora, las seis.



domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 3

El sonido de la música en sus oídos le transmitía fuerza, era como un maravilloso eco que tras rozar la piel a modo de caricia, la traspasaba llegando a lo más hondo, a aquel lugar secreto. Se sentía en una burbuja. Cerró la taquilla, no oyó el golpe, ni el click del candado. Y se giró.

La escena se congeló. Un largo pasillo repleto de adolescentes se detuvo como en un cuadro. Pinceladas dispares definían sus rostros.

Tras una vista panorámica, su mirada profundizó en los detalles. Como si aumentara una lente, sus ojos se centraron en una pareja que se encontraba abrazada en una de las taquillas cercanas, acataron una mínima distancia para sonreirse. Cualquiera, dentro de una perspectiva superficial, diría lo mismo, se querían. No obstante, ella había aprendido a mirar más allá. Los ojos de la chica irradiaban ¿amor?, más bien adoración por sus bíceps o esclavitud por el rostro perfecto y los ojos azules que la miraban tras unas gafas negras de pasta. En cuanto a él, ese fuego en su mirada delataba un deseo ajeno del romanticismo ideal, era toda una inspiración carnal. La escena se movió a cámara lenta, él presionó sus labios contra los de ella y de manera casi imperceptible, descendió unos centímetros la mano que antes había aferrado a su cintura. Y , de nuevo, esperando un sólo aliento entre labio y labio, él hizo suyo el labio inferior de ella, acariciándolo con los dientes.

Una nueva situación dejó a la pareja en segundo lugar. Apoyando un brazo sobre otra taquilla, un chico rubio clavaba unos ojos verdes altamente seductores en una chica de cabello dorado ceniciento, no parecía tener tanta suerte como su amigo, la chica ni lo miraba. A ella se le pasó por la cabeza apiadarse de él, un solo segundo, pero era Hugo Doyle, no merecía su atención. Evitó fijarse en la chica y reprimió la quemazón. No muy lejos, dos alumnas susurraban mirando en la dirección que ella acababa de abandonar.

Y detrás de la nobleza, todo lo demás. La gran riqueza escondida de el arcan, miles de diamantes en bruto. Vio a Helena con los miles de libros que reflejaban el alto grado intelectual de su cabeza o bien su esfuerzo desmedido, nadie recordará que este año ganó sus terceras olimpiadas de matemáticas, ojalá más de uno se parara a ver los premios extraordinarios y no las copas de baloncesto del equipo masculino de la vitrina de cristal del vestíbulo. Cerca, dos muchachas se miran con determinación, ella las recuerda, Maite y Lola, grandes activistas y ecologistas, sacan una pancarta de una taquilla ¿qué denunciarán está vez?, posiblemente sean las únicas que se rebelan contra la clase de vida que llevan. También está Carol, ella conoce sus proezas creativas, experta en audiovisuales, suele realizar los guiones de las obras de teatro del festival trimestral, ahora porta una cámara de vídeo en las manos. A su lado, Lucas, su aliado artístico y novio le recita un poema que le ha escrito, ella se sonroja y se esconde tras la cámara, es tímida ante el protagonismo.

 Y, por último, se deja llevar por nuevas caras. Al final del pasillo, una chica de cabello color chocolate mira insegura en rededor mientras conversa con Javier, alias información ( le veía un gran futuro como periodista). Se disponía a indagar en el rostro de esa nueva chica cuando todos aquellos puntos que había trazado se paralizaron de nuevo pasando a formar parte del decorado. Un nuevo personaje entraba a escena.

Caminaba como si sus pies apenas se deslizaran sobre el suelo blanco, sus ojos tenían un solo destino y era mirar al frente, donde se encontraba ella. Que unos ojos azules, profundos y etéreos se fijaran en ella, vieran lo invisible, siempre la había desconcertado. Su corazón se encogió y de golpe, inició latidos apresurados. Él desvió la vista hacia su derecha y encontró lo que estaba buscando, Hugo Doyle.

Para ella, la sola presencia de aquel chico rompía cualquier escena que entretejiese su mirada. Él dirigió su vista hacia donde se encontraba una última vez, y después la posó nuevamente en su amigo. Tras él, como un guardaespaldas, estaba el fornido Carlos.

En los labios de la dibujante se propagó una sonrisa, y su reproductor de música cambió de canción.


**

Los últimos dos días, Javier le había enseñado a Ana lo básico que debía saber sobre el arcan. Al parecer la nobleza no lo era todo y había maneras de escapar a su influencia.

-Artes-murmuraba Javier acompañando a Ana a su taquilla.
-¿Artes?-repitió Ana levantando una ceja.
-Hay actividades extraescolares relacionadas con eso-prosiguió el muchacho-tienes la mejor programación de dibujo, pintura, coro, banda de música, teatro...-hizo una pausa-¿olvidas qué se trata de un instituto de élite? !Tenemos hasta piscina!-Ana lo sopesó e hizo una mueca.
-Yo no sé que se me da bien de eso-reconoció.-Soy muy buena estudiando pero...-Javier la analizó con la mirada mientras mesaba su barbilla con los finos dedos de su mano izquierda.
-¡Hípica!-soltó de repente sobresaltando a Ana.-¿Te has montado alguna vez en un caballo?-el pánico reflejado en la cara de Ana lo silenció.-Está bien.-murmuró resignado.
-¿Qué tiene que ver la hípica con las artes?.
-Segunda alternativa de el arcan : deportes-suspiró-aunque la nobleza los domina.
-Y tú, ¿qué haces?-hizo de su curiosidad palabras Ana.
-Consigo información para el periódico, realizo entrevistas...-sonrió orgulloso-tenemos hasta radio y se está pensando hasta en crear un canal...
-¿Puedes pellizcarme otra vez?-le suplicó Ana incrédula tendiéndole el brazo. Javier negó con la cabeza:
-Maltratar a novatas no está dentro de mi filosofía-ella asintió, le había contado su fatal accidente con la nobleza.
-Sinceramente no creo que vuelvan a perder su tiempo "real" conmigo-dijo Ana con sarcasmo. Javier abrió mucho los ojos y sonrió con inocente malicia.
-Últimamente se aburren mucho, aún no han empezado los entrenamientos, yo de ti no me confiaría.-ella bufó y huyó de esos ojos almendrados para abrir su taquilla. Miró insegura a su alrededor.
-Realmente, creo que no tienen ningún poder-opinó-son chicos normales que necesitan creerse importantes para ser felices, superiores a los demás, es tan típico que cansa.
-No son sólo chicos que por una cara bonita triunfan en el instituto y tienen un éxito pasajero-la contradijo Javier-tienen pasta y en este instituto pueden hacer lo que quieran.
-Javier, hablas y hablas y yo todavía no he visto nada de lo que dices-se exasperó Ana.-Unos simples abusones no me van a hacer retroceder. Confío en que esto no sea un parvulario.-cerró su taquilla con rabia.
-Yo te lo he advertido-dijo Javier y dirigió una mirada veloz al reloj de su muñeca-Lo siento pero tengo que irme-alzó su mano derecha a modo de despedida-Ya nos vemos.-Se marchó.

Ana decidió que las opciones que le planteaba Javier eran útiles ya no para esa supuesta huida, sino para conocer a más gente y hacer amigos, las consideraría. Mientras tanto, avanzó por el pasillo sumida en sus pensamientos, y ni siquiera percibió que en apenas segundos había quedado casi desierto. Y como siempre, los matices son importantes, ese "casi" podía cambiarlo todo.

Chocó contra algo y salió de su ensimismamiento. Se había dado de bruces contra unos fuertes pectorales y una parte de ella sonrojó. Alzó la mirada, un chico de cara cuadrada y prominentes pómulos la miraba con dureza.

-¿Dónde vas guapa?-se quedó perpleja ¿de verdad estaba sucediendo? Rodeó con la vista la escena y vió a Hugo y al supuesto conserje, todo parecía apuntar que sí. No contestó y se deslizó buscando una vía libre para seguir avanzando, el fornido adelantó sus movimientos y volvió a impedirle continuar su camino.

-¿No le vas a contestar?-preguntó a son de burla Hugo que apoyaba fuertemente su espalda contra una taquilla-Te creía más valiente-ironizó. 

Ana lo intentó una vez más, pero el fornido sin nombre de nuevo fue más rápido.

-¿Es eso todo lo qué tenéis?-murmuró con todo el valor del que fue capaz Ana, esa ofensa pilló al fornido desprevenido y ella aprovechó para colarse por uno de los lados. Preparada para correr, su cara se golpeó esta vez con un pecho distinto. Olía a almizcle. Ascendió su barbilla y aquellas gafas de pasta negra odiosas la miraron:
-¿A dónde vas?-murmuró el supuesto conserje con una sonrisa traviesa. Ana sabía su respuesta y fiel a sus impulsos le propinó un puñetazo inesperado en la mejilla. Esa vez nada la detenía. -¿De verdad?-se burló él, no le había causado el mínimo daño y Pablo había aprovechado la oportunidad para agarrar fuertemente su muñeca y estrujarla. Divertido empujó a Ana contra una taquilla y la clavó allí. Por encima del hombro de él, ella podía ver como Hugo se deleitaba con la escena. Definitivamente aquellos pijos estaban fatal. Ana intentó acertar una patada en los huevos a su agresor pero él presionaba sus piernas contra las de ella haciendo que fuera inútil. Se sonrojó cuando sus ojos se cruzaron con los ojos azules del chico, desde fuera aquello parecería otra cosa.

-¡Suéltame!-gritó Ana. Habiendo cámaras por todas partes, ¿nadie veía aquello?.
-Algún día desearás que vuelva a hacerlo-murmuró confiado Pablo-me desearás tanto que soñarás con este momento.
-¿Quieres otro puñetazo?-lo fulminó Ana mientras seguía forcejeando y haciéndose daño en la lucha contra las extremedidades de piedra de él.

-¡Ya está bien!-gritó con fiereza una nueva voz. Ana se giró y descubrió a la reina. Su cabello dorado le caía en forma de tenues ondulaciones sobre los hombros, se había oscurecido un tono o puede que, tal vez, ese halo de popularidad se apagase si tenía lejos a su séquito. Hugo acabó con la situación:

-Pablo ¡déjala ir!-al principió se resistió, no obstante, terminó por soltar a Ana.

-Julia, sólo estábamos jugando-se explicó Hugo, no había súplica en su voz, únicamente verdad.

-Y luego te preguntas por qué no salgo contigo-golpe bajo, él se acercó a ella y le atrapó la muñeca.

-¡No me toques!-farfulló ella liberándose de él.

Ana se acercó a Julia poco a poco y dijo:

-Gracias-ella la miró como si le estuviera gastando una broma de mal gusto.

-Desaparece antes de que me arrepienta- a quién ofende con la fuerza y quien ofende con palabras, no sabría decir cuál duele más. Reyes, despectivos y déspotas, Ana quiso escupir a Julia en la cara. No la votaría como reina de la primavera, ni siquiera bajo amenaza.


¿Dónde quedaba el orgullo de Ana? Un juguete para unos y nada para otros. Un peón en el ajedrez de el arcan. <<Un peón también puede hacer jaque mate>> pensó. Y sé marchó con la cabeza bien alta.
Nadie le prestó atención y sin embargo, Pablo se tocaba la mejilla y movilizaba la mandíbula, sólo él se acordaría de ella.