Hugo Doyle. Rey de el arcan, premio en belleza, as intelectual y heredero de una gran fortuna. Tenerlo "todo" en un mundo en el que día a día, personas se enfrentan a adversidades y viven sumidas en enormes crisis, le concedía un lugar privilegiado.
La dibujante siempre lo había perfilado del mismo modo sobre el papel. Jamás lo diría en voz alta, pero Hugo Doyle brillaba, un halo de luz dorada lo envolvía. Quizá fuese una consecuencia del oro que poseía su familia, de la seguridad que tenía en sí mismo. O, como ella aventuraba, simplemente se tratase del vello dorado que recorría parte de su cuerpo.
Cuando era más niña, efecto de la inocencia e ingenuidad, había caído en la trampa de esos ojos casi sobrenaturales. Lo solía ver con unos ojos muy distintos a los de ahora, él era el sol en su cénit. Sin embargo, no tardó mucho en comprender que su luz la había cegado, que no veía con claridad.
Hugo Doyle pertenecía a esa clase de chico tópico popular.
Sobre todo, ese mismo año, ahora que había vuelto a atormentarle, se reafirmaba la imagen que en su cabeza había tenido de él. Aquel curso, como hace cuatro años, volvía a tenerlo en clase. Debía ver cada mañana su varonil espalda recostada sobre la silla, su cabello rubio y su perfil, cuando de vez en cuando, gastaba bromas o se reía junto a sus compañeros de gracia de la profesora de dibujo técnico. Pero prefería las últimas filas que sentir su mirada en la nuca o ser objeto de sus burlas. <<Pobre profesora de dibujo>>, pensaba de vez en cuando, era bastante gruesa y sus gestos eran poco afeminados. Sin embargo, nadie podía poner en duda que hacía bien su trabajo, aunque mantener a raya a Hugo Doyle y sus secuaces era algo para lo que hacía falta algo más que un doctorado o una cátedra.
-Profesora no nos comas-le murmuraba cuando les mandaba demasiados ejercicios. Pero era mayor, lo exclusivo a los susurros. Cuchicheos que la profesora no podía contraatacar y sentía a su espalda.
Dejaba de dibujar circunferencias en la pizarra y se giraba:
-¿Quiere comentar algo a la clase, señorito Doyle?-pese a la mirada inquisitiva de la profesora, Hugo sonreía con picardía:
-¿Oye voces profesora Nadia? Nadie ha dicho nada-muchos reprimían la risa y ella fulminaba con la mirada a uno de sus alumnos más excelentes. El comportamiento de Hugo Doyle no tenía que ver con la chulería de un chico de barrio, no era agresiva ni directa. Desprendía superioridad, era sutil pero infalible. Y aunque la dibujante nunca lo reconociera, muchas veces le había sido inevitable no reirse frente a su sarcasmo. Pero, eso no dejaba de ser visto ante sus ojos como una maldad sin perdón. Sabía como se sentía alguien humillado y se había prometido a sí misma que no participaría en ningún grupo que se cebara riéndose de los demás. Tal vez por eso, estaba tan sola.
La nobleza tenía sus rivalidades con "la sociedad artística", ante todo cuando se acercaban las representaciones teatrales de fin de trimestre. Los reyes amaban los papeles protagónicos y pisaban a cualquiera que los contradijese en materia de guión, vestuario o interpretación. Aún ámbitos paralelos, en situaciones comunes, "la sociedad artística" se veía obligada a moder el polvo y someterse a "la nobleza". Eran una minoría. No obstante, la dibujante nunca se había visto totalmente integrada en "la sociedad", no eran mala gente pero tenían medidas demasiado revolucionarias para su gusto, una segunda revolución francesa suponía cortar cabezas y ella no quería ensuciarse las manos.
"La sociedad" estaba formada principalmente por gente como Lucas, Carol, Helena, Maite y Lola. Gente humanitaria y fanática intelectual que se había visto humillado incluso en su propio ámbito por coeficientes intelectuales como los de Hugo o Pablo, o en las delegaciones, por la popularidad de Julia, Cayetana y Virginia. El despotismo real conseguía vencer las promesas liberales.
**
Chispeaba. Observó su reflejo en el cristal
de una juguetería. Bajo el paraguas, una chica de cabellos color caramelo la
miraba, que pena que el escaparate no pudiera captar sus brillantes ojos
verdes. Vestía una camisa blanca, una falda de raso gris y unos zapatos
que habían sobrevivido a la lluvia.
-Hola-le habló
una voz. La muchacha se volvió hacia su nuevo acompañante. Gotitas de
lluvia resbalaban sobre la piel de él, tenuemente bronceada por el sol.
-Hola
Hugo-correspondió la muchacha y sin querer, ella se perdió en aquellos
ojos verdes, casi azules, que la miraban con intensidad. Sus mejillas sonrojaron.
Volvió a la realidad.
Hugo
se aproximó a ella, tuvo que esforzarse en no retrodecer. ¿Qué iba a
hacer? ¿Besarla? No, tan sólo iba refugiarse junto a ella bajo el
paraguas.
-Mi chófer nos espera a una calle de aquí-explicó él-hay obras y... me ha costado encontrarte-añadió con un deje de frustracción. No era algo que le sucediera a menudo. A Hugo Doyle las cosas no le costaban y tal vez, ese simple hecho hacia que Julia fuera especial para él.-Pensaba que estarías esperándome junto a la boutique de la esquina-pensó en voz alta, solía ser bastante impenetrable pero en confianza se permitía aflorar algunas de sus sospechas dejándose conocer.
La chica lo miró con sorpresa y reaccionó rápido:
-Bueno, todavía no han traído la colección de otoño.-se excusó y luego recordó que Hugo Doyle no era alguien que mereciera sus explicaciones. Cubrió de superioridad su mirada.
A una calle de allí, una limusina los esperaba. Hugo le abrió la puerta y ya dentro, ambos se relajaron sobre su asiento. Un engaño óptico, las cosas no son lo que parecen. Ella se mantenía en tensión como revelaba la posición de sus hombros, y por su parte, él, refugiado en un rostro impasible, se debatía como actuar frente al misterio que Julia siempre le había supuesto.
En las afueras de la ciudad, se encontraba la casa de Hugo Doyle. No era de corte contemporáneo, como la de Julia, sino que se había creado a imitación de las mansiones de estilo victoriano y por ello, gozaba de tres plantas amplias de sillares engrisecidos distribuida a su vez en tres cuerpos verticales abuhardillados en los que despuntaban alargadas chimeneas. Un pórtico avanzado que se abría en forma de arco carpanel les dió la bienvenida después de traspasar el jardín de la entrada. La limusina los dejó frente a él.
Era extraño encontrar fuera de Inglaterra una mansión como aquella. Pero el padre de Hugo Doyle, además de ser el magnate de una gran empesa multinacional, había estudiado arquitectura y por tanto, había diseñado una réplica. Tal vez, en los Doyle fuera hereditaria la pasión por la arquitectura y no una simple imposición paternal.
Agatha les abrió la puerta. Era una asistenta mucho mayor que Adelaida, su edad sobrepasaba los cincuenta. Pero recibió a los jóvenes con la misma ternura.
-Ha regresado temprano señorito Hugo-sonrió la mujer.-Encantada de tenerte aquí de nuevo señorita Julia-murmuró Agatha y la comisura de los labios de la muchacha ascendió.-pueden pasar ya a la sala, en un momento les llevaré algo de comer.
La joven lanzó una última ojeada hacia arriba antes de seguir a Hugo dentro.
Todo tenía un tono antiguo que la encandilaba, era como evadirse a otra época. Había cuadros exquisitos en las paredes, y se acercó tímida a un cuadro de Degas. Su mirada se perdió en los trazos que conformaban las bailarinas y en los tonos pastel del autor impresionista.
Hugo reparó en ello.
-¿Ahora te interesa el arte?-había levantado una ceja. Ella negó y miró con indiferencia la obra.
-Me preguntaba si a ti te gustaba-se sorprendió diciendo y luego se corrigió-Cayetana no es que sea una fanática, ya sabes.
-Hablando de Cayetana-musitó él-no vendrá hasta tarde, está en el club con Pablo-informó, Cayetana era su hermana. Aunque a la muchacha no le agradó que cambiará de tema.
-Ya lo sé-admitió cortante-De no haber sido así no estaría aquí.
-Bueno-suspiró él reprimiendo una mirada fulminante que asomaba por sus ojos y componiendo la más pícara de sus sonrisas-Tenemos varias opciones.
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