domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 3

El sonido de la música en sus oídos le transmitía fuerza, era como un maravilloso eco que tras rozar la piel a modo de caricia, la traspasaba llegando a lo más hondo, a aquel lugar secreto. Se sentía en una burbuja. Cerró la taquilla, no oyó el golpe, ni el click del candado. Y se giró.

La escena se congeló. Un largo pasillo repleto de adolescentes se detuvo como en un cuadro. Pinceladas dispares definían sus rostros.

Tras una vista panorámica, su mirada profundizó en los detalles. Como si aumentara una lente, sus ojos se centraron en una pareja que se encontraba abrazada en una de las taquillas cercanas, acataron una mínima distancia para sonreirse. Cualquiera, dentro de una perspectiva superficial, diría lo mismo, se querían. No obstante, ella había aprendido a mirar más allá. Los ojos de la chica irradiaban ¿amor?, más bien adoración por sus bíceps o esclavitud por el rostro perfecto y los ojos azules que la miraban tras unas gafas negras de pasta. En cuanto a él, ese fuego en su mirada delataba un deseo ajeno del romanticismo ideal, era toda una inspiración carnal. La escena se movió a cámara lenta, él presionó sus labios contra los de ella y de manera casi imperceptible, descendió unos centímetros la mano que antes había aferrado a su cintura. Y , de nuevo, esperando un sólo aliento entre labio y labio, él hizo suyo el labio inferior de ella, acariciándolo con los dientes.

Una nueva situación dejó a la pareja en segundo lugar. Apoyando un brazo sobre otra taquilla, un chico rubio clavaba unos ojos verdes altamente seductores en una chica de cabello dorado ceniciento, no parecía tener tanta suerte como su amigo, la chica ni lo miraba. A ella se le pasó por la cabeza apiadarse de él, un solo segundo, pero era Hugo Doyle, no merecía su atención. Evitó fijarse en la chica y reprimió la quemazón. No muy lejos, dos alumnas susurraban mirando en la dirección que ella acababa de abandonar.

Y detrás de la nobleza, todo lo demás. La gran riqueza escondida de el arcan, miles de diamantes en bruto. Vio a Helena con los miles de libros que reflejaban el alto grado intelectual de su cabeza o bien su esfuerzo desmedido, nadie recordará que este año ganó sus terceras olimpiadas de matemáticas, ojalá más de uno se parara a ver los premios extraordinarios y no las copas de baloncesto del equipo masculino de la vitrina de cristal del vestíbulo. Cerca, dos muchachas se miran con determinación, ella las recuerda, Maite y Lola, grandes activistas y ecologistas, sacan una pancarta de una taquilla ¿qué denunciarán está vez?, posiblemente sean las únicas que se rebelan contra la clase de vida que llevan. También está Carol, ella conoce sus proezas creativas, experta en audiovisuales, suele realizar los guiones de las obras de teatro del festival trimestral, ahora porta una cámara de vídeo en las manos. A su lado, Lucas, su aliado artístico y novio le recita un poema que le ha escrito, ella se sonroja y se esconde tras la cámara, es tímida ante el protagonismo.

 Y, por último, se deja llevar por nuevas caras. Al final del pasillo, una chica de cabello color chocolate mira insegura en rededor mientras conversa con Javier, alias información ( le veía un gran futuro como periodista). Se disponía a indagar en el rostro de esa nueva chica cuando todos aquellos puntos que había trazado se paralizaron de nuevo pasando a formar parte del decorado. Un nuevo personaje entraba a escena.

Caminaba como si sus pies apenas se deslizaran sobre el suelo blanco, sus ojos tenían un solo destino y era mirar al frente, donde se encontraba ella. Que unos ojos azules, profundos y etéreos se fijaran en ella, vieran lo invisible, siempre la había desconcertado. Su corazón se encogió y de golpe, inició latidos apresurados. Él desvió la vista hacia su derecha y encontró lo que estaba buscando, Hugo Doyle.

Para ella, la sola presencia de aquel chico rompía cualquier escena que entretejiese su mirada. Él dirigió su vista hacia donde se encontraba una última vez, y después la posó nuevamente en su amigo. Tras él, como un guardaespaldas, estaba el fornido Carlos.

En los labios de la dibujante se propagó una sonrisa, y su reproductor de música cambió de canción.


**

Los últimos dos días, Javier le había enseñado a Ana lo básico que debía saber sobre el arcan. Al parecer la nobleza no lo era todo y había maneras de escapar a su influencia.

-Artes-murmuraba Javier acompañando a Ana a su taquilla.
-¿Artes?-repitió Ana levantando una ceja.
-Hay actividades extraescolares relacionadas con eso-prosiguió el muchacho-tienes la mejor programación de dibujo, pintura, coro, banda de música, teatro...-hizo una pausa-¿olvidas qué se trata de un instituto de élite? !Tenemos hasta piscina!-Ana lo sopesó e hizo una mueca.
-Yo no sé que se me da bien de eso-reconoció.-Soy muy buena estudiando pero...-Javier la analizó con la mirada mientras mesaba su barbilla con los finos dedos de su mano izquierda.
-¡Hípica!-soltó de repente sobresaltando a Ana.-¿Te has montado alguna vez en un caballo?-el pánico reflejado en la cara de Ana lo silenció.-Está bien.-murmuró resignado.
-¿Qué tiene que ver la hípica con las artes?.
-Segunda alternativa de el arcan : deportes-suspiró-aunque la nobleza los domina.
-Y tú, ¿qué haces?-hizo de su curiosidad palabras Ana.
-Consigo información para el periódico, realizo entrevistas...-sonrió orgulloso-tenemos hasta radio y se está pensando hasta en crear un canal...
-¿Puedes pellizcarme otra vez?-le suplicó Ana incrédula tendiéndole el brazo. Javier negó con la cabeza:
-Maltratar a novatas no está dentro de mi filosofía-ella asintió, le había contado su fatal accidente con la nobleza.
-Sinceramente no creo que vuelvan a perder su tiempo "real" conmigo-dijo Ana con sarcasmo. Javier abrió mucho los ojos y sonrió con inocente malicia.
-Últimamente se aburren mucho, aún no han empezado los entrenamientos, yo de ti no me confiaría.-ella bufó y huyó de esos ojos almendrados para abrir su taquilla. Miró insegura a su alrededor.
-Realmente, creo que no tienen ningún poder-opinó-son chicos normales que necesitan creerse importantes para ser felices, superiores a los demás, es tan típico que cansa.
-No son sólo chicos que por una cara bonita triunfan en el instituto y tienen un éxito pasajero-la contradijo Javier-tienen pasta y en este instituto pueden hacer lo que quieran.
-Javier, hablas y hablas y yo todavía no he visto nada de lo que dices-se exasperó Ana.-Unos simples abusones no me van a hacer retroceder. Confío en que esto no sea un parvulario.-cerró su taquilla con rabia.
-Yo te lo he advertido-dijo Javier y dirigió una mirada veloz al reloj de su muñeca-Lo siento pero tengo que irme-alzó su mano derecha a modo de despedida-Ya nos vemos.-Se marchó.

Ana decidió que las opciones que le planteaba Javier eran útiles ya no para esa supuesta huida, sino para conocer a más gente y hacer amigos, las consideraría. Mientras tanto, avanzó por el pasillo sumida en sus pensamientos, y ni siquiera percibió que en apenas segundos había quedado casi desierto. Y como siempre, los matices son importantes, ese "casi" podía cambiarlo todo.

Chocó contra algo y salió de su ensimismamiento. Se había dado de bruces contra unos fuertes pectorales y una parte de ella sonrojó. Alzó la mirada, un chico de cara cuadrada y prominentes pómulos la miraba con dureza.

-¿Dónde vas guapa?-se quedó perpleja ¿de verdad estaba sucediendo? Rodeó con la vista la escena y vió a Hugo y al supuesto conserje, todo parecía apuntar que sí. No contestó y se deslizó buscando una vía libre para seguir avanzando, el fornido adelantó sus movimientos y volvió a impedirle continuar su camino.

-¿No le vas a contestar?-preguntó a son de burla Hugo que apoyaba fuertemente su espalda contra una taquilla-Te creía más valiente-ironizó. 

Ana lo intentó una vez más, pero el fornido sin nombre de nuevo fue más rápido.

-¿Es eso todo lo qué tenéis?-murmuró con todo el valor del que fue capaz Ana, esa ofensa pilló al fornido desprevenido y ella aprovechó para colarse por uno de los lados. Preparada para correr, su cara se golpeó esta vez con un pecho distinto. Olía a almizcle. Ascendió su barbilla y aquellas gafas de pasta negra odiosas la miraron:
-¿A dónde vas?-murmuró el supuesto conserje con una sonrisa traviesa. Ana sabía su respuesta y fiel a sus impulsos le propinó un puñetazo inesperado en la mejilla. Esa vez nada la detenía. -¿De verdad?-se burló él, no le había causado el mínimo daño y Pablo había aprovechado la oportunidad para agarrar fuertemente su muñeca y estrujarla. Divertido empujó a Ana contra una taquilla y la clavó allí. Por encima del hombro de él, ella podía ver como Hugo se deleitaba con la escena. Definitivamente aquellos pijos estaban fatal. Ana intentó acertar una patada en los huevos a su agresor pero él presionaba sus piernas contra las de ella haciendo que fuera inútil. Se sonrojó cuando sus ojos se cruzaron con los ojos azules del chico, desde fuera aquello parecería otra cosa.

-¡Suéltame!-gritó Ana. Habiendo cámaras por todas partes, ¿nadie veía aquello?.
-Algún día desearás que vuelva a hacerlo-murmuró confiado Pablo-me desearás tanto que soñarás con este momento.
-¿Quieres otro puñetazo?-lo fulminó Ana mientras seguía forcejeando y haciéndose daño en la lucha contra las extremedidades de piedra de él.

-¡Ya está bien!-gritó con fiereza una nueva voz. Ana se giró y descubrió a la reina. Su cabello dorado le caía en forma de tenues ondulaciones sobre los hombros, se había oscurecido un tono o puede que, tal vez, ese halo de popularidad se apagase si tenía lejos a su séquito. Hugo acabó con la situación:

-Pablo ¡déjala ir!-al principió se resistió, no obstante, terminó por soltar a Ana.

-Julia, sólo estábamos jugando-se explicó Hugo, no había súplica en su voz, únicamente verdad.

-Y luego te preguntas por qué no salgo contigo-golpe bajo, él se acercó a ella y le atrapó la muñeca.

-¡No me toques!-farfulló ella liberándose de él.

Ana se acercó a Julia poco a poco y dijo:

-Gracias-ella la miró como si le estuviera gastando una broma de mal gusto.

-Desaparece antes de que me arrepienta- a quién ofende con la fuerza y quien ofende con palabras, no sabría decir cuál duele más. Reyes, despectivos y déspotas, Ana quiso escupir a Julia en la cara. No la votaría como reina de la primavera, ni siquiera bajo amenaza.


¿Dónde quedaba el orgullo de Ana? Un juguete para unos y nada para otros. Un peón en el ajedrez de el arcan. <<Un peón también puede hacer jaque mate>> pensó. Y sé marchó con la cabeza bien alta.
Nadie le prestó atención y sin embargo, Pablo se tocaba la mejilla y movilizaba la mandíbula, sólo él se acordaría de ella.

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