Hugo Doyle. Rey de el arcan, premio en belleza, as intelectual y heredero de una gran fortuna. Tenerlo "todo" en un mundo en el que día a día, personas se enfrentan a adversidades y viven sumidas en enormes crisis, le concedía un lugar privilegiado.
La dibujante siempre lo había perfilado del mismo modo sobre el papel. Jamás lo diría en voz alta, pero Hugo Doyle brillaba, un halo de luz dorada lo envolvía. Quizá fuese una consecuencia del oro que poseía su familia, de la seguridad que tenía en sí mismo. O, como ella aventuraba, simplemente se tratase del vello dorado que recorría parte de su cuerpo.
Cuando era más niña, efecto de la inocencia e ingenuidad, había caído en la trampa de esos ojos casi sobrenaturales. Lo solía ver con unos ojos muy distintos a los de ahora, él era el sol en su cénit. Sin embargo, no tardó mucho en comprender que su luz la había cegado, que no veía con claridad.
Hugo Doyle pertenecía a esa clase de chico tópico popular.
Sobre todo, ese mismo año, ahora que había vuelto a atormentarle, se reafirmaba la imagen que en su cabeza había tenido de él. Aquel curso, como hace cuatro años, volvía a tenerlo en clase. Debía ver cada mañana su varonil espalda recostada sobre la silla, su cabello rubio y su perfil, cuando de vez en cuando, gastaba bromas o se reía junto a sus compañeros de gracia de la profesora de dibujo técnico. Pero prefería las últimas filas que sentir su mirada en la nuca o ser objeto de sus burlas. <<Pobre profesora de dibujo>>, pensaba de vez en cuando, era bastante gruesa y sus gestos eran poco afeminados. Sin embargo, nadie podía poner en duda que hacía bien su trabajo, aunque mantener a raya a Hugo Doyle y sus secuaces era algo para lo que hacía falta algo más que un doctorado o una cátedra.
-Profesora no nos comas-le murmuraba cuando les mandaba demasiados ejercicios. Pero era mayor, lo exclusivo a los susurros. Cuchicheos que la profesora no podía contraatacar y sentía a su espalda.
Dejaba de dibujar circunferencias en la pizarra y se giraba:
-¿Quiere comentar algo a la clase, señorito Doyle?-pese a la mirada inquisitiva de la profesora, Hugo sonreía con picardía:
-¿Oye voces profesora Nadia? Nadie ha dicho nada-muchos reprimían la risa y ella fulminaba con la mirada a uno de sus alumnos más excelentes. El comportamiento de Hugo Doyle no tenía que ver con la chulería de un chico de barrio, no era agresiva ni directa. Desprendía superioridad, era sutil pero infalible. Y aunque la dibujante nunca lo reconociera, muchas veces le había sido inevitable no reirse frente a su sarcasmo. Pero, eso no dejaba de ser visto ante sus ojos como una maldad sin perdón. Sabía como se sentía alguien humillado y se había prometido a sí misma que no participaría en ningún grupo que se cebara riéndose de los demás. Tal vez por eso, estaba tan sola.
La nobleza tenía sus rivalidades con "la sociedad artística", ante todo cuando se acercaban las representaciones teatrales de fin de trimestre. Los reyes amaban los papeles protagónicos y pisaban a cualquiera que los contradijese en materia de guión, vestuario o interpretación. Aún ámbitos paralelos, en situaciones comunes, "la sociedad artística" se veía obligada a moder el polvo y someterse a "la nobleza". Eran una minoría. No obstante, la dibujante nunca se había visto totalmente integrada en "la sociedad", no eran mala gente pero tenían medidas demasiado revolucionarias para su gusto, una segunda revolución francesa suponía cortar cabezas y ella no quería ensuciarse las manos.
"La sociedad" estaba formada principalmente por gente como Lucas, Carol, Helena, Maite y Lola. Gente humanitaria y fanática intelectual que se había visto humillado incluso en su propio ámbito por coeficientes intelectuales como los de Hugo o Pablo, o en las delegaciones, por la popularidad de Julia, Cayetana y Virginia. El despotismo real conseguía vencer las promesas liberales.
**
Chispeaba. Observó su reflejo en el cristal
de una juguetería. Bajo el paraguas, una chica de cabellos color caramelo la
miraba, que pena que el escaparate no pudiera captar sus brillantes ojos
verdes. Vestía una camisa blanca, una falda de raso gris y unos zapatos
que habían sobrevivido a la lluvia.
-Hola-le habló
una voz. La muchacha se volvió hacia su nuevo acompañante. Gotitas de
lluvia resbalaban sobre la piel de él, tenuemente bronceada por el sol.
-Hola
Hugo-correspondió la muchacha y sin querer, ella se perdió en aquellos
ojos verdes, casi azules, que la miraban con intensidad. Sus mejillas sonrojaron.
Volvió a la realidad.
Hugo
se aproximó a ella, tuvo que esforzarse en no retrodecer. ¿Qué iba a
hacer? ¿Besarla? No, tan sólo iba refugiarse junto a ella bajo el
paraguas.
-Mi chófer nos espera a una calle de aquí-explicó él-hay obras y... me ha costado encontrarte-añadió con un deje de frustracción. No era algo que le sucediera a menudo. A Hugo Doyle las cosas no le costaban y tal vez, ese simple hecho hacia que Julia fuera especial para él.-Pensaba que estarías esperándome junto a la boutique de la esquina-pensó en voz alta, solía ser bastante impenetrable pero en confianza se permitía aflorar algunas de sus sospechas dejándose conocer.
La chica lo miró con sorpresa y reaccionó rápido:
-Bueno, todavía no han traído la colección de otoño.-se excusó y luego recordó que Hugo Doyle no era alguien que mereciera sus explicaciones. Cubrió de superioridad su mirada.
A una calle de allí, una limusina los esperaba. Hugo le abrió la puerta y ya dentro, ambos se relajaron sobre su asiento. Un engaño óptico, las cosas no son lo que parecen. Ella se mantenía en tensión como revelaba la posición de sus hombros, y por su parte, él, refugiado en un rostro impasible, se debatía como actuar frente al misterio que Julia siempre le había supuesto.
En las afueras de la ciudad, se encontraba la casa de Hugo Doyle. No era de corte contemporáneo, como la de Julia, sino que se había creado a imitación de las mansiones de estilo victoriano y por ello, gozaba de tres plantas amplias de sillares engrisecidos distribuida a su vez en tres cuerpos verticales abuhardillados en los que despuntaban alargadas chimeneas. Un pórtico avanzado que se abría en forma de arco carpanel les dió la bienvenida después de traspasar el jardín de la entrada. La limusina los dejó frente a él.
Era extraño encontrar fuera de Inglaterra una mansión como aquella. Pero el padre de Hugo Doyle, además de ser el magnate de una gran empesa multinacional, había estudiado arquitectura y por tanto, había diseñado una réplica. Tal vez, en los Doyle fuera hereditaria la pasión por la arquitectura y no una simple imposición paternal.
Agatha les abrió la puerta. Era una asistenta mucho mayor que Adelaida, su edad sobrepasaba los cincuenta. Pero recibió a los jóvenes con la misma ternura.
-Ha regresado temprano señorito Hugo-sonrió la mujer.-Encantada de tenerte aquí de nuevo señorita Julia-murmuró Agatha y la comisura de los labios de la muchacha ascendió.-pueden pasar ya a la sala, en un momento les llevaré algo de comer.
La joven lanzó una última ojeada hacia arriba antes de seguir a Hugo dentro.
Todo tenía un tono antiguo que la encandilaba, era como evadirse a otra época. Había cuadros exquisitos en las paredes, y se acercó tímida a un cuadro de Degas. Su mirada se perdió en los trazos que conformaban las bailarinas y en los tonos pastel del autor impresionista.
Hugo reparó en ello.
-¿Ahora te interesa el arte?-había levantado una ceja. Ella negó y miró con indiferencia la obra.
-Me preguntaba si a ti te gustaba-se sorprendió diciendo y luego se corrigió-Cayetana no es que sea una fanática, ya sabes.
-Hablando de Cayetana-musitó él-no vendrá hasta tarde, está en el club con Pablo-informó, Cayetana era su hermana. Aunque a la muchacha no le agradó que cambiará de tema.
-Ya lo sé-admitió cortante-De no haber sido así no estaría aquí.
-Bueno-suspiró él reprimiendo una mirada fulminante que asomaba por sus ojos y componiendo la más pícara de sus sonrisas-Tenemos varias opciones.
martes, 18 de septiembre de 2012
martes, 11 de septiembre de 2012
Capítulo 5
Se dirigía al departamento de arte. Debía hablar con el actual coordinador para solicitar nuevos materiales. Y, sin embargo, en el momento en el que atisbó la escena que se dibujaba al otro lado del cristal, se paró en seco. Hugo Doyle hablaba amigablemente con el jefe del departamento y le tendía una hoja. A la dibujante se le heló la sangre.
-¿De verdad no sabe a quién pertenece?-le preguntó perseverante Hugo.
-No-murmuró-Aunque hay una gran madurez en los trazos-comentó-es obra de alguien que lleva tiempo en ello.-Hugo perdía la mirada pensativo.-Si quiere puedo quedármelo y...
-¡No!-cortó de forma rotunda el joven y se lo arrebató de las manos-Queda claro que no me ha dicho más de lo que ya sabía-inspiró-si averigua algo, envie a alguien a buscarme.
El joven salió por la puerta y la dibujante se pegó al cristal y aguantó la respiración. Cuanto deseaba usurparle esa hoja de las manos. Por ahora, solamente podía refugiarse en su capa de invisibilidad, y pasar desapercibida.
**
Ana respiró hondo y alzó la vista de la tarjetita que llevaba en una de sus manos. Frente a ella, una mansión de corte contemporáneo se erguía.
Tocó al timbre.
-¿Quién es?-se oyó una voz de mujer.
-Ana-respondió-Soy...-sonó un click y la puerta se abrió.
-Bienvenida a la casa de los Escribano-murmuró aquella voz. Ana parpadeó, estaba siendo observabada a través de la cámara que había sobre el timbre. Empujó la puerta hacia dentro e introdujo junto a ella la bicicleta que la había conducido hasta allí. La parte rica y privilegiada de la ciudad.
Un breve trayecto de césped sintético y camino pedregoso le hizo observar mejor el hogar de Julia.
Constaba de dos plantas rectangulares adinteladas por un material color madera que sobresalía en forma de cornisa en ambos pisos. De esta forma, el color ocre contrastaba de forma armónica con el sillar regular blanco como dos elementos combinados. Los grandes ventanales y la amplia terraza del primer piso no hacían más que afianzar su aspecto innovador. Toda ella destilaba lujo.
Tragó saliva y descendió la vista, no debía dejar que aquella casa la intimidara.
Una mujer de unos cuarenta años la esperaba en la puerta con una sonrisa:
-Bienvenida señorita-comunicó, y Ana reconoció la voz que había escuchado por el interfono.
La mujer se llamaba Adelaida y era la asistenta de la casa. La guió hasta un cobertizo en la parte posterior y Ana dejó escapar una exclamación de asombro al descubrir allí una piscina de tamaño olímpico.
-Por aquí señorita-murmuró Adelaida al ver que Ana se había detenido. Ana asintió y ambas se acercaron a un pequeño trastero abovedado. Tras guardar allí la bicicleta volvieron a la entrada principal.
Ana reparó en la vestimenta de Adelaida, un traje de empleada azul marino con bordados níveos. Incluso su moño estaba recogido de forma impecable. Al traspasar la puerta de la casa, su vista se trasladó de criada a señora. Julia descendía las escaleras del vestíbulo con exasperación.
-Hola-musitó Ana. Julia la miró y pronunció:
-Llegas diez minutos tarde-Ana se quedó pálida pero pronto volvió a la normalidad-Vamos a subir a mi habitación porque Adel tiene que limpiar la planta baja.
En ese mismo instante, se oyó el sonido de una canción sonar progresivamente con mayor intensidad en la planta superior. Ana la reconoció, las cuatro estaciones de Vivaldi.
-Espera aquí-le ordenó Julia que resopló y subió las escaleras veloz. Acto seguido, desapareció en la planta de arriba.
Era raro para Ana ver a Julia con otra ropa que no fuera el uniforme. Portaba unos vaqueros y una camisa blanca pero aún así lo lucía con estilo. Se miró los zapatos avergonzada, a ella no le había dado tiempo a quitarse el uniforme.
Minutos después, Julia regresó. La música había cesado.
-Sígueme-dijo, Ana obedeció y se encaminó escaleras arriba. Fue entonces cuando descubrió que la música solamente había disminuido, volaba acariciando el aire desde la habitación del fondo del pasillo. ¿Qué habría tras aquella puerta? Permanecía entornada dejando escapar tenues sonidos. No obstante, Julia se internó en una de las primeras puertas.
Una segunda exclamación ahogada formularon los labios de Ana al contemplar por primera vez la habitación de Julia. Era como tres veces su habitación. Una mayúscula cama con dosel, una espaciosa mesa escritorio con dos sillas y una cómoda la componían y, a su vez, se abrían tres habitaciones: un baño, un ropero y un balcón.
Ana ya había olvidado la música. Julia examinó su habitación con determinación.
-Ponte cómoda-sugirió Julia-ahora vuelvo-anunció, un interrogante se reflejaba ahora en sus ojos verdes.
-¿Puedo ir al servicio?-casi susurró Ana antes de que Julia diera media vuelta. Ella asintió con un gesto de cabeza y se desvaneció de nuevo.
**
Cuando Ana salió del baño pensó que en cualquier momento se desmallaría ante tanto lujo. Con curiosidad, se había detenido a mirar las miles de cremas que Julia tenía sobre la cómoda del baño, así como los perfumes. Las excepcionalidad de las primeras marcas hizo viajar a la mente de Ana aquellos anuncios televisivos que modelos famosas protagonizaban. Pero, al tener entre las manos una botella de 50ml de channel nº 5, no pudo resistir la tentación de vaporizar aquella tradicional fragancia y olerla por primera vez. Rocío una diminuta gota sobre la muñeca, esperó unos segundos e inspiró. Un aroma fuerte impregnó sus fosas nasales. <<Limón>> pensó. La devolvió a su sitio con rapidez y se arrepintió. No estaba bien tocar sin permiso las cosas de los demás.
Se sentó en una de las sillas del escritorio y esperó. De improviso, escuchó un fuerte estornudo.
-¿Julia?-preguntó al silencio Ana. Se oyó el ruido de una percha caerse y ella dirigió la mirada hacia el vestidor. Inesperadamente hubo respuesta. Julia salió por la puerta, llevaba consigo una falda de raso grisácea, una camisa blanca y unos zapatos:
-¿Algún problema?-dijo de forma seca.-Ana no contestó.
-Tengo que llevar un momento esto al otro baño, en este no funciona el agua caliente.-se explicó Julia con seriedad. Pese a aquella interpretación aparentemente imperturbable, Ana percibió nerviosismo en Julia.
**
Dejó encima de la cómoda del pasillo durante unos segundos la ropa que transportaba mientras tecleó en el teléfono. Cuando la línea ya comunicaba en su oído, asió de nuevo la indumentaria y avanzó por el pasillo:
-Casa de los Doyle-habló una voz al otro lado.
-Podría ponerme con Hugo, por favor-pidió.
-Espere un momento señorita-declaró. Tres parpadeos después, una voz varonil preguntó:
-¿Quién eres?-la muchacha respiró hondo y pronunció:
-Julia.
**
Por fin, Julia retornó para no marchar. Cargaba sobre un hombro su bandolera y en una de sus manos aferraba con fuerza el teléfono móvil. Dejó ambas cosas sobre la mesa y sacó sus apuntes, Ana la imitó.
Leyeron por encima las figuras retóricas e iniciaron su andadura con el análisis métrico de poemas y las preguntas guiadas para el comentario. Debían analizar y comentar un fragmento del poema del Mio Cid y un ejemplo de el conde lucanor. En una de las hojas ponía los pasos a seguir.
Sólo iniciaron una breve disputa a la hora de valorar en común el ejemplo. Éste era el número X y versaba sobre dos hombres que habían sido muy ricos, al final uno llega a tal pobreza que come altramuces, entonces éste mira atrás y repara en que el otro hombre, antaño más rico que él, se estaba comiendo las cáscaras que despreciaba. Los versos de Don Juan Manuel rezaban al final del cuento "Por pobreza nunca desmayéis / pues otros más pobres que vos hallaréis".
-No estoy de acuerdo con el cuento-murmuró Julia-Habla de resignación y conformismo.
-Pero es que no pueden cambiar su situación-explicó Ana- y deben ser felices con lo que les ha deparado la vida, pensando que hay otros en peores circunstancias.
-Si se conforman sin más, no son dueños de su vida.-defendía Julia. Ana suspiró.
-Es una moraleja relacionada con las desgracias. A veces son consecuencias de decisiones, pero otras, no están en nuestra mano...
-Todo está en nuestra mano-la contradijo Julia.-A veces se me olvida el complejo de inferioridad que tenéis los pobres y vuestra moral del rebaño.
Por suerte, Adelaida hizo que la paz reinara de nuevo en la habitación irrumpiendo con una bandeja de pan rebanado integral. Untado sobre él había queso y lonchas de salmón, un ramillete de perejil decoraba un lado del plato. Para beber una jarra de cristal con zumo de piña y una botella de nestea.
-Señorita Ana, si no le agrada puedo preparar otra cosa-propuso la asistenta.
-No se preocupe-sonrió Ana-tiene una pinta deliciosa.
**
Ana entendía la manera de pensar de Julia, pero no la compartía. Para ella, todo parecía ser posible y todo estaba en nuestra mano. Tal vez podamos elegir, no obstante, a veces no tenemos opción. Ser un joven rico y talentoso puede hacerte sentir poderoso, un Dios. Y, sin embargo, a veces para ser feliz debes aprender a valorar tu vida, puede que en ella no hallan grandes joyas, despanpanantes descapotables y mansiones monumentales. Pero puedes ver el sol cada mañana, abrazar a un ser querido, dormir bajo un techo y comer cada día. Esas pequeñas cosas son las que verdaderamente importan, el resto es secundario y prescindible.
Ana estaba segura de que Julia no había conocido la palabra fracaso y que jamás podría vivir más allá de cuatro paredes de diamantes.
Terminaron el trabajo y Julia acompañó a Ana hasta la puerta.
-Ya sabes-le comentó-Nunca has tenido la suerte de estar aquí-Ana la fulminó con la mirada.
-¿Por qué eres tan desagradable conmigo?-se atrevió.
-Te has codiciado con la chusma y tener cerebro te hace creer que te diferencias de ella, que puedes vivir a mi nivel-Julia la miraba fijamente-tal vez, por un momento hoy hubiera podido olvidar de donde vienes,-se rió- pero seamos realistas, has demostrado que eres chusma al ponerte una gota de mi channel nº5-a Ana se le tiñeron las mejillas de rojo-No has podido resistirlo ¿no? Sentirte por una vez importante, femenina, poderosa...-la crueldad teñía los ojos verdes en los que se reflejaba Ana-Y sentirte impotente al saber que jamás llegarás a ser esa persona.
-¿Has terminado?-preguntó con fingida indiferencia Ana. Julia sonrió.
-Deberías saber que channel nº5 es uno de los perfumes que más tiempo perduran y con un olor fuerte, una sola gota basta- Ana no respondió, dio media vuelta y se marchó con la cabeza alta, había permitido que la humillara, no iba a permitir que le afectaran sus palabras.
-¿De verdad no sabe a quién pertenece?-le preguntó perseverante Hugo.
-No-murmuró-Aunque hay una gran madurez en los trazos-comentó-es obra de alguien que lleva tiempo en ello.-Hugo perdía la mirada pensativo.-Si quiere puedo quedármelo y...
-¡No!-cortó de forma rotunda el joven y se lo arrebató de las manos-Queda claro que no me ha dicho más de lo que ya sabía-inspiró-si averigua algo, envie a alguien a buscarme.
El joven salió por la puerta y la dibujante se pegó al cristal y aguantó la respiración. Cuanto deseaba usurparle esa hoja de las manos. Por ahora, solamente podía refugiarse en su capa de invisibilidad, y pasar desapercibida.
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Ana respiró hondo y alzó la vista de la tarjetita que llevaba en una de sus manos. Frente a ella, una mansión de corte contemporáneo se erguía.
Tocó al timbre.
-¿Quién es?-se oyó una voz de mujer.
-Ana-respondió-Soy...-sonó un click y la puerta se abrió.
-Bienvenida a la casa de los Escribano-murmuró aquella voz. Ana parpadeó, estaba siendo observabada a través de la cámara que había sobre el timbre. Empujó la puerta hacia dentro e introdujo junto a ella la bicicleta que la había conducido hasta allí. La parte rica y privilegiada de la ciudad.
Un breve trayecto de césped sintético y camino pedregoso le hizo observar mejor el hogar de Julia.
Constaba de dos plantas rectangulares adinteladas por un material color madera que sobresalía en forma de cornisa en ambos pisos. De esta forma, el color ocre contrastaba de forma armónica con el sillar regular blanco como dos elementos combinados. Los grandes ventanales y la amplia terraza del primer piso no hacían más que afianzar su aspecto innovador. Toda ella destilaba lujo.
Tragó saliva y descendió la vista, no debía dejar que aquella casa la intimidara.
Una mujer de unos cuarenta años la esperaba en la puerta con una sonrisa:
-Bienvenida señorita-comunicó, y Ana reconoció la voz que había escuchado por el interfono.
La mujer se llamaba Adelaida y era la asistenta de la casa. La guió hasta un cobertizo en la parte posterior y Ana dejó escapar una exclamación de asombro al descubrir allí una piscina de tamaño olímpico.
-Por aquí señorita-murmuró Adelaida al ver que Ana se había detenido. Ana asintió y ambas se acercaron a un pequeño trastero abovedado. Tras guardar allí la bicicleta volvieron a la entrada principal.
Ana reparó en la vestimenta de Adelaida, un traje de empleada azul marino con bordados níveos. Incluso su moño estaba recogido de forma impecable. Al traspasar la puerta de la casa, su vista se trasladó de criada a señora. Julia descendía las escaleras del vestíbulo con exasperación.
-Hola-musitó Ana. Julia la miró y pronunció:
-Llegas diez minutos tarde-Ana se quedó pálida pero pronto volvió a la normalidad-Vamos a subir a mi habitación porque Adel tiene que limpiar la planta baja.
En ese mismo instante, se oyó el sonido de una canción sonar progresivamente con mayor intensidad en la planta superior. Ana la reconoció, las cuatro estaciones de Vivaldi.
-Espera aquí-le ordenó Julia que resopló y subió las escaleras veloz. Acto seguido, desapareció en la planta de arriba.
Era raro para Ana ver a Julia con otra ropa que no fuera el uniforme. Portaba unos vaqueros y una camisa blanca pero aún así lo lucía con estilo. Se miró los zapatos avergonzada, a ella no le había dado tiempo a quitarse el uniforme.
Minutos después, Julia regresó. La música había cesado.
-Sígueme-dijo, Ana obedeció y se encaminó escaleras arriba. Fue entonces cuando descubrió que la música solamente había disminuido, volaba acariciando el aire desde la habitación del fondo del pasillo. ¿Qué habría tras aquella puerta? Permanecía entornada dejando escapar tenues sonidos. No obstante, Julia se internó en una de las primeras puertas.
Una segunda exclamación ahogada formularon los labios de Ana al contemplar por primera vez la habitación de Julia. Era como tres veces su habitación. Una mayúscula cama con dosel, una espaciosa mesa escritorio con dos sillas y una cómoda la componían y, a su vez, se abrían tres habitaciones: un baño, un ropero y un balcón.
Ana ya había olvidado la música. Julia examinó su habitación con determinación.
-Ponte cómoda-sugirió Julia-ahora vuelvo-anunció, un interrogante se reflejaba ahora en sus ojos verdes.
-¿Puedo ir al servicio?-casi susurró Ana antes de que Julia diera media vuelta. Ella asintió con un gesto de cabeza y se desvaneció de nuevo.
**
Cuando Ana salió del baño pensó que en cualquier momento se desmallaría ante tanto lujo. Con curiosidad, se había detenido a mirar las miles de cremas que Julia tenía sobre la cómoda del baño, así como los perfumes. Las excepcionalidad de las primeras marcas hizo viajar a la mente de Ana aquellos anuncios televisivos que modelos famosas protagonizaban. Pero, al tener entre las manos una botella de 50ml de channel nº 5, no pudo resistir la tentación de vaporizar aquella tradicional fragancia y olerla por primera vez. Rocío una diminuta gota sobre la muñeca, esperó unos segundos e inspiró. Un aroma fuerte impregnó sus fosas nasales. <<Limón>> pensó. La devolvió a su sitio con rapidez y se arrepintió. No estaba bien tocar sin permiso las cosas de los demás.
Se sentó en una de las sillas del escritorio y esperó. De improviso, escuchó un fuerte estornudo.
-¿Julia?-preguntó al silencio Ana. Se oyó el ruido de una percha caerse y ella dirigió la mirada hacia el vestidor. Inesperadamente hubo respuesta. Julia salió por la puerta, llevaba consigo una falda de raso grisácea, una camisa blanca y unos zapatos:
-¿Algún problema?-dijo de forma seca.-Ana no contestó.
-Tengo que llevar un momento esto al otro baño, en este no funciona el agua caliente.-se explicó Julia con seriedad. Pese a aquella interpretación aparentemente imperturbable, Ana percibió nerviosismo en Julia.
**
Dejó encima de la cómoda del pasillo durante unos segundos la ropa que transportaba mientras tecleó en el teléfono. Cuando la línea ya comunicaba en su oído, asió de nuevo la indumentaria y avanzó por el pasillo:
-Casa de los Doyle-habló una voz al otro lado.
-Podría ponerme con Hugo, por favor-pidió.
-Espere un momento señorita-declaró. Tres parpadeos después, una voz varonil preguntó:
-¿Quién eres?-la muchacha respiró hondo y pronunció:
-Julia.
**
Por fin, Julia retornó para no marchar. Cargaba sobre un hombro su bandolera y en una de sus manos aferraba con fuerza el teléfono móvil. Dejó ambas cosas sobre la mesa y sacó sus apuntes, Ana la imitó.
Leyeron por encima las figuras retóricas e iniciaron su andadura con el análisis métrico de poemas y las preguntas guiadas para el comentario. Debían analizar y comentar un fragmento del poema del Mio Cid y un ejemplo de el conde lucanor. En una de las hojas ponía los pasos a seguir.
Sólo iniciaron una breve disputa a la hora de valorar en común el ejemplo. Éste era el número X y versaba sobre dos hombres que habían sido muy ricos, al final uno llega a tal pobreza que come altramuces, entonces éste mira atrás y repara en que el otro hombre, antaño más rico que él, se estaba comiendo las cáscaras que despreciaba. Los versos de Don Juan Manuel rezaban al final del cuento "Por pobreza nunca desmayéis / pues otros más pobres que vos hallaréis".
-No estoy de acuerdo con el cuento-murmuró Julia-Habla de resignación y conformismo.
-Pero es que no pueden cambiar su situación-explicó Ana- y deben ser felices con lo que les ha deparado la vida, pensando que hay otros en peores circunstancias.
-Si se conforman sin más, no son dueños de su vida.-defendía Julia. Ana suspiró.
-Es una moraleja relacionada con las desgracias. A veces son consecuencias de decisiones, pero otras, no están en nuestra mano...
-Todo está en nuestra mano-la contradijo Julia.-A veces se me olvida el complejo de inferioridad que tenéis los pobres y vuestra moral del rebaño.
Por suerte, Adelaida hizo que la paz reinara de nuevo en la habitación irrumpiendo con una bandeja de pan rebanado integral. Untado sobre él había queso y lonchas de salmón, un ramillete de perejil decoraba un lado del plato. Para beber una jarra de cristal con zumo de piña y una botella de nestea.
-Señorita Ana, si no le agrada puedo preparar otra cosa-propuso la asistenta.
-No se preocupe-sonrió Ana-tiene una pinta deliciosa.
**
Ana entendía la manera de pensar de Julia, pero no la compartía. Para ella, todo parecía ser posible y todo estaba en nuestra mano. Tal vez podamos elegir, no obstante, a veces no tenemos opción. Ser un joven rico y talentoso puede hacerte sentir poderoso, un Dios. Y, sin embargo, a veces para ser feliz debes aprender a valorar tu vida, puede que en ella no hallan grandes joyas, despanpanantes descapotables y mansiones monumentales. Pero puedes ver el sol cada mañana, abrazar a un ser querido, dormir bajo un techo y comer cada día. Esas pequeñas cosas son las que verdaderamente importan, el resto es secundario y prescindible.
Ana estaba segura de que Julia no había conocido la palabra fracaso y que jamás podría vivir más allá de cuatro paredes de diamantes.
Terminaron el trabajo y Julia acompañó a Ana hasta la puerta.
-Ya sabes-le comentó-Nunca has tenido la suerte de estar aquí-Ana la fulminó con la mirada.
-¿Por qué eres tan desagradable conmigo?-se atrevió.
-Te has codiciado con la chusma y tener cerebro te hace creer que te diferencias de ella, que puedes vivir a mi nivel-Julia la miraba fijamente-tal vez, por un momento hoy hubiera podido olvidar de donde vienes,-se rió- pero seamos realistas, has demostrado que eres chusma al ponerte una gota de mi channel nº5-a Ana se le tiñeron las mejillas de rojo-No has podido resistirlo ¿no? Sentirte por una vez importante, femenina, poderosa...-la crueldad teñía los ojos verdes en los que se reflejaba Ana-Y sentirte impotente al saber que jamás llegarás a ser esa persona.
-¿Has terminado?-preguntó con fingida indiferencia Ana. Julia sonrió.
-Deberías saber que channel nº5 es uno de los perfumes que más tiempo perduran y con un olor fuerte, una sola gota basta- Ana no respondió, dio media vuelta y se marchó con la cabeza alta, había permitido que la humillara, no iba a permitir que le afectaran sus palabras.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Capítulo 4
-No me mires así-murmuró Ana con el entrecejo fruncido. Javier dejó escapar una breve carcajada.
-¿Así cómo?-levantó una ceja.
-Con esa cara de "te lo dije"-Javier alzó apenas unos centímetros los brazos y con las palmas hacia arriba le espetó:
-Tenía razón-en un intento de hacerle ver a Ana lo evidente.
Caminaban hacia la clase de castellano, única de las pocas en las que coincidían. Javier, al contrario que Ana, se había decantado por la rama de humanidades y ciencias jurídicas y, debido a ello, apenas asistían juntos a las comunes. En pocos días, Javier se había convertido en una pequeña luz que hacía un poco más acogedora la oscuridad de el arcan, le había dado la seguridad de caminar por sus pasillos sin temblores ni dudas y por último, le había concedido la confianza y comodidad que solamente te puede dar un amigo. Javier era transparente, tal cual y Ana no temía confesarle sus miedos e inseguridades como si lo conociera de toda la vida.
Javier abandonó al chico con el que se había sentado hasta ese momento. Ana lo observó con curiosidad, tenía el pelo rizado como una escarola y unos ojos verdes sosegados. No era guapo, observó, pero la terminación de sus rasgos acompañada de sus gestos, le daba un aire rebelde que le hacía parecer encantador.
-Bosco, hoy no te haré compañia-el chico se limitó asentir y Javier volvió con Ana.
-¿Seguro que no le importa?-le susurró ella al tenerlo a su lado. Javier negó con la cabeza justo cuando la señorita Márquez entró por la puerta.
-Buenos días chicos-dijo con una sonrisa en los labios. La mediana edad profundizaba sus rasgos, pero su optimismo y pasión le hacían parecer más joven. Aquel día, bajo su cabello recogido, unos largos pendientes le caían sobre los hombros, largas tiras de plata en las que se incrustaban todo tipo de avalorios (llaves, coches, iniciales, zapatos...), tal vez guardasen algún significado o sólo estuvieran ahí por casualidad, no obstante, marcaban un estilo propio que se rebelaba al uniforme femenino típico del profesorado de el arcan, camisa azul pálido enfundada en una falda de tubo azul marino.
Tras el análisis sintáctico de diversas oraciones y su posterior corrección en la pizzarra, la profesora tomó la palabra para dedicarla a otro sector de la asignatura:
-Chicos-dijo cerrando las manos sobre su regazo-Iniciaremos la literatura de forma teórica. Respecto a la praxis, trabajareis en casa sobre textos narrativos que corregiremos en clase-os he dividido en parejas para realizar una serie de trabajos.
Ana miró sonriente a Javier pero, entonces, en su oído se repitió el "os he dividido". Minutos después, la profesora ya había comenzado a asociar parejas de nombres.
-Ana Robles y Julia Escribano-Ana se sobresaltó. <<¿Julia Escribano?>> gritó su pensamiento y la chica a la que pertenecía aquel nombre, sentada dos filas más allá de ella, se giró y la estudió con curiosidad. Mientras, sobre su mesa, la señorita Márquez posaba unas hojas engrapadas.
**
La dibujante aferraba fuertemente contra su pecho un cuaderno forrado en piel. Su cuerpo anduvía por uno de los pasillos de el arcan, de forma autómata, pues reconocía ya de sobra todas sus direcciones. Su mente, sin embargo, estaba muy lejos de allí. Se debatía en preguntarse qué buscaba y qué la haría feliz. Si se conformaba con el anonimato al que se había abandonado, o esperaba que algún día alguien le pusiera nombre, la hiciera especial. El día en el que se escucharía su voz. Pero, ¿sería capaz de huir a su poder de invisibilidad?
Unos ojos azules acariciaron su pensamiento, se sonrojó, tal vez él era la única persona a la que ella quería entregar esa llave, la única capaz de abrir su corazón. No obstante, se había escondido tras sus puertas durante bastante tiempo y no había sol suficientemente fuerte que la sacara del cascarón. Tenía miedo de salir.
-Ey-oyó muy cerca. Una chica se dirigía a ella. Por sus pecas y la inocencia y naturalidad con la que se había aproximado, supuso que ese mismo año habría entrado a secundaria.-Se te ha caído una hoja-dijo, y la dibujante siguió el rumbo de la mirada de la niña. A unos veinte pasos, la hoja que tanto se había esmerado en proteger en el interior de su cuaderno, yacía sobre el suelo blanco. La dibujante cruzó los dedos deseando que se confundiera con el pavimento, que nadie fuera tan perspicaz como para reparar en ella. Se relajó, posiblemente sería pisada.
Sin embargo, desafió al destino, cuando quiso dar un paso hacia ella alguien la salvó del suelo y vió que escondía.
La dibujante compartía ahora su mayor secreto, con la última persona del mundo que hubiera querido. Hugo Doyle.
Atisbó su maliciosa sonrisa justo antes de dar media vuelta y susurrar un gracias veloz a la niña. Rezó para que le funcionara su poder de invisibilidad. Deseó con todas sus fuerzas que Hugo Doyle no le prestara atención, lo dejara correr. Pero sabía, perfectamente, que Hugo Doyle no dejaba nunca nada correr.
**
Ana se miró al espejo del vestuario femenino del gimnasio para recogerse el cabello con una cinta. Portaba el uniforme deportivo de el arcan, pantalón de chándal azul oscuro y camiseta de algodón blanca con la insignia de la escuela, dos alas cruzadas por una espada. A su alrededor otras chicas se
cambiaban. Una de ellas se sitúo frente al espejo contiguo al de Ana.
-Hola, soy Ana-murmuró. La chica, que se quitaba las gafas, sonrió.
-Hola-respondió, dejó las gafas en un lado del lavabo, sobre una pequeña toalla y abrió el grifo.-Yo soy Helena.-hubo una pausa, en ella Helena se mojó la cara mientras Ana pensaba que tema introducir para que la conversación no se detuviera en los preliminares, de fondo el sonido del agua caer. Se cerró el grifo y a Ana se le acabó el tiempo:
-¿Sabes cómo se llama nuestro profesor de educación física?-improvisó, aunque había estudiado el horario al milímetro y sabía la respuesta.
-Domingo-Helena se secó la cara con la toalla y se puso las gafas-pero mejor llámalo señor Guerrero o Míster-aconsejó.
-Lo haré-afirmó Ana y la conversación quedó en un punto muerto. Helena se marchó y Ana no la retuvo.
Más tarde se vio con una pelota de volley en las manos y una de las sensaciones más incómodas que tendría en su vida. El Míster o señor Guerrero, un hombre que rondaba los cuarenta y cinco y tenía una constitución robusta, les había pedido que se pusieran en parejas. Rápidamente todos habían escogido la suya y Ana se había quedado de las últimas y sin ninguna. Otro chico, menudo, grueso y con cara de pocos amigos había quedado rezagado como ella. El Míster acabó por juntarlos.
Se colocaron uno frente a otro con la red de volley entre ellos y practicaron los tiros que explicaba el profesor, en silencio. Nico, nombre con el que apeló el Míster a su acompañante, fallaba bastante a menudo. Pero Ana no tenía ganas de hablar y tampoco se le daba muy bien, así que una parte de ella lo agradeció.
Los últimos veinte minutos de clase se convirtieron en una prueba de fuego para Ana. Tras practicar los tiros, el Míster dio su aprobación para realizar una serie de partidos. Cuatro capitanes lideraron la elección de su equipo: Julia, Pablo, Lucas y para su sopresa, Bosco. Afortunadamente, Hugo no coincidía con ella en esa clase.
Nerviosa, Ana esperó que fuera elegida en tensión. Pero ninguno de ellos murmuraba su nombre. Como la vez anterior, Ana y el chico menudo de constitución ancha quedaron los últimos. Pablo y Lucas se los debían sortear. Ana tuvo la esperanza de que fuera escogida primero, porque a rasgos físicos claramente era mucho mejor que Nico.
Pero pese a ser la esperanza lo último que se pierde, sus dudas se disiparon cuando descubrió que Pablo elegía primero. Él la miró y sonrío, sin gafas sus ojos azules parecían más grandes. El orgullo de Ana reavivó su esperanza y entonces Pablo murmuró sin dejar de mirarla:
-Nico-y esa sonrisa suya se manchó de malicia.
Toda la clase había sido espectador de la escena y Ana sintió que había quedado relegada socialmente a lo peor. Sin embargo, más tarde lo pensó mejor y agradeció no estar en el equipo de Pablo.
Así, espero en el banquillo, como el resto de sus compañeros de equipo, a que llegara su turno. Ana conocía a Lucas, su líder, porque había presentado su candidatura como delegado de clase ese mismo día. Y, pese a no formar parte de la nobleza, su porte intelectual lo hacía bastante carismático. Parecía de esa clase de chico perfecto en todo que se pasa el día en reuniones. Pero en clase, tenía una gran rival electoral, Julia.
Ana observó el juego entre el equipo de Julia y el de Pablo. Iban tan a la par que Ana al final desistió de llevar la cuenta. Los dos capitanes tenían movimiento de atleta y elaboraban tiros impecables. Tal vez Julia no fuese de esas pijas que temen romperse una uña. Por otro lado, sus compañeros no quedaban tan atrás, Cayetana y Virginia eran bastante buenas y Carlos era capaz de controlar su fuerza. Otras caras con nombres que Ana todavía no había aprendido, superaban también la normalidad. Además, Nico se había "lesionado" en los primeros minutos y había sido sustituido. Hubo empate y al final jugaron a un punto más. Ganó Pablo.
El equipo de Lucas se debatió a duelo con el de Bosco. Los capitanes eran de la talla de la nobleza, no obstante, el resto de jugadores se encontraba en un punto medio o muy por debajo. Ana descubrió que muchos de aquellos que habían sido elegidos antes que ella eran el doble de pésimos. Por desgracia estaban en su equipo y Bosco se hizo con la victoria.
**
Ana se envolvió con la toalla antes de internarse en la ducha. Incluso allí se respetaba la jerarquía. Julia, Cayetana y Virginia eran las primeras en ducharse. Pero hablamos de el arcan y contaba con unas instalaciones excepcionales y entre ellas, veinte duchas. Aún así, su espera duro casi diez minutos. Afortunadamente, luego tenían descanso.
Cuando salió de la ducha, sólo quedaba una persona aparte de ella en el vestuario.
-Hola-dijo Julia.
-Hola-musitó Ana anonadada, acaba de abrir la cortina de la ducha y tras ésta tenía nada menos que a la protagonista de el arcan.
-Tenemos que quedar para el trabajo-afirmó Julia delatando la razón por la que estaba allí.-Esta tarde.
-¿Esta tarde?-preguntó Ana. Pero Julia no lo sugería, lo ordenaba.-¿En la biblioteca?
-No-masculló Julia indignada-Nada de lugares públicos-<<¿Cómo iba a tener tal ocurrencia? Ana era del pueblo llano.>> se dijo el pensamiento de la plebeya con sarcasmo.-En mi casa- La cara de Ana alcanzó un nuevo grado de perplejidad. Julia le tendió una tarjetita y se marchó. En vez de decir adiós murmuró:
-Sé puntual.
En la tarjetita rezaba una dirección y bajo ella una hora, las seis.
-¿Así cómo?-levantó una ceja.
-Con esa cara de "te lo dije"-Javier alzó apenas unos centímetros los brazos y con las palmas hacia arriba le espetó:
-Tenía razón-en un intento de hacerle ver a Ana lo evidente.
Caminaban hacia la clase de castellano, única de las pocas en las que coincidían. Javier, al contrario que Ana, se había decantado por la rama de humanidades y ciencias jurídicas y, debido a ello, apenas asistían juntos a las comunes. En pocos días, Javier se había convertido en una pequeña luz que hacía un poco más acogedora la oscuridad de el arcan, le había dado la seguridad de caminar por sus pasillos sin temblores ni dudas y por último, le había concedido la confianza y comodidad que solamente te puede dar un amigo. Javier era transparente, tal cual y Ana no temía confesarle sus miedos e inseguridades como si lo conociera de toda la vida.
Javier abandonó al chico con el que se había sentado hasta ese momento. Ana lo observó con curiosidad, tenía el pelo rizado como una escarola y unos ojos verdes sosegados. No era guapo, observó, pero la terminación de sus rasgos acompañada de sus gestos, le daba un aire rebelde que le hacía parecer encantador.
-Bosco, hoy no te haré compañia-el chico se limitó asentir y Javier volvió con Ana.
-¿Seguro que no le importa?-le susurró ella al tenerlo a su lado. Javier negó con la cabeza justo cuando la señorita Márquez entró por la puerta.
-Buenos días chicos-dijo con una sonrisa en los labios. La mediana edad profundizaba sus rasgos, pero su optimismo y pasión le hacían parecer más joven. Aquel día, bajo su cabello recogido, unos largos pendientes le caían sobre los hombros, largas tiras de plata en las que se incrustaban todo tipo de avalorios (llaves, coches, iniciales, zapatos...), tal vez guardasen algún significado o sólo estuvieran ahí por casualidad, no obstante, marcaban un estilo propio que se rebelaba al uniforme femenino típico del profesorado de el arcan, camisa azul pálido enfundada en una falda de tubo azul marino.
Tras el análisis sintáctico de diversas oraciones y su posterior corrección en la pizzarra, la profesora tomó la palabra para dedicarla a otro sector de la asignatura:
-Chicos-dijo cerrando las manos sobre su regazo-Iniciaremos la literatura de forma teórica. Respecto a la praxis, trabajareis en casa sobre textos narrativos que corregiremos en clase-os he dividido en parejas para realizar una serie de trabajos.
Ana miró sonriente a Javier pero, entonces, en su oído se repitió el "os he dividido". Minutos después, la profesora ya había comenzado a asociar parejas de nombres.
-Ana Robles y Julia Escribano-Ana se sobresaltó. <<¿Julia Escribano?>> gritó su pensamiento y la chica a la que pertenecía aquel nombre, sentada dos filas más allá de ella, se giró y la estudió con curiosidad. Mientras, sobre su mesa, la señorita Márquez posaba unas hojas engrapadas.
**
La dibujante aferraba fuertemente contra su pecho un cuaderno forrado en piel. Su cuerpo anduvía por uno de los pasillos de el arcan, de forma autómata, pues reconocía ya de sobra todas sus direcciones. Su mente, sin embargo, estaba muy lejos de allí. Se debatía en preguntarse qué buscaba y qué la haría feliz. Si se conformaba con el anonimato al que se había abandonado, o esperaba que algún día alguien le pusiera nombre, la hiciera especial. El día en el que se escucharía su voz. Pero, ¿sería capaz de huir a su poder de invisibilidad?
Unos ojos azules acariciaron su pensamiento, se sonrojó, tal vez él era la única persona a la que ella quería entregar esa llave, la única capaz de abrir su corazón. No obstante, se había escondido tras sus puertas durante bastante tiempo y no había sol suficientemente fuerte que la sacara del cascarón. Tenía miedo de salir.
-Ey-oyó muy cerca. Una chica se dirigía a ella. Por sus pecas y la inocencia y naturalidad con la que se había aproximado, supuso que ese mismo año habría entrado a secundaria.-Se te ha caído una hoja-dijo, y la dibujante siguió el rumbo de la mirada de la niña. A unos veinte pasos, la hoja que tanto se había esmerado en proteger en el interior de su cuaderno, yacía sobre el suelo blanco. La dibujante cruzó los dedos deseando que se confundiera con el pavimento, que nadie fuera tan perspicaz como para reparar en ella. Se relajó, posiblemente sería pisada.
Sin embargo, desafió al destino, cuando quiso dar un paso hacia ella alguien la salvó del suelo y vió que escondía.
La dibujante compartía ahora su mayor secreto, con la última persona del mundo que hubiera querido. Hugo Doyle.
Atisbó su maliciosa sonrisa justo antes de dar media vuelta y susurrar un gracias veloz a la niña. Rezó para que le funcionara su poder de invisibilidad. Deseó con todas sus fuerzas que Hugo Doyle no le prestara atención, lo dejara correr. Pero sabía, perfectamente, que Hugo Doyle no dejaba nunca nada correr.
**
Ana se miró al espejo del vestuario femenino del gimnasio para recogerse el cabello con una cinta. Portaba el uniforme deportivo de el arcan, pantalón de chándal azul oscuro y camiseta de algodón blanca con la insignia de la escuela, dos alas cruzadas por una espada. A su alrededor otras chicas se
cambiaban. Una de ellas se sitúo frente al espejo contiguo al de Ana.
-Hola, soy Ana-murmuró. La chica, que se quitaba las gafas, sonrió.
-Hola-respondió, dejó las gafas en un lado del lavabo, sobre una pequeña toalla y abrió el grifo.-Yo soy Helena.-hubo una pausa, en ella Helena se mojó la cara mientras Ana pensaba que tema introducir para que la conversación no se detuviera en los preliminares, de fondo el sonido del agua caer. Se cerró el grifo y a Ana se le acabó el tiempo:
-¿Sabes cómo se llama nuestro profesor de educación física?-improvisó, aunque había estudiado el horario al milímetro y sabía la respuesta.
-Domingo-Helena se secó la cara con la toalla y se puso las gafas-pero mejor llámalo señor Guerrero o Míster-aconsejó.
-Lo haré-afirmó Ana y la conversación quedó en un punto muerto. Helena se marchó y Ana no la retuvo.
Más tarde se vio con una pelota de volley en las manos y una de las sensaciones más incómodas que tendría en su vida. El Míster o señor Guerrero, un hombre que rondaba los cuarenta y cinco y tenía una constitución robusta, les había pedido que se pusieran en parejas. Rápidamente todos habían escogido la suya y Ana se había quedado de las últimas y sin ninguna. Otro chico, menudo, grueso y con cara de pocos amigos había quedado rezagado como ella. El Míster acabó por juntarlos.
Se colocaron uno frente a otro con la red de volley entre ellos y practicaron los tiros que explicaba el profesor, en silencio. Nico, nombre con el que apeló el Míster a su acompañante, fallaba bastante a menudo. Pero Ana no tenía ganas de hablar y tampoco se le daba muy bien, así que una parte de ella lo agradeció.
Los últimos veinte minutos de clase se convirtieron en una prueba de fuego para Ana. Tras practicar los tiros, el Míster dio su aprobación para realizar una serie de partidos. Cuatro capitanes lideraron la elección de su equipo: Julia, Pablo, Lucas y para su sopresa, Bosco. Afortunadamente, Hugo no coincidía con ella en esa clase.
Nerviosa, Ana esperó que fuera elegida en tensión. Pero ninguno de ellos murmuraba su nombre. Como la vez anterior, Ana y el chico menudo de constitución ancha quedaron los últimos. Pablo y Lucas se los debían sortear. Ana tuvo la esperanza de que fuera escogida primero, porque a rasgos físicos claramente era mucho mejor que Nico.
Pero pese a ser la esperanza lo último que se pierde, sus dudas se disiparon cuando descubrió que Pablo elegía primero. Él la miró y sonrío, sin gafas sus ojos azules parecían más grandes. El orgullo de Ana reavivó su esperanza y entonces Pablo murmuró sin dejar de mirarla:
-Nico-y esa sonrisa suya se manchó de malicia.
Toda la clase había sido espectador de la escena y Ana sintió que había quedado relegada socialmente a lo peor. Sin embargo, más tarde lo pensó mejor y agradeció no estar en el equipo de Pablo.
Así, espero en el banquillo, como el resto de sus compañeros de equipo, a que llegara su turno. Ana conocía a Lucas, su líder, porque había presentado su candidatura como delegado de clase ese mismo día. Y, pese a no formar parte de la nobleza, su porte intelectual lo hacía bastante carismático. Parecía de esa clase de chico perfecto en todo que se pasa el día en reuniones. Pero en clase, tenía una gran rival electoral, Julia.
Ana observó el juego entre el equipo de Julia y el de Pablo. Iban tan a la par que Ana al final desistió de llevar la cuenta. Los dos capitanes tenían movimiento de atleta y elaboraban tiros impecables. Tal vez Julia no fuese de esas pijas que temen romperse una uña. Por otro lado, sus compañeros no quedaban tan atrás, Cayetana y Virginia eran bastante buenas y Carlos era capaz de controlar su fuerza. Otras caras con nombres que Ana todavía no había aprendido, superaban también la normalidad. Además, Nico se había "lesionado" en los primeros minutos y había sido sustituido. Hubo empate y al final jugaron a un punto más. Ganó Pablo.
El equipo de Lucas se debatió a duelo con el de Bosco. Los capitanes eran de la talla de la nobleza, no obstante, el resto de jugadores se encontraba en un punto medio o muy por debajo. Ana descubrió que muchos de aquellos que habían sido elegidos antes que ella eran el doble de pésimos. Por desgracia estaban en su equipo y Bosco se hizo con la victoria.
**
Ana se envolvió con la toalla antes de internarse en la ducha. Incluso allí se respetaba la jerarquía. Julia, Cayetana y Virginia eran las primeras en ducharse. Pero hablamos de el arcan y contaba con unas instalaciones excepcionales y entre ellas, veinte duchas. Aún así, su espera duro casi diez minutos. Afortunadamente, luego tenían descanso.
Cuando salió de la ducha, sólo quedaba una persona aparte de ella en el vestuario.
-Hola-dijo Julia.
-Hola-musitó Ana anonadada, acaba de abrir la cortina de la ducha y tras ésta tenía nada menos que a la protagonista de el arcan.
-Tenemos que quedar para el trabajo-afirmó Julia delatando la razón por la que estaba allí.-Esta tarde.
-¿Esta tarde?-preguntó Ana. Pero Julia no lo sugería, lo ordenaba.-¿En la biblioteca?
-No-masculló Julia indignada-Nada de lugares públicos-<<¿Cómo iba a tener tal ocurrencia? Ana era del pueblo llano.>> se dijo el pensamiento de la plebeya con sarcasmo.-En mi casa- La cara de Ana alcanzó un nuevo grado de perplejidad. Julia le tendió una tarjetita y se marchó. En vez de decir adiós murmuró:
-Sé puntual.
En la tarjetita rezaba una dirección y bajo ella una hora, las seis.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Capítulo 3
El sonido de la música en sus oídos le transmitía fuerza, era como un maravilloso eco que tras rozar la piel a modo de caricia, la traspasaba llegando a lo más hondo, a aquel lugar secreto. Se sentía en una burbuja. Cerró la taquilla, no oyó el golpe, ni el click del candado. Y se giró.
La escena se congeló. Un largo pasillo repleto de adolescentes se detuvo como en un cuadro. Pinceladas dispares definían sus rostros.
Tras una vista panorámica, su mirada profundizó en los detalles. Como si aumentara una lente, sus ojos se centraron en una pareja que se encontraba abrazada en una de las taquillas cercanas, acataron una mínima distancia para sonreirse. Cualquiera, dentro de una perspectiva superficial, diría lo mismo, se querían. No obstante, ella había aprendido a mirar más allá. Los ojos de la chica irradiaban ¿amor?, más bien adoración por sus bíceps o esclavitud por el rostro perfecto y los ojos azules que la miraban tras unas gafas negras de pasta. En cuanto a él, ese fuego en su mirada delataba un deseo ajeno del romanticismo ideal, era toda una inspiración carnal. La escena se movió a cámara lenta, él presionó sus labios contra los de ella y de manera casi imperceptible, descendió unos centímetros la mano que antes había aferrado a su cintura. Y , de nuevo, esperando un sólo aliento entre labio y labio, él hizo suyo el labio inferior de ella, acariciándolo con los dientes.
Una nueva situación dejó a la pareja en segundo lugar. Apoyando un brazo sobre otra taquilla, un chico rubio clavaba unos ojos verdes altamente seductores en una chica de cabello dorado ceniciento, no parecía tener tanta suerte como su amigo, la chica ni lo miraba. A ella se le pasó por la cabeza apiadarse de él, un solo segundo, pero era Hugo Doyle, no merecía su atención. Evitó fijarse en la chica y reprimió la quemazón. No muy lejos, dos alumnas susurraban mirando en la dirección que ella acababa de abandonar.
Y detrás de la nobleza, todo lo demás. La gran riqueza escondida de el arcan, miles de diamantes en bruto. Vio a Helena con los miles de libros que reflejaban el alto grado intelectual de su cabeza o bien su esfuerzo desmedido, nadie recordará que este año ganó sus terceras olimpiadas de matemáticas, ojalá más de uno se parara a ver los premios extraordinarios y no las copas de baloncesto del equipo masculino de la vitrina de cristal del vestíbulo. Cerca, dos muchachas se miran con determinación, ella las recuerda, Maite y Lola, grandes activistas y ecologistas, sacan una pancarta de una taquilla ¿qué denunciarán está vez?, posiblemente sean las únicas que se rebelan contra la clase de vida que llevan. También está Carol, ella conoce sus proezas creativas, experta en audiovisuales, suele realizar los guiones de las obras de teatro del festival trimestral, ahora porta una cámara de vídeo en las manos. A su lado, Lucas, su aliado artístico y novio le recita un poema que le ha escrito, ella se sonroja y se esconde tras la cámara, es tímida ante el protagonismo.
Y, por último, se deja llevar por nuevas caras. Al final del pasillo, una chica de cabello color chocolate mira insegura en rededor mientras conversa con Javier, alias información ( le veía un gran futuro como periodista). Se disponía a indagar en el rostro de esa nueva chica cuando todos aquellos puntos que había trazado se paralizaron de nuevo pasando a formar parte del decorado. Un nuevo personaje entraba a escena.
Caminaba como si sus pies apenas se deslizaran sobre el suelo blanco, sus ojos tenían un solo destino y era mirar al frente, donde se encontraba ella. Que unos ojos azules, profundos y etéreos se fijaran en ella, vieran lo invisible, siempre la había desconcertado. Su corazón se encogió y de golpe, inició latidos apresurados. Él desvió la vista hacia su derecha y encontró lo que estaba buscando, Hugo Doyle.
Para ella, la sola presencia de aquel chico rompía cualquier escena que entretejiese su mirada. Él dirigió su vista hacia donde se encontraba una última vez, y después la posó nuevamente en su amigo. Tras él, como un guardaespaldas, estaba el fornido Carlos.
En los labios de la dibujante se propagó una sonrisa, y su reproductor de música cambió de canción.
**
Los últimos dos días, Javier le había enseñado a Ana lo básico que debía saber sobre el arcan. Al parecer la nobleza no lo era todo y había maneras de escapar a su influencia.
-Artes-murmuraba Javier acompañando a Ana a su taquilla.
-¿Artes?-repitió Ana levantando una ceja.
-Hay actividades extraescolares relacionadas con eso-prosiguió el muchacho-tienes la mejor programación de dibujo, pintura, coro, banda de música, teatro...-hizo una pausa-¿olvidas qué se trata de un instituto de élite? !Tenemos hasta piscina!-Ana lo sopesó e hizo una mueca.
-Yo no sé que se me da bien de eso-reconoció.-Soy muy buena estudiando pero...-Javier la analizó con la mirada mientras mesaba su barbilla con los finos dedos de su mano izquierda.
-¡Hípica!-soltó de repente sobresaltando a Ana.-¿Te has montado alguna vez en un caballo?-el pánico reflejado en la cara de Ana lo silenció.-Está bien.-murmuró resignado.
-¿Qué tiene que ver la hípica con las artes?.
-Segunda alternativa de el arcan : deportes-suspiró-aunque la nobleza los domina.
-Y tú, ¿qué haces?-hizo de su curiosidad palabras Ana.
-Consigo información para el periódico, realizo entrevistas...-sonrió orgulloso-tenemos hasta radio y se está pensando hasta en crear un canal...
-¿Puedes pellizcarme otra vez?-le suplicó Ana incrédula tendiéndole el brazo. Javier negó con la cabeza:
-Maltratar a novatas no está dentro de mi filosofía-ella asintió, le había contado su fatal accidente con la nobleza.
-Sinceramente no creo que vuelvan a perder su tiempo "real" conmigo-dijo Ana con sarcasmo. Javier abrió mucho los ojos y sonrió con inocente malicia.
-Últimamente se aburren mucho, aún no han empezado los entrenamientos, yo de ti no me confiaría.-ella bufó y huyó de esos ojos almendrados para abrir su taquilla. Miró insegura a su alrededor.
-Realmente, creo que no tienen ningún poder-opinó-son chicos normales que necesitan creerse importantes para ser felices, superiores a los demás, es tan típico que cansa.
-No son sólo chicos que por una cara bonita triunfan en el instituto y tienen un éxito pasajero-la contradijo Javier-tienen pasta y en este instituto pueden hacer lo que quieran.
-Javier, hablas y hablas y yo todavía no he visto nada de lo que dices-se exasperó Ana.-Unos simples abusones no me van a hacer retroceder. Confío en que esto no sea un parvulario.-cerró su taquilla con rabia.
-Yo te lo he advertido-dijo Javier y dirigió una mirada veloz al reloj de su muñeca-Lo siento pero tengo que irme-alzó su mano derecha a modo de despedida-Ya nos vemos.-Se marchó.
Ana decidió que las opciones que le planteaba Javier eran útiles ya no para esa supuesta huida, sino para conocer a más gente y hacer amigos, las consideraría. Mientras tanto, avanzó por el pasillo sumida en sus pensamientos, y ni siquiera percibió que en apenas segundos había quedado casi desierto. Y como siempre, los matices son importantes, ese "casi" podía cambiarlo todo.
Chocó contra algo y salió de su ensimismamiento. Se había dado de bruces contra unos fuertes pectorales y una parte de ella sonrojó. Alzó la mirada, un chico de cara cuadrada y prominentes pómulos la miraba con dureza.
-¿Dónde vas guapa?-se quedó perpleja ¿de verdad estaba sucediendo? Rodeó con la vista la escena y vió a Hugo y al supuesto conserje, todo parecía apuntar que sí. No contestó y se deslizó buscando una vía libre para seguir avanzando, el fornido adelantó sus movimientos y volvió a impedirle continuar su camino.
-¿No le vas a contestar?-preguntó a son de burla Hugo que apoyaba fuertemente su espalda contra una taquilla-Te creía más valiente-ironizó.
Ana lo intentó una vez más, pero el fornido sin nombre de nuevo fue más rápido.
-¿Es eso todo lo qué tenéis?-murmuró con todo el valor del que fue capaz Ana, esa ofensa pilló al fornido desprevenido y ella aprovechó para colarse por uno de los lados. Preparada para correr, su cara se golpeó esta vez con un pecho distinto. Olía a almizcle. Ascendió su barbilla y aquellas gafas de pasta negra odiosas la miraron:
-¿A dónde vas?-murmuró el supuesto conserje con una sonrisa traviesa. Ana sabía su respuesta y fiel a sus impulsos le propinó un puñetazo inesperado en la mejilla. Esa vez nada la detenía. -¿De verdad?-se burló él, no le había causado el mínimo daño y Pablo había aprovechado la oportunidad para agarrar fuertemente su muñeca y estrujarla. Divertido empujó a Ana contra una taquilla y la clavó allí. Por encima del hombro de él, ella podía ver como Hugo se deleitaba con la escena. Definitivamente aquellos pijos estaban fatal. Ana intentó acertar una patada en los huevos a su agresor pero él presionaba sus piernas contra las de ella haciendo que fuera inútil. Se sonrojó cuando sus ojos se cruzaron con los ojos azules del chico, desde fuera aquello parecería otra cosa.
-¡Suéltame!-gritó Ana. Habiendo cámaras por todas partes, ¿nadie veía aquello?.
-Algún día desearás que vuelva a hacerlo-murmuró confiado Pablo-me desearás tanto que soñarás con este momento.
-¿Quieres otro puñetazo?-lo fulminó Ana mientras seguía forcejeando y haciéndose daño en la lucha contra las extremedidades de piedra de él.
-¡Ya está bien!-gritó con fiereza una nueva voz. Ana se giró y descubrió a la reina. Su cabello dorado le caía en forma de tenues ondulaciones sobre los hombros, se había oscurecido un tono o puede que, tal vez, ese halo de popularidad se apagase si tenía lejos a su séquito. Hugo acabó con la situación:
-Pablo ¡déjala ir!-al principió se resistió, no obstante, terminó por soltar a Ana.
-Julia, sólo estábamos jugando-se explicó Hugo, no había súplica en su voz, únicamente verdad.
-Y luego te preguntas por qué no salgo contigo-golpe bajo, él se acercó a ella y le atrapó la muñeca.
-¡No me toques!-farfulló ella liberándose de él.
Ana se acercó a Julia poco a poco y dijo:
-Gracias-ella la miró como si le estuviera gastando una broma de mal gusto.
-Desaparece antes de que me arrepienta- a quién ofende con la fuerza y quien ofende con palabras, no sabría decir cuál duele más. Reyes, despectivos y déspotas, Ana quiso escupir a Julia en la cara. No la votaría como reina de la primavera, ni siquiera bajo amenaza.
¿Dónde quedaba el orgullo de Ana? Un juguete para unos y nada para otros. Un peón en el ajedrez de el arcan. <<Un peón también puede hacer jaque mate>> pensó. Y sé marchó con la cabeza bien alta.
Nadie le prestó atención y sin embargo, Pablo se tocaba la mejilla y movilizaba la mandíbula, sólo él se acordaría de ella.
La escena se congeló. Un largo pasillo repleto de adolescentes se detuvo como en un cuadro. Pinceladas dispares definían sus rostros.
Tras una vista panorámica, su mirada profundizó en los detalles. Como si aumentara una lente, sus ojos se centraron en una pareja que se encontraba abrazada en una de las taquillas cercanas, acataron una mínima distancia para sonreirse. Cualquiera, dentro de una perspectiva superficial, diría lo mismo, se querían. No obstante, ella había aprendido a mirar más allá. Los ojos de la chica irradiaban ¿amor?, más bien adoración por sus bíceps o esclavitud por el rostro perfecto y los ojos azules que la miraban tras unas gafas negras de pasta. En cuanto a él, ese fuego en su mirada delataba un deseo ajeno del romanticismo ideal, era toda una inspiración carnal. La escena se movió a cámara lenta, él presionó sus labios contra los de ella y de manera casi imperceptible, descendió unos centímetros la mano que antes había aferrado a su cintura. Y , de nuevo, esperando un sólo aliento entre labio y labio, él hizo suyo el labio inferior de ella, acariciándolo con los dientes.
Una nueva situación dejó a la pareja en segundo lugar. Apoyando un brazo sobre otra taquilla, un chico rubio clavaba unos ojos verdes altamente seductores en una chica de cabello dorado ceniciento, no parecía tener tanta suerte como su amigo, la chica ni lo miraba. A ella se le pasó por la cabeza apiadarse de él, un solo segundo, pero era Hugo Doyle, no merecía su atención. Evitó fijarse en la chica y reprimió la quemazón. No muy lejos, dos alumnas susurraban mirando en la dirección que ella acababa de abandonar.
Y detrás de la nobleza, todo lo demás. La gran riqueza escondida de el arcan, miles de diamantes en bruto. Vio a Helena con los miles de libros que reflejaban el alto grado intelectual de su cabeza o bien su esfuerzo desmedido, nadie recordará que este año ganó sus terceras olimpiadas de matemáticas, ojalá más de uno se parara a ver los premios extraordinarios y no las copas de baloncesto del equipo masculino de la vitrina de cristal del vestíbulo. Cerca, dos muchachas se miran con determinación, ella las recuerda, Maite y Lola, grandes activistas y ecologistas, sacan una pancarta de una taquilla ¿qué denunciarán está vez?, posiblemente sean las únicas que se rebelan contra la clase de vida que llevan. También está Carol, ella conoce sus proezas creativas, experta en audiovisuales, suele realizar los guiones de las obras de teatro del festival trimestral, ahora porta una cámara de vídeo en las manos. A su lado, Lucas, su aliado artístico y novio le recita un poema que le ha escrito, ella se sonroja y se esconde tras la cámara, es tímida ante el protagonismo.
Y, por último, se deja llevar por nuevas caras. Al final del pasillo, una chica de cabello color chocolate mira insegura en rededor mientras conversa con Javier, alias información ( le veía un gran futuro como periodista). Se disponía a indagar en el rostro de esa nueva chica cuando todos aquellos puntos que había trazado se paralizaron de nuevo pasando a formar parte del decorado. Un nuevo personaje entraba a escena.
Caminaba como si sus pies apenas se deslizaran sobre el suelo blanco, sus ojos tenían un solo destino y era mirar al frente, donde se encontraba ella. Que unos ojos azules, profundos y etéreos se fijaran en ella, vieran lo invisible, siempre la había desconcertado. Su corazón se encogió y de golpe, inició latidos apresurados. Él desvió la vista hacia su derecha y encontró lo que estaba buscando, Hugo Doyle.
Para ella, la sola presencia de aquel chico rompía cualquier escena que entretejiese su mirada. Él dirigió su vista hacia donde se encontraba una última vez, y después la posó nuevamente en su amigo. Tras él, como un guardaespaldas, estaba el fornido Carlos.
En los labios de la dibujante se propagó una sonrisa, y su reproductor de música cambió de canción.
**
Los últimos dos días, Javier le había enseñado a Ana lo básico que debía saber sobre el arcan. Al parecer la nobleza no lo era todo y había maneras de escapar a su influencia.
-Artes-murmuraba Javier acompañando a Ana a su taquilla.
-¿Artes?-repitió Ana levantando una ceja.
-Hay actividades extraescolares relacionadas con eso-prosiguió el muchacho-tienes la mejor programación de dibujo, pintura, coro, banda de música, teatro...-hizo una pausa-¿olvidas qué se trata de un instituto de élite? !Tenemos hasta piscina!-Ana lo sopesó e hizo una mueca.
-Yo no sé que se me da bien de eso-reconoció.-Soy muy buena estudiando pero...-Javier la analizó con la mirada mientras mesaba su barbilla con los finos dedos de su mano izquierda.
-¡Hípica!-soltó de repente sobresaltando a Ana.-¿Te has montado alguna vez en un caballo?-el pánico reflejado en la cara de Ana lo silenció.-Está bien.-murmuró resignado.
-¿Qué tiene que ver la hípica con las artes?.
-Segunda alternativa de el arcan : deportes-suspiró-aunque la nobleza los domina.
-Y tú, ¿qué haces?-hizo de su curiosidad palabras Ana.
-Consigo información para el periódico, realizo entrevistas...-sonrió orgulloso-tenemos hasta radio y se está pensando hasta en crear un canal...
-¿Puedes pellizcarme otra vez?-le suplicó Ana incrédula tendiéndole el brazo. Javier negó con la cabeza:
-Maltratar a novatas no está dentro de mi filosofía-ella asintió, le había contado su fatal accidente con la nobleza.
-Sinceramente no creo que vuelvan a perder su tiempo "real" conmigo-dijo Ana con sarcasmo. Javier abrió mucho los ojos y sonrió con inocente malicia.
-Últimamente se aburren mucho, aún no han empezado los entrenamientos, yo de ti no me confiaría.-ella bufó y huyó de esos ojos almendrados para abrir su taquilla. Miró insegura a su alrededor.
-Realmente, creo que no tienen ningún poder-opinó-son chicos normales que necesitan creerse importantes para ser felices, superiores a los demás, es tan típico que cansa.
-No son sólo chicos que por una cara bonita triunfan en el instituto y tienen un éxito pasajero-la contradijo Javier-tienen pasta y en este instituto pueden hacer lo que quieran.
-Javier, hablas y hablas y yo todavía no he visto nada de lo que dices-se exasperó Ana.-Unos simples abusones no me van a hacer retroceder. Confío en que esto no sea un parvulario.-cerró su taquilla con rabia.
-Yo te lo he advertido-dijo Javier y dirigió una mirada veloz al reloj de su muñeca-Lo siento pero tengo que irme-alzó su mano derecha a modo de despedida-Ya nos vemos.-Se marchó.
Ana decidió que las opciones que le planteaba Javier eran útiles ya no para esa supuesta huida, sino para conocer a más gente y hacer amigos, las consideraría. Mientras tanto, avanzó por el pasillo sumida en sus pensamientos, y ni siquiera percibió que en apenas segundos había quedado casi desierto. Y como siempre, los matices son importantes, ese "casi" podía cambiarlo todo.
Chocó contra algo y salió de su ensimismamiento. Se había dado de bruces contra unos fuertes pectorales y una parte de ella sonrojó. Alzó la mirada, un chico de cara cuadrada y prominentes pómulos la miraba con dureza.
-¿Dónde vas guapa?-se quedó perpleja ¿de verdad estaba sucediendo? Rodeó con la vista la escena y vió a Hugo y al supuesto conserje, todo parecía apuntar que sí. No contestó y se deslizó buscando una vía libre para seguir avanzando, el fornido adelantó sus movimientos y volvió a impedirle continuar su camino.
-¿No le vas a contestar?-preguntó a son de burla Hugo que apoyaba fuertemente su espalda contra una taquilla-Te creía más valiente-ironizó.
Ana lo intentó una vez más, pero el fornido sin nombre de nuevo fue más rápido.
-¿Es eso todo lo qué tenéis?-murmuró con todo el valor del que fue capaz Ana, esa ofensa pilló al fornido desprevenido y ella aprovechó para colarse por uno de los lados. Preparada para correr, su cara se golpeó esta vez con un pecho distinto. Olía a almizcle. Ascendió su barbilla y aquellas gafas de pasta negra odiosas la miraron:
-¿A dónde vas?-murmuró el supuesto conserje con una sonrisa traviesa. Ana sabía su respuesta y fiel a sus impulsos le propinó un puñetazo inesperado en la mejilla. Esa vez nada la detenía. -¿De verdad?-se burló él, no le había causado el mínimo daño y Pablo había aprovechado la oportunidad para agarrar fuertemente su muñeca y estrujarla. Divertido empujó a Ana contra una taquilla y la clavó allí. Por encima del hombro de él, ella podía ver como Hugo se deleitaba con la escena. Definitivamente aquellos pijos estaban fatal. Ana intentó acertar una patada en los huevos a su agresor pero él presionaba sus piernas contra las de ella haciendo que fuera inútil. Se sonrojó cuando sus ojos se cruzaron con los ojos azules del chico, desde fuera aquello parecería otra cosa.
-¡Suéltame!-gritó Ana. Habiendo cámaras por todas partes, ¿nadie veía aquello?.
-Algún día desearás que vuelva a hacerlo-murmuró confiado Pablo-me desearás tanto que soñarás con este momento.
-¿Quieres otro puñetazo?-lo fulminó Ana mientras seguía forcejeando y haciéndose daño en la lucha contra las extremedidades de piedra de él.
-¡Ya está bien!-gritó con fiereza una nueva voz. Ana se giró y descubrió a la reina. Su cabello dorado le caía en forma de tenues ondulaciones sobre los hombros, se había oscurecido un tono o puede que, tal vez, ese halo de popularidad se apagase si tenía lejos a su séquito. Hugo acabó con la situación:
-Pablo ¡déjala ir!-al principió se resistió, no obstante, terminó por soltar a Ana.
-Julia, sólo estábamos jugando-se explicó Hugo, no había súplica en su voz, únicamente verdad.
-Y luego te preguntas por qué no salgo contigo-golpe bajo, él se acercó a ella y le atrapó la muñeca.
-¡No me toques!-farfulló ella liberándose de él.
Ana se acercó a Julia poco a poco y dijo:
-Gracias-ella la miró como si le estuviera gastando una broma de mal gusto.
-Desaparece antes de que me arrepienta- a quién ofende con la fuerza y quien ofende con palabras, no sabría decir cuál duele más. Reyes, despectivos y déspotas, Ana quiso escupir a Julia en la cara. No la votaría como reina de la primavera, ni siquiera bajo amenaza.
¿Dónde quedaba el orgullo de Ana? Un juguete para unos y nada para otros. Un peón en el ajedrez de el arcan. <<Un peón también puede hacer jaque mate>> pensó. Y sé marchó con la cabeza bien alta.
Nadie le prestó atención y sin embargo, Pablo se tocaba la mejilla y movilizaba la mandíbula, sólo él se acordaría de ella.
viernes, 31 de agosto de 2012
Capítulo 2
Logró sobrevivir a la primera comida. No obstante, Ana sabía que aquel segundo día de clase sería, sin duda, más duro. El día anterior había elegido entre todas las mesas redondas del gran comedor una apartada, y aunque no estaba sola-dos niñas de secundaria la observaban con curiosidad como si se tratara de un nuevo espécimen-se evadió mientras daba vueltas con el tenedor a los spaguettis. Por alguna razón las palabras de David no se le quitaron de la cabeza <<no eres como ellos>> se dijo en un susurro, y Julia y sus amigas le vinieron a la mente. Durante el segundo día coincidió con Julia en todas las clases, fue un fenómeno extraño pero consiguió que Ana se afirmase la teoría de que estaba a océanos de distancia de cualquier otra chica de su edad que hubiera allí. En algunas de las clases le acompañaban sus dos fieles amigas, al darse cuenta de que tenían a Ana en la misma clase, susurraban comentarios y se reían, sin embargo, en matemáticas, castellano e inglés, Julia estaba sola y se comportaba de manera distinta. Junto a sus amigas, se reía con ellas y en numerosas ocasiones era reprendida por la profesora de filosofía:
-Señorita Julia estamos en clase-y ella, sonreía de forma inocente y murmuraba un-lo siento-que parecía convincente. Atraía la atención de todos.
Y, sin embargo, sola, lo único que se oía de ella era el deslizar de su bolígrafo tomando apuntes.
Ana se preguntaba quién era realmente Julia cuando sonó el timbre que indicaba la hora de la comida.
Como la primera vez, se armó de una bandeja, un vaso y cubiertos e hizo cola. Cogió un panecillo y una botella de agua y esperó paciente a que una cocinera con redecilla y guantes de látex pusiera un gran cucharón de lentejas sobre su plato hondo y un trozo de carne sobre el llano. En ese momento no pudo reprimir la risa, aquello le recordaba demasiado a una película americana. La cocinera la miró atónita y ella sólo pudo decir:
-Gracias-algo avergonzada.
Lo peor, fue decidir donde se sentaría aquella vez. Al fin, anduvo con timidez hacia una de las mesas centrales que estaba desierta. Sentirse ajena del resto que la rodeaba le hacía sentir un poco incómoda. Pero la situación cambió de pronto, un chico de ojos almendrados y sonrisa desacomplejada se sentó frente a ella y soltó:
-¿Eres becada no?-la pregunta pilló por sorpresa a Ana, no era algo que quisiera llevar escrito en la frente. Él lo comprendió-Oh, lo siento, a veces soy un poco directo-se sinceró.
-Sí, un poco-reconoció Ana, y escucharse en voz alta le resultó raro. Había permanecido en silencio todo el día-Soy Ana.
-Yo Javier, también soy becado-se rascó con el índice el labio inferior-es un secreto ¿vale?.- Ana se quedó estupefacta-No es bueno que lo sepan-explicó.-Pero siempre me solidarizo con los nuevos becados.
-Es bueno saberlo-Ana intentó salir de su asombro.
-Bueno ¿has conocido ya a la nobleza?-Ana no pudo.
-¿La nobleza?- en los labios de Javier se dibujó una amplia sonrisa.
-Así es como se autodesignan los populares, la gente importante e influyente que está en boca de todos y..
-Ya sé lo que es ser popular-le cortó Ana. Había sido un poco borde pero no quería que aquel chico confundiese su novedad con una ignorancia extrema.
-Bien, entonces supongo que sabrás quienes son los reyes del arcan ¿no?-la retó. Ana no podía creérselo, ¿reyes? los pijos eran un mundo aparte.
-Espera un momento-dijo con tono sarcástico Ana- ¿Me estás diciendo que aquí también se eligen los reyes de la primavera como en las pelis americanas?.
-No necesitan una corona, dominan la plebe.-Javier lo decía como si fuera lo más normal del mundo, a Ana le parecía una sarta de tonterías.-Entonces no lo sabes ¿no?-dijo Javier mientras engullía una cucharada de lentejas. Ana negó con la cabeza-Mira dos mesas más allá, justo en el centro centro del comedor-Ella obedeció-¿Qué ves?.
Alrededor de una mesa similar a la que se encontraban sentados, rostros ya conocidos por Ana sonreían y comían con elegancia. Rodeados de una aura de superioridad nacida de sus miradas petulantes se encontraban Pablo y el chico de ojos verdes, Ana ya no dudó que los dos hechos del día anterior estaban conectados, y Cayetana, Virginia y Julia. Había más gente allí, pero Ana ya no identificó a nadie más.
-¿Creídos?-respondió Ana. Javier reprimió una carcajada y murmuró:
-Y cuenta la leyenda, que en torno a la tabla redonda Arturo y su esposa Ginebra..-comenzó en tono de cuento.
-¿Quiés es Arturo y quién Ginebra?-fue al grano Ana.
-Arturo es Hugo, el chico rubio de ojos verdes-Ana reconoció a su agresor del día anterior, al parecer un rey se había metido con ella-Y Ginebra es Julia, la chica..
-Ya sé quien es Julia-se adelantó Ana. Javier la miró con curiosidad-La tengo en clase-se explicó.
-Los dos son los chicos más guapos e interesantes de este instituto. Reciben cada dos por tres cartas de admiradores y cosas así-Ana hizo una mueca y se acercó un poco más a Javier, le tendió el brazo:
-¡Pellízcame! , todo lo que dices me resulta irreal-Javier sonrío.
-Bienvenida a el arcan.
**
En el mismo lugar, en un rincón en el que tenía una gran perspectiva del comedor, la dibujante que había terminado sus lentejas, se disponía a componer una nueva melodía de trazos. Había visto aquel comedor millares de veces desde que era niña e intentaba alcanzar algún detalle nuevo, pero le era imposible. Y así, sin querer, su vista se fue dirigiendo aquella mesa central en la que para la mayoría de alumnos, se encontraban los personajes más relevantes. Su mirada se detuvo únicamente en tres rostros. Del primero apartó los ojos como si quemara, paso fugazmente por el segundo y se perdió en el tercero, un chico de ojos azules que eclipsaba cualquier influjo real que pudieran transmitirle Júlia y Hugo. Y regresó la inspiración.
-Señorita Julia estamos en clase-y ella, sonreía de forma inocente y murmuraba un-lo siento-que parecía convincente. Atraía la atención de todos.
Y, sin embargo, sola, lo único que se oía de ella era el deslizar de su bolígrafo tomando apuntes.
Ana se preguntaba quién era realmente Julia cuando sonó el timbre que indicaba la hora de la comida.
Como la primera vez, se armó de una bandeja, un vaso y cubiertos e hizo cola. Cogió un panecillo y una botella de agua y esperó paciente a que una cocinera con redecilla y guantes de látex pusiera un gran cucharón de lentejas sobre su plato hondo y un trozo de carne sobre el llano. En ese momento no pudo reprimir la risa, aquello le recordaba demasiado a una película americana. La cocinera la miró atónita y ella sólo pudo decir:
-Gracias-algo avergonzada.
Lo peor, fue decidir donde se sentaría aquella vez. Al fin, anduvo con timidez hacia una de las mesas centrales que estaba desierta. Sentirse ajena del resto que la rodeaba le hacía sentir un poco incómoda. Pero la situación cambió de pronto, un chico de ojos almendrados y sonrisa desacomplejada se sentó frente a ella y soltó:
-¿Eres becada no?-la pregunta pilló por sorpresa a Ana, no era algo que quisiera llevar escrito en la frente. Él lo comprendió-Oh, lo siento, a veces soy un poco directo-se sinceró.
-Sí, un poco-reconoció Ana, y escucharse en voz alta le resultó raro. Había permanecido en silencio todo el día-Soy Ana.
-Yo Javier, también soy becado-se rascó con el índice el labio inferior-es un secreto ¿vale?.- Ana se quedó estupefacta-No es bueno que lo sepan-explicó.-Pero siempre me solidarizo con los nuevos becados.
-Es bueno saberlo-Ana intentó salir de su asombro.
-Bueno ¿has conocido ya a la nobleza?-Ana no pudo.
-¿La nobleza?- en los labios de Javier se dibujó una amplia sonrisa.
-Así es como se autodesignan los populares, la gente importante e influyente que está en boca de todos y..
-Ya sé lo que es ser popular-le cortó Ana. Había sido un poco borde pero no quería que aquel chico confundiese su novedad con una ignorancia extrema.
-Bien, entonces supongo que sabrás quienes son los reyes del arcan ¿no?-la retó. Ana no podía creérselo, ¿reyes? los pijos eran un mundo aparte.
-Espera un momento-dijo con tono sarcástico Ana- ¿Me estás diciendo que aquí también se eligen los reyes de la primavera como en las pelis americanas?.
-No necesitan una corona, dominan la plebe.-Javier lo decía como si fuera lo más normal del mundo, a Ana le parecía una sarta de tonterías.-Entonces no lo sabes ¿no?-dijo Javier mientras engullía una cucharada de lentejas. Ana negó con la cabeza-Mira dos mesas más allá, justo en el centro centro del comedor-Ella obedeció-¿Qué ves?.
Alrededor de una mesa similar a la que se encontraban sentados, rostros ya conocidos por Ana sonreían y comían con elegancia. Rodeados de una aura de superioridad nacida de sus miradas petulantes se encontraban Pablo y el chico de ojos verdes, Ana ya no dudó que los dos hechos del día anterior estaban conectados, y Cayetana, Virginia y Julia. Había más gente allí, pero Ana ya no identificó a nadie más.
-¿Creídos?-respondió Ana. Javier reprimió una carcajada y murmuró:
-Y cuenta la leyenda, que en torno a la tabla redonda Arturo y su esposa Ginebra..-comenzó en tono de cuento.
-¿Quiés es Arturo y quién Ginebra?-fue al grano Ana.
-Arturo es Hugo, el chico rubio de ojos verdes-Ana reconoció a su agresor del día anterior, al parecer un rey se había metido con ella-Y Ginebra es Julia, la chica..
-Ya sé quien es Julia-se adelantó Ana. Javier la miró con curiosidad-La tengo en clase-se explicó.
-Los dos son los chicos más guapos e interesantes de este instituto. Reciben cada dos por tres cartas de admiradores y cosas así-Ana hizo una mueca y se acercó un poco más a Javier, le tendió el brazo:
-¡Pellízcame! , todo lo que dices me resulta irreal-Javier sonrío.
-Bienvenida a el arcan.
**
En el mismo lugar, en un rincón en el que tenía una gran perspectiva del comedor, la dibujante que había terminado sus lentejas, se disponía a componer una nueva melodía de trazos. Había visto aquel comedor millares de veces desde que era niña e intentaba alcanzar algún detalle nuevo, pero le era imposible. Y así, sin querer, su vista se fue dirigiendo aquella mesa central en la que para la mayoría de alumnos, se encontraban los personajes más relevantes. Su mirada se detuvo únicamente en tres rostros. Del primero apartó los ojos como si quemara, paso fugazmente por el segundo y se perdió en el tercero, un chico de ojos azules que eclipsaba cualquier influjo real que pudieran transmitirle Júlia y Hugo. Y regresó la inspiración.
jueves, 30 de agosto de 2012
Capítulo 1
Caminaban.
-¡Ya basta David!-grita Ana cortante-¿Podrías dejar de enfadarte conmigo?- David la miró de reojo y farfulló:
-Y tú podrías denegar tu beca para ese instituto de pijos.
-Es una de los institutos más prestigiosos de España y además, ser alumna me permite acceso directo a su universidad-se explicó ella, él no mudo de expresión y ella resopló.
-No eres como ellos-sentenció el chico.
Y siguieron caminando, esta vez en silencio, con el único sonido del abrir y cerrar de las puertas del autobús que había parado junto en frente. Ninguno de ellos podía sospechar que eran observados.
**
El despertador sonó aquella mañana haciendo salir a Ana de una noche sin sueños. Ese día, su vibrante runrún tenía un significado distinto. A mediados de un septiembre teñido de lluvia volvía a comenzar el curso.
Se desperezó y se levantó de la cama al tercer tañido. Sobre la silla del escritorio descansaba el impecable uniforme del colegio San Miguel del arcángel, o comúnmente llamado el arcan. Tras una rápida ducha se insertó en un polo color azul claro, a su izquierda estaba bordada la insignia del instituto, dos alas cruzadas por una espada. Mecánicamente, al polo le siguió una falda a cuadros en tonos verdosos, grises y azules cuyo bajo rozaba tímidamente el inicio de sus rodillas. Calcetines azul oscuro y zapatos negros y ya sería una más entre aquella multitud de jóvenes ricos. Sonrió al espejo, aunque su semblante pereció al observar su mochila desgastada, la beca no cubría completamente todos los gastos y ser consciente de eso, impedía a Ana exigir más a su madre.
Bajó a desayunar, allí únicamente estaba su madre, pero la esperaba con una gran sonrisa y una taza de chocolate caliente en las manos. Corrió a abrazarla.
-Está bien Ana,- la separó de sí con ternura- ¡siéntate y desayuna o perderás el bus!-sonrió.
**
El bus la dejó a dos manzanas del instituto, cosa que agradeció al ver la cola de mercedes y audis que se agolpaban frente al semáforo en rojo. Estaba muy nerviosa, había leído mucho sobre las instalaciones del edificio e incluso se sabía a rajatabla su programación educativa, sin embargo, no estaba preparada para el tipo de gente que encontraría allí, simplemente agradecía poder ir vestida como ellos. Cuando se dio el paso de los muros de hormigón blanco infranqueables, que la habían acompañado durante aquel último trayecto, a las altas rejas de hierro negro, Ana se permitió una exclamación ahogada. No era la primera vez que había visto el edificio, ya que había estado allí antes con su madre para llevar a cabo el papeleo, no obstante, era una visión a la que no se había acostumbrado todavía.
Lejos de parecer un instituto actual corriente, se asemejaba a un gran castillo de tres plantas. No tendía a la verticalidad, por tanto, se recortaba sobre el cielo de forma horizontal. Pero, pese aquel detalle, las almenas que decoraban la terraza superior, junto a los grandes ventanales, reafirmaban su aspecto de castillo. Había leído por Internet que cincuenta años atrás, un noble al morir sin descendencia, en vez de donarlo al estado para que lo habilitaran como museo, lo había entregado a uno de sus sobrinos, con el fin de que hiciera realidad su sueño de crear una escuela allí. Verdad o ficción, aquella maravilla sólo estaba al alcance de clases altas o en ocasiones contadas, de gente humilde como ella.
Entró al edificio flaqueada de docenas de estudiantes y se mezcló en entre ellos formando una gran bandera azul. Pasó por conserjería para recoger la llave de su taquilla y su horario, así como el resto de libros que necesitaría para las clases. El propio instituto ofertaba los libros necesarios. Respiró hondo y cogió únicamente los libros que necesitaría para hoy. Sin embargo, el conserje le informó al aceptar el recibo de que debía llevarse todos en aquel mismo momento. Maldijo para sus adentros y los colocó en una pila sobre sus antebrazos. Eran doce libros muy pesados. Echó una última ojeada con esfuerzo al conserje, sonreía mientras se ajustaba unas modernas gafas de pasta negra y Ana reparó que era más joven de lo que había creído. Por mucho que tuviera una bonita sonrisa, no le caía bien.
Resignada anduvo con cuidado, aquellos libros coartaban su visión y tenía que mirar por uno de los lados, para no cruzarse con nadie. Consiguió dar bastantes pasos y había alcanzado un buen ritmo cuando alguien la golpeó con el hombro al pasar e hizo que perdiera el equilibrio. Excepto los dos últimos libros, el resto voló y aterrizó en el suelo. Ana no había visto a nadie, pero al girarse, descubrió el rostro del chico que la había golpeado. Tenía el cabello dorado y unos penetrantes ojos verdes. Le sonreía con maldad. Ana desvió la vista a los libros impotente mientras él se marchaba. Se agachó para recogerlos y alguien le tendió el primero. Alzó la vista, una muchacha de cabello color caramelo y semblante impasible la miraba. Tras dedicar una breve mirada hostil a la nuca del chico que se marchaba, la chica ayudó a Ana a recoger los libros e incluso la acompañó en silencio portando algunos de ellos hasta su taquilla.
Allí, Ana dio voz a su pensamiento:
-¿Por qué?- La muchacha puso los ojos en blanco y contestó:
-Eres nueva y eso te convierte en un blanco fácil-explicó.-Pronto te acostumbrarás al funcionamiento de la exquisita jerarquía de este instituto- Ana captó un toque de desgana en sus palabras. Quiso dar las gracias o presentarse, pero el timbre la adelantó. La muchacha sonrió y murmuró-Hasta otra- en tono cordial, y se marchó antes de que los labios de Ana se abrieran.
**
Aunque se había dado prisa en coger los libros que necesitaba aquella mañana, mirar el horario y descubrir en el mapa la ubicación de su primera clase, llegó tarde. Miró sonrojada la puerta cerrada del laboratorio de química, pero sacó valor y la golpeó con el puño. A través de una pequeña ventana de cristal que se habría en la parte superior de la puerta, observó como un hombre de mediana edad se acercaba abrirle.
-Señoritaa..-comenzó dejando la frase en el aire, Ana le tendió el carnet que la identificaba-Robles-concluyó.-Hace diez minutos que se ha iniciado la clase- Ana reprimió la tentación de corregir al profesor y decirle que eran las ocho y seis pero se mordió la lengua- ¿Por qué razón no ha sido puntual?-Ana cogió aire y respondió:
-Perdone, me he entretenido en conserjería-el profesor abrió mucho los ojos y un amago de risa incrédula se dibujo en sus labios.
-Eso es imposible, el conserje Juan ha tenido que ausentarse a primera hora por cita médica-la cara de Ana era un poema <<¿cómo?>> se dijo, y en la última fila de la clase se escuchó una risa.
-Señorito Pablo, ¿le parece gracioso?- Ana siguió la trayectoria de la mirada del profesor y se enfrentó a una cara conocida. El supuesto conserje murmuró:
-En absoluto- y acto seguido, guiñó el ojo a Ana detrás de sus gafas de pasta negra.
Ella tuvo que respirar profundamente para no lanzársele encima.
**
El profesor de química hizo la vista gorda al tratarse de una novata y Ana se situó en una de las primeras filas. A química le sucedió biología, allí, su mirada se cruzó con el chico de ojos verdes que la había empujado. Quiso fulminarle pero fingió indiferencia, dicen que es lo que más duele y, además, él tampoco pareció fijarse en ella.
De este modo, las clases fueron pasando y Ana llenaba su agenda de materiales y porcentajes de puntuaciones de exámenes. Durante el recreo de media hora decidió darse una vuelta por el interior del edificio. Constaba de cuatro alas, al ala este pertenecían los estudiantes de bachillerato y la sur estaba destinada a alumnos de la E.S.O. Por otro lado, la escuela infantil y de primaria se encontraba en el lado oeste del edificio, única ala que no conectaba con el resto, y tenía sus instalaciones independientes. Finalmente, el ala norte poseía un gran auditorio, un gimnasio, salas dedicadas a artes y música, y el comedor al que asistían los integrantes de secundaria y bachiller.
Después de dos clases más, llegó la hora temida por Ana, la comida. En sus antiguos institutos solamente había asistido a clases por la mañana y no había tenido tal necesidad. Sin embargo, en San Miguel del arcángel el horario electivo finalizaba a las cinco.
Siguió el ejemplo de un trío de chicas que avanzaban delante de ella y se colocó en la cola después de coger una bandeja, un vaso y cubiertos. Mientras esperaba, sus oídos sin querer escucharon la conversación que tenía el trío de chicas:
-María, sabes que no lo voy a hacer aunque sea tu hermano.-murmuró la de en medio, la única a la que Ana no podía ver la cara. La chica rubia de su derecha hizo una mueca:
-Todas las chicas de este instituto se mueren porque solamente él las mire-argumentó.
-Pero yo no soy como todas las chicas-volvió a hablar la de en medio, segura de sí misma. La tercera se limitaba a escuchar, pero fue la primera que se giró hacia Ana con gesto curioso y con unas palmaditas en el hombro hizo que sus dos amigas la imitaran. Sin embargo, las otras dos apenas miraron de reojo y cuando descubrieron que carecía de interés la apartaron. Ana parpadeó, la chica de en medio había sido la que la había ayudado con los libros. Recordó que no le había dado las gracias y decidió acercarse a ella.
-Hola-murmuró- y Ana atisbó que no había llegado a describir con justicia su cabello, ahora que la miraba con atención, reparó en que poseía un color más ceniciento.
-Hola-murmuró la chica, sus dos amigas la observaron con sorpresa pintada en el rostro.
-Quería darte las gracias y bueno... me llamo Ana-dijo sonrojando tenuemente.
-Ah-se limitó a contestar la chica.
-Julia, ¿de qué habla?-preguntó la chica que se había mantenido en silencio desde entonces.
-Caye, ¿de verdad que no lo comprendes? Julia tiene fans que le agradecen su sola presencia-Virginia habló como si la evidencia saliera de sus labios y rompió a carcajadas junto a Cayetana. Ana se sintió un poco ofendida pero Julia no reía, en cambio, tenía una mirada inescrutable. Cuando se dieron cuenta la cola había tocado a su fin y Julia se giró seguida de sus amigas sin decir nada más. Aunque Ana, percibió las burlas.
¿De verdad había esperado hacerse una amiga el primer día? Siempre tan ingenua.
-¡Ya basta David!-grita Ana cortante-¿Podrías dejar de enfadarte conmigo?- David la miró de reojo y farfulló:
-Y tú podrías denegar tu beca para ese instituto de pijos.
-Es una de los institutos más prestigiosos de España y además, ser alumna me permite acceso directo a su universidad-se explicó ella, él no mudo de expresión y ella resopló.
-No eres como ellos-sentenció el chico.
Y siguieron caminando, esta vez en silencio, con el único sonido del abrir y cerrar de las puertas del autobús que había parado junto en frente. Ninguno de ellos podía sospechar que eran observados.
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El despertador sonó aquella mañana haciendo salir a Ana de una noche sin sueños. Ese día, su vibrante runrún tenía un significado distinto. A mediados de un septiembre teñido de lluvia volvía a comenzar el curso.
Se desperezó y se levantó de la cama al tercer tañido. Sobre la silla del escritorio descansaba el impecable uniforme del colegio San Miguel del arcángel, o comúnmente llamado el arcan. Tras una rápida ducha se insertó en un polo color azul claro, a su izquierda estaba bordada la insignia del instituto, dos alas cruzadas por una espada. Mecánicamente, al polo le siguió una falda a cuadros en tonos verdosos, grises y azules cuyo bajo rozaba tímidamente el inicio de sus rodillas. Calcetines azul oscuro y zapatos negros y ya sería una más entre aquella multitud de jóvenes ricos. Sonrió al espejo, aunque su semblante pereció al observar su mochila desgastada, la beca no cubría completamente todos los gastos y ser consciente de eso, impedía a Ana exigir más a su madre.
Bajó a desayunar, allí únicamente estaba su madre, pero la esperaba con una gran sonrisa y una taza de chocolate caliente en las manos. Corrió a abrazarla.
-Está bien Ana,- la separó de sí con ternura- ¡siéntate y desayuna o perderás el bus!-sonrió.
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El bus la dejó a dos manzanas del instituto, cosa que agradeció al ver la cola de mercedes y audis que se agolpaban frente al semáforo en rojo. Estaba muy nerviosa, había leído mucho sobre las instalaciones del edificio e incluso se sabía a rajatabla su programación educativa, sin embargo, no estaba preparada para el tipo de gente que encontraría allí, simplemente agradecía poder ir vestida como ellos. Cuando se dio el paso de los muros de hormigón blanco infranqueables, que la habían acompañado durante aquel último trayecto, a las altas rejas de hierro negro, Ana se permitió una exclamación ahogada. No era la primera vez que había visto el edificio, ya que había estado allí antes con su madre para llevar a cabo el papeleo, no obstante, era una visión a la que no se había acostumbrado todavía.
Lejos de parecer un instituto actual corriente, se asemejaba a un gran castillo de tres plantas. No tendía a la verticalidad, por tanto, se recortaba sobre el cielo de forma horizontal. Pero, pese aquel detalle, las almenas que decoraban la terraza superior, junto a los grandes ventanales, reafirmaban su aspecto de castillo. Había leído por Internet que cincuenta años atrás, un noble al morir sin descendencia, en vez de donarlo al estado para que lo habilitaran como museo, lo había entregado a uno de sus sobrinos, con el fin de que hiciera realidad su sueño de crear una escuela allí. Verdad o ficción, aquella maravilla sólo estaba al alcance de clases altas o en ocasiones contadas, de gente humilde como ella.
Entró al edificio flaqueada de docenas de estudiantes y se mezcló en entre ellos formando una gran bandera azul. Pasó por conserjería para recoger la llave de su taquilla y su horario, así como el resto de libros que necesitaría para las clases. El propio instituto ofertaba los libros necesarios. Respiró hondo y cogió únicamente los libros que necesitaría para hoy. Sin embargo, el conserje le informó al aceptar el recibo de que debía llevarse todos en aquel mismo momento. Maldijo para sus adentros y los colocó en una pila sobre sus antebrazos. Eran doce libros muy pesados. Echó una última ojeada con esfuerzo al conserje, sonreía mientras se ajustaba unas modernas gafas de pasta negra y Ana reparó que era más joven de lo que había creído. Por mucho que tuviera una bonita sonrisa, no le caía bien.
Resignada anduvo con cuidado, aquellos libros coartaban su visión y tenía que mirar por uno de los lados, para no cruzarse con nadie. Consiguió dar bastantes pasos y había alcanzado un buen ritmo cuando alguien la golpeó con el hombro al pasar e hizo que perdiera el equilibrio. Excepto los dos últimos libros, el resto voló y aterrizó en el suelo. Ana no había visto a nadie, pero al girarse, descubrió el rostro del chico que la había golpeado. Tenía el cabello dorado y unos penetrantes ojos verdes. Le sonreía con maldad. Ana desvió la vista a los libros impotente mientras él se marchaba. Se agachó para recogerlos y alguien le tendió el primero. Alzó la vista, una muchacha de cabello color caramelo y semblante impasible la miraba. Tras dedicar una breve mirada hostil a la nuca del chico que se marchaba, la chica ayudó a Ana a recoger los libros e incluso la acompañó en silencio portando algunos de ellos hasta su taquilla.
Allí, Ana dio voz a su pensamiento:
-¿Por qué?- La muchacha puso los ojos en blanco y contestó:
-Eres nueva y eso te convierte en un blanco fácil-explicó.-Pronto te acostumbrarás al funcionamiento de la exquisita jerarquía de este instituto- Ana captó un toque de desgana en sus palabras. Quiso dar las gracias o presentarse, pero el timbre la adelantó. La muchacha sonrió y murmuró-Hasta otra- en tono cordial, y se marchó antes de que los labios de Ana se abrieran.
**
Aunque se había dado prisa en coger los libros que necesitaba aquella mañana, mirar el horario y descubrir en el mapa la ubicación de su primera clase, llegó tarde. Miró sonrojada la puerta cerrada del laboratorio de química, pero sacó valor y la golpeó con el puño. A través de una pequeña ventana de cristal que se habría en la parte superior de la puerta, observó como un hombre de mediana edad se acercaba abrirle.
-Señoritaa..-comenzó dejando la frase en el aire, Ana le tendió el carnet que la identificaba-Robles-concluyó.-Hace diez minutos que se ha iniciado la clase- Ana reprimió la tentación de corregir al profesor y decirle que eran las ocho y seis pero se mordió la lengua- ¿Por qué razón no ha sido puntual?-Ana cogió aire y respondió:
-Perdone, me he entretenido en conserjería-el profesor abrió mucho los ojos y un amago de risa incrédula se dibujo en sus labios.
-Eso es imposible, el conserje Juan ha tenido que ausentarse a primera hora por cita médica-la cara de Ana era un poema <<¿cómo?>> se dijo, y en la última fila de la clase se escuchó una risa.
-Señorito Pablo, ¿le parece gracioso?- Ana siguió la trayectoria de la mirada del profesor y se enfrentó a una cara conocida. El supuesto conserje murmuró:
-En absoluto- y acto seguido, guiñó el ojo a Ana detrás de sus gafas de pasta negra.
Ella tuvo que respirar profundamente para no lanzársele encima.
**
El profesor de química hizo la vista gorda al tratarse de una novata y Ana se situó en una de las primeras filas. A química le sucedió biología, allí, su mirada se cruzó con el chico de ojos verdes que la había empujado. Quiso fulminarle pero fingió indiferencia, dicen que es lo que más duele y, además, él tampoco pareció fijarse en ella.
De este modo, las clases fueron pasando y Ana llenaba su agenda de materiales y porcentajes de puntuaciones de exámenes. Durante el recreo de media hora decidió darse una vuelta por el interior del edificio. Constaba de cuatro alas, al ala este pertenecían los estudiantes de bachillerato y la sur estaba destinada a alumnos de la E.S.O. Por otro lado, la escuela infantil y de primaria se encontraba en el lado oeste del edificio, única ala que no conectaba con el resto, y tenía sus instalaciones independientes. Finalmente, el ala norte poseía un gran auditorio, un gimnasio, salas dedicadas a artes y música, y el comedor al que asistían los integrantes de secundaria y bachiller.
Después de dos clases más, llegó la hora temida por Ana, la comida. En sus antiguos institutos solamente había asistido a clases por la mañana y no había tenido tal necesidad. Sin embargo, en San Miguel del arcángel el horario electivo finalizaba a las cinco.
Siguió el ejemplo de un trío de chicas que avanzaban delante de ella y se colocó en la cola después de coger una bandeja, un vaso y cubiertos. Mientras esperaba, sus oídos sin querer escucharon la conversación que tenía el trío de chicas:
-María, sabes que no lo voy a hacer aunque sea tu hermano.-murmuró la de en medio, la única a la que Ana no podía ver la cara. La chica rubia de su derecha hizo una mueca:
-Todas las chicas de este instituto se mueren porque solamente él las mire-argumentó.
-Pero yo no soy como todas las chicas-volvió a hablar la de en medio, segura de sí misma. La tercera se limitaba a escuchar, pero fue la primera que se giró hacia Ana con gesto curioso y con unas palmaditas en el hombro hizo que sus dos amigas la imitaran. Sin embargo, las otras dos apenas miraron de reojo y cuando descubrieron que carecía de interés la apartaron. Ana parpadeó, la chica de en medio había sido la que la había ayudado con los libros. Recordó que no le había dado las gracias y decidió acercarse a ella.
-Hola-murmuró- y Ana atisbó que no había llegado a describir con justicia su cabello, ahora que la miraba con atención, reparó en que poseía un color más ceniciento.
-Hola-murmuró la chica, sus dos amigas la observaron con sorpresa pintada en el rostro.
-Quería darte las gracias y bueno... me llamo Ana-dijo sonrojando tenuemente.
-Ah-se limitó a contestar la chica.
-Julia, ¿de qué habla?-preguntó la chica que se había mantenido en silencio desde entonces.
-Caye, ¿de verdad que no lo comprendes? Julia tiene fans que le agradecen su sola presencia-Virginia habló como si la evidencia saliera de sus labios y rompió a carcajadas junto a Cayetana. Ana se sintió un poco ofendida pero Julia no reía, en cambio, tenía una mirada inescrutable. Cuando se dieron cuenta la cola había tocado a su fin y Julia se giró seguida de sus amigas sin decir nada más. Aunque Ana, percibió las burlas.
¿De verdad había esperado hacerse una amiga el primer día? Siempre tan ingenua.
miércoles, 29 de agosto de 2012
Prólogo.
Suspiro. El autobús seguía su ritmo como cada tarde, recorriendo aquella gran ciudad heterogénea. En su interior, la diversidad palpitaba como un corazón sumido en un amor joven. Prevalecía la atemporalidad y todo seguía su orden natural.
Así, mientras que los ancianos permanecían sentados al inicio del transporte aferrándose con fuerza al asiento, resonaba el eco de las risas del fondo, poblado de jóvenes y adolescentes. Y al tiempo, se confundían voces, se mezclaban lenguas, banderas y colores. Todo ello, atrapado en el incesante y tosco ruido del movimiento del autobús.
En su centro se oye un nuevo suspiro. No procede de la embarazada que acaricia su vientre, ni del vendedor ambulante de raza negra que porta imitaciones de brillantes relojes de marca. Aquel tenue sonido proviene de una muchacha sentada junto a la ventana. En una de sus manos, sujeta con fuerza un bloc de dibujo y en la otra, un lápiz bien perfilado. Nadie se fija en ella, ni siquiera el hombre que se ha sentado a su lado. Ella mantiene constante su mirada perdida en el exterior, y sólo la desvía para deslizar con destreza su lápiz sobre aquel océano blanco.
No importa, no es algo inusitado. Desde sus primeros recuerdos, la mayoría de las veces ha sido así, invisible. Hoy, sin embargo, marca un nuevo comienzo al igual que inicia su cuaderno de dibujo.
El autobús se estaciona en una parada. Fuera, llama su atención una pareja. Ella tiene un bonito pelo ondulado, y mira fulminante a su acompañante mientras la dibujante intenta imitar la caída desordenada de su cabello sobre los hombros en el papel.
Él, por otro lado, se muestra hostil. Por alguna razón, la dibujante ha quedado maravillada por su mirada salvaje, perceptible incluso al otro lado del cristal. Antes de que el autobús prosiga de nuevo su marcha, la captora de imágenes repara en aquel tono chocolate de ambos cabellos. Sin duda, hacían buena pareja.
Así, mientras que los ancianos permanecían sentados al inicio del transporte aferrándose con fuerza al asiento, resonaba el eco de las risas del fondo, poblado de jóvenes y adolescentes. Y al tiempo, se confundían voces, se mezclaban lenguas, banderas y colores. Todo ello, atrapado en el incesante y tosco ruido del movimiento del autobús.
En su centro se oye un nuevo suspiro. No procede de la embarazada que acaricia su vientre, ni del vendedor ambulante de raza negra que porta imitaciones de brillantes relojes de marca. Aquel tenue sonido proviene de una muchacha sentada junto a la ventana. En una de sus manos, sujeta con fuerza un bloc de dibujo y en la otra, un lápiz bien perfilado. Nadie se fija en ella, ni siquiera el hombre que se ha sentado a su lado. Ella mantiene constante su mirada perdida en el exterior, y sólo la desvía para deslizar con destreza su lápiz sobre aquel océano blanco.
No importa, no es algo inusitado. Desde sus primeros recuerdos, la mayoría de las veces ha sido así, invisible. Hoy, sin embargo, marca un nuevo comienzo al igual que inicia su cuaderno de dibujo.
El autobús se estaciona en una parada. Fuera, llama su atención una pareja. Ella tiene un bonito pelo ondulado, y mira fulminante a su acompañante mientras la dibujante intenta imitar la caída desordenada de su cabello sobre los hombros en el papel.
Él, por otro lado, se muestra hostil. Por alguna razón, la dibujante ha quedado maravillada por su mirada salvaje, perceptible incluso al otro lado del cristal. Antes de que el autobús prosiga de nuevo su marcha, la captora de imágenes repara en aquel tono chocolate de ambos cabellos. Sin duda, hacían buena pareja.
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