sábado, 8 de septiembre de 2012

Capítulo 4

-No me mires así-murmuró Ana con el entrecejo fruncido. Javier dejó escapar una breve carcajada.
-¿Así cómo?-levantó una ceja.
-Con esa cara de "te lo dije"-Javier alzó apenas unos centímetros los brazos y con las palmas hacia arriba le espetó:
-Tenía razón-en un intento de hacerle ver a Ana lo evidente.

Caminaban hacia la clase de castellano, única de las pocas en las que coincidían. Javier, al contrario que Ana, se había decantado por la rama de humanidades y ciencias jurídicas y, debido a ello, apenas asistían juntos a las comunes. En pocos días, Javier se había convertido en una pequeña luz que hacía un poco más acogedora la oscuridad de el arcan, le había dado la seguridad de caminar por sus pasillos sin temblores ni dudas y por último, le había concedido la confianza y comodidad que solamente te puede dar un amigo. Javier era transparente, tal cual y Ana no temía confesarle sus miedos e inseguridades como si lo conociera de toda la vida.

Javier abandonó al chico con el que se había sentado hasta ese momento. Ana lo observó con curiosidad, tenía el pelo rizado como una escarola y unos ojos verdes sosegados. No era guapo, observó, pero la terminación de sus rasgos acompañada de sus gestos, le daba un aire rebelde que le hacía parecer encantador.

-Bosco, hoy no te haré compañia-el chico se limitó asentir y Javier volvió con Ana.

-¿Seguro que no le importa?-le susurró ella al tenerlo a su lado. Javier negó con la cabeza justo cuando la señorita Márquez entró por la puerta.

-Buenos días chicos-dijo con una sonrisa en los labios. La mediana edad profundizaba sus rasgos, pero su optimismo y pasión le hacían parecer más joven. Aquel día, bajo su cabello recogido, unos largos pendientes le caían sobre los hombros, largas tiras de plata en las que se incrustaban todo tipo de avalorios (llaves, coches, iniciales, zapatos...), tal vez guardasen algún significado o sólo estuvieran ahí por casualidad, no obstante, marcaban un estilo propio que se rebelaba al uniforme femenino típico del profesorado de el arcan, camisa azul pálido enfundada en una falda de tubo azul marino.

Tras el análisis sintáctico de diversas oraciones y su posterior corrección en la pizzarra, la profesora tomó la palabra para dedicarla a otro sector de la asignatura:

-Chicos-dijo cerrando las manos sobre su regazo-Iniciaremos la literatura de forma teórica. Respecto a la praxis, trabajareis en casa sobre textos narrativos que corregiremos en clase-os he dividido en parejas para realizar una serie de trabajos.

Ana miró sonriente a Javier pero, entonces, en su oído se repitió el "os he dividido". Minutos después, la profesora ya había comenzado a asociar parejas de nombres.

-Ana Robles y Julia Escribano-Ana se sobresaltó. <<¿Julia Escribano?>> gritó su pensamiento y la chica a la que pertenecía aquel nombre, sentada dos filas más allá de ella, se giró y la estudió con curiosidad. Mientras, sobre su mesa, la señorita Márquez posaba unas hojas engrapadas.

**

La dibujante aferraba fuertemente contra su pecho un cuaderno forrado en piel. Su cuerpo anduvía por uno de los pasillos de el arcan, de forma autómata, pues reconocía ya de sobra todas sus direcciones. Su mente, sin embargo, estaba muy lejos de allí. Se debatía en preguntarse qué buscaba y qué la haría feliz. Si se conformaba con el anonimato al que se había abandonado, o esperaba que algún día alguien le pusiera nombre, la hiciera especial. El día en el que se escucharía su voz. Pero, ¿sería capaz de huir a su poder de invisibilidad?
Unos ojos azules acariciaron su pensamiento, se sonrojó, tal vez él era la única persona a la que ella quería entregar esa llave, la única capaz de abrir su corazón. No obstante, se había escondido tras sus puertas durante bastante tiempo y no había sol suficientemente fuerte que la sacara del cascarón. Tenía miedo de salir.

-Ey-oyó muy cerca. Una chica se dirigía a ella. Por sus pecas y la inocencia y naturalidad con la que se había aproximado, supuso que ese mismo año habría entrado a secundaria.-Se te ha caído una hoja-dijo, y la dibujante siguió el rumbo de la mirada de la niña. A unos veinte pasos, la hoja que tanto se había esmerado en proteger en el interior de su cuaderno, yacía sobre el suelo blanco. La dibujante cruzó los dedos deseando que se confundiera con el pavimento, que nadie fuera tan perspicaz como para reparar en ella. Se relajó, posiblemente sería pisada.
Sin embargo, desafió al destino, cuando quiso dar un paso hacia ella alguien la salvó del suelo y vió que escondía.

La dibujante compartía ahora su mayor secreto, con la última persona del mundo que hubiera querido. Hugo Doyle.

Atisbó su maliciosa sonrisa justo antes de dar media vuelta y susurrar un gracias veloz a la niña. Rezó para que le funcionara su poder de invisibilidad. Deseó con todas sus fuerzas que Hugo Doyle no le prestara atención, lo dejara correr. Pero sabía, perfectamente, que Hugo Doyle no dejaba nunca nada correr.

**

Ana se miró al espejo del vestuario femenino del gimnasio para recogerse el cabello con una cinta. Portaba el uniforme deportivo de el arcan, pantalón de chándal azul oscuro y camiseta de algodón blanca con la insignia de la escuela, dos alas cruzadas por una espada. A su alrededor otras chicas se
cambiaban. Una de ellas se sitúo frente al espejo contiguo al de Ana.

-Hola, soy Ana-murmuró. La chica, que se quitaba las gafas, sonrió.
-Hola-respondió, dejó las gafas en un lado del lavabo, sobre una pequeña toalla y abrió el grifo.-Yo soy Helena.-hubo una pausa, en ella Helena se mojó la cara mientras Ana pensaba que tema introducir para que la conversación no se detuviera en los preliminares, de fondo el sonido del agua caer. Se cerró el grifo y a Ana se le acabó el tiempo:
-¿Sabes cómo se llama nuestro profesor de educación física?-improvisó, aunque había estudiado el horario al milímetro y sabía la respuesta.
-Domingo-Helena se secó la cara con la toalla y se puso las gafas-pero mejor llámalo señor Guerrero o Míster-aconsejó.
-Lo haré-afirmó Ana y la conversación quedó en un punto muerto. Helena se marchó y Ana no la retuvo.

Más tarde se vio con una pelota de volley en las manos y una de las sensaciones más incómodas que tendría en su vida. El Míster o señor Guerrero, un hombre que rondaba los cuarenta y cinco y tenía una constitución robusta, les había pedido que se pusieran en parejas. Rápidamente todos habían escogido la suya y Ana se había quedado de las últimas y sin ninguna. Otro chico, menudo, grueso y con cara de pocos amigos había quedado rezagado como ella. El Míster acabó por juntarlos.

Se colocaron uno frente a otro con la red de volley entre ellos y practicaron los tiros que explicaba el profesor, en silencio. Nico, nombre con el que apeló el Míster a su acompañante, fallaba bastante a menudo. Pero Ana no tenía ganas de hablar y tampoco se le daba muy bien, así que una parte de ella lo agradeció.

Los últimos veinte minutos de clase se convirtieron en una prueba de fuego para Ana. Tras practicar los tiros, el Míster dio su aprobación para realizar una serie de partidos. Cuatro capitanes lideraron la elección de su equipo: Julia, Pablo, Lucas y para su sopresa, Bosco. Afortunadamente, Hugo no coincidía con ella en esa clase.

Nerviosa, Ana esperó que fuera elegida en tensión. Pero ninguno de ellos murmuraba su nombre. Como la vez anterior, Ana y el chico menudo de constitución ancha quedaron los últimos. Pablo y Lucas se los debían sortear. Ana tuvo la esperanza de que fuera escogida primero, porque a rasgos físicos claramente era mucho mejor que Nico.

Pero pese a ser la esperanza lo último que se pierde, sus dudas se disiparon cuando descubrió que Pablo elegía primero. Él la miró y sonrío, sin gafas sus ojos azules parecían más grandes. El orgullo de Ana reavivó su esperanza y entonces Pablo murmuró sin dejar de mirarla:
-Nico-y esa sonrisa suya se manchó de malicia.

Toda la clase había sido espectador de la escena y Ana sintió que había quedado relegada socialmente a lo peor. Sin embargo, más tarde lo pensó mejor y agradeció no estar en el equipo de Pablo. 

Así, espero en el banquillo, como el resto de sus compañeros de equipo, a que llegara su turno. Ana conocía a Lucas, su líder, porque había presentado su candidatura como delegado de clase ese mismo día. Y, pese a no formar parte de la nobleza, su porte intelectual lo hacía bastante carismático. Parecía de esa clase de chico perfecto en todo que se pasa el día en reuniones. Pero en clase, tenía una gran rival electoral, Julia.

Ana observó el juego entre el equipo de Julia y el de Pablo. Iban tan a la par que Ana al final desistió de llevar la cuenta. Los dos capitanes tenían movimiento de atleta y elaboraban tiros impecables. Tal vez Julia no fuese de esas pijas que temen romperse una uña. Por otro lado, sus compañeros no quedaban tan atrás, Cayetana y Virginia eran bastante buenas y Carlos era capaz de controlar su fuerza. Otras caras con nombres que Ana todavía no había aprendido, superaban también la normalidad. Además, Nico se había "lesionado" en los primeros minutos y había sido sustituido. Hubo empate y al final jugaron a un punto más. Ganó Pablo.

El equipo de Lucas se debatió a duelo con el de Bosco. Los capitanes eran de la talla de la nobleza, no obstante, el resto de jugadores se encontraba en un punto medio o muy por debajo. Ana descubrió que muchos de aquellos que habían sido elegidos antes que ella eran el doble de pésimos. Por desgracia estaban en su equipo y Bosco se hizo con la victoria.

**

Ana se envolvió con la toalla antes de internarse en la ducha. Incluso allí se respetaba la jerarquía. Julia, Cayetana y Virginia eran las primeras en ducharse. Pero hablamos de el arcan y contaba con unas instalaciones excepcionales y entre ellas, veinte duchas. Aún así, su espera duro casi diez minutos. Afortunadamente, luego tenían descanso.

Cuando salió de la ducha, sólo quedaba una persona aparte de ella en el vestuario.

-Hola-dijo Julia.
-Hola-musitó Ana anonadada, acaba de abrir la cortina de la ducha y tras ésta tenía nada menos que a la protagonista de el arcan.
-Tenemos que quedar para el trabajo-afirmó Julia delatando la razón por la que estaba allí.-Esta tarde.
-¿Esta tarde?-preguntó Ana. Pero Julia no lo sugería, lo ordenaba.-¿En la biblioteca?
-No-masculló Julia indignada-Nada de lugares públicos-<<¿Cómo iba a tener tal ocurrencia? Ana era del pueblo llano.>> se dijo el pensamiento de la plebeya con sarcasmo.-En mi casa- La cara de Ana alcanzó un nuevo grado de perplejidad. Julia le tendió una tarjetita y se marchó. En vez de decir adiós murmuró:
-Sé puntual.

En la tarjetita rezaba una dirección y bajo ella una hora, las seis.



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