viernes, 31 de agosto de 2012

Capítulo 2

Logró sobrevivir a la primera comida. No obstante, Ana sabía que aquel segundo día de clase sería, sin duda, más duro. El día anterior había elegido entre todas las mesas redondas del gran comedor una apartada, y aunque no estaba sola-dos niñas de secundaria la observaban con curiosidad como si se tratara de un nuevo espécimen-se evadió mientras daba vueltas con el tenedor a los spaguettis. Por alguna razón las palabras de David no se le quitaron de la cabeza <<no eres como ellos>> se dijo en un susurro, y Julia y sus amigas le vinieron a la mente. Durante el segundo día coincidió con Julia en todas las clases, fue un fenómeno extraño pero consiguió que Ana se afirmase la teoría de que estaba a océanos de distancia de cualquier otra chica de su edad que hubiera allí. En algunas de las clases le acompañaban sus dos fieles amigas, al darse cuenta de que tenían a Ana en la misma clase, susurraban comentarios y se reían, sin embargo, en matemáticas, castellano e inglés, Julia estaba sola y se comportaba de manera distinta. Junto a sus amigas, se reía con ellas y en numerosas ocasiones era reprendida por la profesora de filosofía:
-Señorita Julia estamos en clase-y ella, sonreía de forma inocente y murmuraba un-lo siento-que parecía convincente. Atraía la atención de todos.
Y, sin embargo, sola, lo único que se oía de ella era el deslizar de su bolígrafo tomando apuntes.

Ana se preguntaba quién era realmente Julia cuando sonó el timbre que indicaba la hora de la comida.


Como la primera vez, se armó de una bandeja, un vaso y cubiertos e hizo cola. Cogió un panecillo y una botella de agua y esperó paciente a que una cocinera con redecilla y guantes de látex pusiera un gran cucharón de lentejas sobre su plato hondo y un trozo de carne sobre el llano. En ese momento no pudo reprimir la risa, aquello le recordaba demasiado a una película americana. La cocinera la miró atónita y ella sólo pudo decir:
-Gracias-algo avergonzada.

Lo peor, fue decidir donde se sentaría aquella vez. Al fin, anduvo con timidez hacia una de las mesas centrales que estaba desierta. Sentirse ajena del resto que la rodeaba le hacía sentir un poco incómoda. Pero la situación cambió de pronto, un chico de ojos almendrados y sonrisa desacomplejada se sentó frente a ella y soltó:
-¿Eres becada no?-la pregunta pilló por sorpresa a Ana, no era algo que quisiera llevar escrito en la frente. Él lo comprendió-Oh, lo siento, a veces soy un poco directo-se sinceró.
-Sí, un poco-reconoció Ana, y escucharse en voz alta le resultó raro. Había permanecido en silencio todo el día-Soy Ana.
-Yo Javier, también soy becado-se rascó con el índice el labio inferior-es un secreto ¿vale?.- Ana se quedó estupefacta-No es bueno que lo sepan-explicó.-Pero siempre me solidarizo con los nuevos becados.
-Es bueno saberlo-Ana intentó salir de su asombro.
-Bueno ¿has conocido ya a la nobleza?-Ana no pudo.
-¿La nobleza?- en los labios de Javier se dibujó una amplia sonrisa.
-Así es como se autodesignan los populares, la gente importante e influyente que está en boca de todos y..
-Ya sé lo que es ser popular-le cortó Ana. Había sido un poco borde pero no quería que aquel chico confundiese su novedad con una ignorancia extrema.
-Bien, entonces supongo que sabrás quienes son los reyes del arcan ¿no?-la retó. Ana no podía creérselo, ¿reyes? los pijos eran un mundo aparte.
-Espera un momento-dijo con tono sarcástico Ana- ¿Me estás diciendo que aquí también se eligen los reyes de la primavera como en las pelis americanas?.
-No necesitan una corona, dominan la plebe.-Javier lo decía como si fuera lo más normal del mundo, a Ana le parecía una sarta de tonterías.-Entonces no lo sabes ¿no?-dijo Javier mientras engullía una cucharada de lentejas. Ana negó con la cabeza-Mira dos mesas más allá, justo en el centro centro del comedor-Ella obedeció-¿Qué ves?.

Alrededor de una mesa similar a la que se encontraban sentados, rostros ya conocidos por Ana sonreían y comían con elegancia. Rodeados de una aura de superioridad nacida de sus miradas petulantes se encontraban Pablo y el chico de ojos verdes, Ana ya no dudó que los dos hechos del día anterior estaban conectados, y Cayetana, Virginia y Julia. Había más gente allí, pero Ana ya no identificó a nadie más.

-¿Creídos?-respondió Ana. Javier reprimió una carcajada y murmuró:
-Y cuenta la leyenda, que en torno a la tabla redonda Arturo y su esposa Ginebra..-comenzó en tono de cuento.
-¿Quiés es Arturo y quién Ginebra?-fue al grano Ana.
-Arturo es Hugo, el chico rubio de ojos verdes-Ana reconoció a su agresor del día anterior, al parecer un rey se había metido con ella-Y Ginebra es Julia, la chica..
-Ya sé quien es Julia-se adelantó Ana. Javier la miró con curiosidad-La tengo en clase-se explicó.
-Los dos son los chicos más guapos e interesantes de este instituto. Reciben cada dos por tres cartas de admiradores y cosas así-Ana hizo una mueca y se acercó un poco más a Javier, le tendió el brazo:
-¡Pellízcame! , todo lo que dices me resulta irreal-Javier sonrío.
-Bienvenida a el arcan.

**

En el mismo lugar, en un rincón en el que tenía una gran perspectiva del comedor, la dibujante que había terminado sus lentejas, se disponía a componer una nueva melodía de trazos. Había visto aquel comedor millares de veces desde que era niña e intentaba alcanzar algún detalle nuevo, pero le era imposible. Y así, sin querer, su vista se fue dirigiendo aquella mesa central en la que para la mayoría de alumnos, se encontraban los personajes más relevantes. Su mirada se detuvo únicamente en tres rostros. Del primero apartó los ojos como si quemara, paso fugazmente por el segundo y se perdió en el tercero, un chico de ojos azules que eclipsaba cualquier influjo real que pudieran transmitirle Júlia y Hugo. Y regresó la inspiración.

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